lunes, 21 de marzo de 2011 | By: Aline

AyeC C.VII

Lento pero seguro

Enseñó los dientes al tiempo que le gruñía a la intrusa que acababa de entrar a su habitación, Elizabeth mantenía su rostro serio, pasando de largo su clara amenaza, Alexia dejó escapar otro gruñido y se acercó a la ventana donde presionó la mano contra el vidrio, deseaba salir, necesitaba sangre en ese mismo instante, su cuerpo se lo pedía y su bestia interna se removía ansiosa. El castigo había terminado al ponerse el sol, y aunque sabía que había tenido muchas oportunidades para escapar del encierro, hasta la misma ventana no estaba asegurada, su lado racional la ataba a la cama en un ejercicio de autocontrol.

―Bajaremos de cacería a los campamentos―comentó la mujer. Su rojiza cabellera se movió levemente cuando se giró sobre sus pies, el gesto era claro, quería que la siguiera. Alexia se lamentó internamente, hubiese deseado que Arturo la llevara de caza, se sentía más a gusto con él que con ella.

No protestó cuando Elizabeth le comentó que seguirían pasos similares a los de aquella primera cacería, el arte de acechar y de la elección era lo primero que debía aprender, decía la vampiresa en un tono un tanto lejano. Alexia agradeció aquello, el hecho de que no la llamara querida mía o tratara de acariciarla, la reconfortaba.

―Los humanos tienden a ser realmente estúpidos―comentó de pronto. Alexia giró el rostro, sus ojos habían estado fijos en un par de niños que eran regañados por su madre―saben que no deben jamás alejarse de los sectores señalizados, pero lo hacen igual. Son tan obstinados y autodestructivos, no se dan cuenta del peligro que acarrean sus decisiones―su cara se desfiguró en una sonrisa sádica―no podemos dejar a ningún integrante de la familia vivo…

―Son cinco―susurró, tenía la sensación de que la boca se le llenaría de saliva, lo cual no pasaría, en cualquier momento de tan sólo recordar el agradable sabor de la sangre y la sensación de ésta bajando por su garganta.

―Lo suficiente para ti y para mí―respondió complacida por la recepción de su protegida.

―Me parece bien―sonrió. Necesitaba beber ya, pero su instinto era reprimido por una voluntad que intentaba reforzar.

Sus uñas se clavaron en la corteza del árbol, aferrándose a su ente racional, tenía que observar bien, elegir con cuidado. Eran cinco después de todo, el hecho de que uno escapara ya sería un riesgo, debían ser rápidas con cada uno, nada de juegos ni actos sexuales para hacer más sabrosa su comida, no, en esta ocasión lo que primaba era el mantener el silencio.
Alexia alzó los ojos, sin darse cuenta, había comenzado a jadear, pero no lo suficientemente fuerte como para alarmar a los humanos que acampaban unos metros más allá. Elizabeth le sonrió, regodeándose de verla sometida.

― ¿Cuáles quieres? ―preguntó cortésmente en un susurro que denotaba sus ansias.

― ¿Está bien si me quedo con los adultos?

― ¿Podrás con los tres? ―preguntó.

―No lo sé, pero si algo sale mal, lo arreglaré―anunció mientras quitaba la mano del árbol y se levantaba―He esperado tres días.

―Ve entonces, te seguiré de cerca―insinuó.

Alexia no lo pensó dos veces y se dejó caer frente a la familia, que soltó unos cuantos gritos al verla aparecer repentinamente. Los padres, instintivamente, empujaron a los niños hacia a su abuelo para resguárdalos, era un acto bastante previsible. Ella sonrió y se acercó con ligereza a su primera víctima, el hombre hizo ademán de golpearla con la cocinilla ante su avance, era obvio para ella que los humanos presentían que era peligrosa, pero lo distrajo un segundo movimiento detrás de ellos. Lo niños volvieron a gritar, asustados por las repentinas apariciones y de la cercanía de la otra mujer, más terrible y sádica inclusive que ella misma.
Elizabeth formó una siniestra sonrisa y saboreó sus labios, los niños la miraron fascinados y aterrorizados al mismo tiempo y el anciano los empujó cerca de sus padres, poniéndose él enfrente. La vampiresa mayor mostró sus afilados colmillos, y se abalanzó sobre el hombre.

No importaba cuán rápidas fueran las reacciones humanas, jamás podrían superar la fuerza y la sed del vampiro. Alexia recibió de lleno al anciano y lo mordió sin mayores preámbulos, abrazándolo con tanta fuera que le quebró las costillas.

Elizabeth sonrió y arremetió contra el padre que, en un intento vano, atacó a la neonata. Sólo fueron un par de golpes, lo suficientemente fuertes como para noquearlo y luego se dirigió a la madre que intentaba huir con los niños.

Alexia gritó de alegría al soltar al anciano, pero su sed estaba lejos de aplacarse y no dudó dos veces en pasar por sobre el hombre muerto para tomar a su siguiente víctima del cuello. El padre inconsciente jamás pudo defenderse de su ataque. Oh, qué pena.

― ¡No, por favor! ―gritó la madre. Elizabeth le sonrió mientras terminaba por romperle los huesos de sus piernas y la dejaba a merced de su compañera― ¡por favor! ―rogó la desdichada mujer, que vio impotente como la vampiresa tomaba a uno de sus hijos y le clavaba los dientes de una sola vez mientras sostenía al otro para evitar su huída.

Hubo otro golpe, la madre volteó el rostro horrorizado hacia el sonido. Alexia se levantó de su lugar, relamiendo los vestigios de la sangre ajena, sonrió tétricamente a la mujer en el suelo, que intentó levantarse patéticamente. No podía huir ni proteger a sus hijos.

El niño muerto cayó a un lado de ella, la mujer estalló en llanto al ver a su hijo mayor con los ojos blancos y la boca reseca abierta. Trató de hacer acopio de sus últimas fuerzas, pero le fue imposible avanzar más de unos centímetros para alzar el brazo en busca de su hijo menor que ya era tomado en los brazos de la sádica pelirroja.
Fue en ese momento en que Alexia, tiró con fuerza de los hombros de ella y descubrió su cuello. La mujer vio a su hijo removerse en los brazos de la mujer, mientras ésta le clavaba los colmillos, mirándola, disfrutando como ella se retorcía de dolor.

―Gracias por la cena―ronroneó Alexia antes de hacer lo suyo la madre.

Alexia descuartizó sin ningún remordimiento a sus víctimas, apartó de su cabeza las ganas de hacer arcadas y de gritar a medio mundo que lo que hacía era totalmente incorrecto y deplorable. Ella no era humana, ella no se regía por sus leyes, se repetía mientras esparcían los restos por las montañas para que los pumas se chuparan las garras y desaparecieran de la faz de la tierra todo vestigio de que hubo una matanza en el valle.
Elizabeth recorrió el campamento con interés luego de cumplir con su obligación de esparcir los restos humanos, rasgó las carpas, tomó el cepillo para el cabello de la mujer, algunas que otra ropa de esta y una vieja radio a pilas, el resto de las cosas que aún quedaban fueron destrozadas y luego quemadas sobre la fogata que la familia había hecho antes del ataque. Tan pronto como todo estuvo montado, ambas se sonrieron y emprendieron viaje hasta la vieja casa en la que moraba el clan.

Arturo tomaba su mano mientras dormía y recuperaba la energía perdida, era una constante. Al comenzar a amanecer, él la conducía por los pasillos en silencio, ambos sin dirigir palabra alguna al resto de la familia. Él la recostaba como si fuera una niña pequeña, acariciaba su rostro mientras sus parpados caían lentamente y le bloqueaban la visión, mientras sus otros sentidos se agudizaban automáticamente. Arturo permanecía allí todo el tiempo que ella necesitaba, desde el amanecer hasta la puesta de sol al principio, luego, las horas fueron disminuyendo con rapidez, con cada trozo de experiencia, su cuerpo parecía hacerse inmune a la luz del sol, por lo menos en el sentido soporífero. Cada vez estaba más consciente de lo que ocurría a su alrededor, ya no sólo escuchaba, olía y sentía, sus cuerpo a veces dejaba de ser una perfecta piedra y lograba moverse, aunque fueran unos centímetros y sus ojos que se mantenía dolorosamente estáticos en esa tortura ahora podían moverse bajo sus párpados.
Hubo una ocasión en que apretó la mano de Arturo con fuerza cuando él dejó de hablarle un rato y él, con una suave y hermosa risa de niño, comentó de su fuerza bruta.

Cazar ya no le era tan inmensamente difícil, las noches de casería ya no eran largas ni tan frecuentes, habían comenzado a alejarse unas de otras y la ansiedad de sangre se volvió cada vez más soportable.

―Estás aprendiendo rápido, querida Alexia―había comentado Héctor mientras la invitaba a una copa de espesa sangre. Ella todavía no podía comprender de dónde la sacaba ni cuál era su fijación por beberla como todo un catador de vino.

―Supongo que podrá retractarse de sus palabras algún día―comentó ella antes de llevarse la copa a los labios y tragar el delicioso contenido.

―Sólo si demuestras tu valía dentro de los nuestros.

Y aunque el comentario la molestó, pues sabía gracias a los comentarios de su querido amigo y los susurros provocadores de la preferida Elizabeth que, para un neonato, avanzar a la velocidad en la que lo estaba haciendo ella era una sorpresa de por sí.

A los dos años dejó de contar los días del asesinato de sus padres, a los dos años dejó de intentar buscar respuestas en los diarios olvidados en las plazas de aquellos pueblos del valle. Dejó de sentirse culpable por lo ocurrido, comenzó a aceptar quién era ahora sin olvidar lo que fue alguna vez y siguió esperando el momento exacto para bajar en busca de su hermana.

No importó cuántos animales mató a falta de humanos en la zona con los cuales alimentarse sin levantar sospechas, ni cuantos campistas y aventureros descuartizó, ni hablar de aquellos que buscaban fortuna dentro de minas abandonadas. ¿Cuántas veces saldrían titulares de gente extraviada en las noticias? No importó, su meta estaba fijada ya. Y cuando Héctor anunció la hora de marchar de la zona pues el peligro de ser descubierto había aumentado, ella sólo pensó en el momento del regreso. Esperando que para ese entonces, su hermana siguiera viva y ella estuviera lo suficientemente preparada para hacerle frente.
miércoles, 9 de febrero de 2011 | By: Aline

Dibujos, dibujos y más dibujos (lalala)

No es una historia, ni un relato, como se habrán dado cuenta con tan sólo leer el título de este pequeño post. En realidad sólo es una compilación de dibujos hechos recientemente o no tan recientes tambien, que conste que... aunque tengo muchos fanarts, engo que ir a buscar el disco extraible para subirlos y en este minuto minutero... me da pajita.

Como sea, aquí les dejo algunos que tengo guardados en el notebook y que debería guardar en el extraible por cualquier impass, pero me da lata (que floja soy):



(Esta es Alheia Varileth, protagonista del Llamado de la sangre, una historia que está a un capítulo de finalizar, aunque debo revisarla por obvias razones)



(Marina y Vhardem de una historia no publicada en internet, y que no pienso publicar aquí, es mi primer trabajo en prismacolors y ¡es una reverenda melda!)



(Fanart de IY de un fic loco -_-)

Puedo decir que estoy aburrida y no puedo ir al cine. Quiero ir al cine y ver el Cisne Negro.
miércoles, 3 de noviembre de 2010 | By: Aline

Loreley

Loreley

Loreley, Loreley… así es como la llamaba. Era el nombre de una doncella destrozada por dentro, que había sucumbido a las aguas del río Rin. La consideraron maldita, le temieron y la adoraron hasta que ella, inesperadamente, desapareció.

Loreley era el nombre que le había dado y muy probable también era que no entendiera nada. Mis palabras entraban por sus largas y membranosas orejas, pero no tenían sentido para su ser. Loreley, enjaulada… la criatura más extraña sobre el planeta, tanto que despertaba la curiosidad malsana y la obligaban a reprimir su canto en el hermetismo del silencio.

Loreley, no sé si es lástima lo que siento por ti, pero el ver tu rostro triste, el cómo reniegas de la comida y que intentas esconderte de la vista nuestra, me hace preguntarme durante las noches si extrañas a los tuyos, o de plano si habrán más como tú, y si eres capaz de amar.

Loreley, me siento un monstruo. Soy tu carcelero y tu guardián, debería sentir repulsión o, en un último caso, indiferencia; pero tus ojos me hechizan y me destruyen por dentro.

Loreley, tu larga cola dorada azota el agua al verme, ¿estás emocionada o me temes?
Loreley, nadas hasta mí y te expones tu torso desnudo, destilas aguas por tus cabellos y alzas tus brazos hacia mí.

Loreley, quieres ser libre.

Loreley, estás sonriendo, tu cola desaparece, dos piernas toman su lugar. Apenas puedes caminar, pero te aferras a la esperanza, tu rostro lo demuestra. Te sostienes en mí y yo te cubro de los ojos ajenos, el camino al mar es largo, pero eso realmente no te importa.

Loreley, tus pies tocan la arena, tu risa inunda mis oídos. Tus encantos me están matando. ¿Por qué no tengo cola como tú?

Loreley, el agua roza tu cuerpo desnudo, caminas lentamente hacia lo profundo, te sigo de cerca para asegurarme que no te ocurra nada. Loreley, extiendes tus brazos, tu rostro busca la luna llena.

Loreley, estás diciendo adiós.

Loreley, desapareces bajo el mar, no sé por qué te busco si sé que no regresarás.

Loreley, tomas mi mano de improviso y me jalas a la profundidad, apenas logro vislumbrar tu rostro, pero tus ojos azules centellean en la oscuridad. Tu canto hipnotizante lo oigo tan claro, me embelesa.

Loreley, tus labios son muy suaves, como fina seda, los presionas contras los míos, ¿es tu manera de dar las gracias?

Loreley, te has ido, el mar ya no me trae tu voz melodiosa. Sé que ya no volverás a acercarte a la costa, que es un riesgo que no tomarás. A mí ya me has dejado atrás, soy humano. Loreley, no importa cuánto lo desee…

… Alcanzarte me es imposible.
miércoles, 27 de octubre de 2010 | By: Aline

AyeC C. VI

Un propósito


No esperó a que nadie la volviera a buscar cuando el sol se escondió tras las montañas, bajó las escaleras con un par de saltos y fue directo al salón principal donde estaba segura que el resto del clan estaba reunido.

―Pasa―su cuerpo se tensó al abrir la puerta y ver al resto a la lumbre de una chimenea.

Elizabeth la miró fijamente, aún destilando enojo, pero calmada y, al parecer, sin intención de intimidarla como la noche anterior.

―Patriarca…

―Oí decir que repudiabas nuestra conducta al cazar. En específico, nuestra sangre fría al jugar con nuestras presas.

Alexia apretó los puños, él ni siquiera se dignaba a levantar el rostro del libro que leía, diciéndole de una y mil formas que le importaba muy poco la opinión que tuviera de ellos.

―Tal vez debimos ir de a poco―prosiguió tras el silencio―aunque debo admitir que nunca me tocó ver a una neonata con tan poco instinto.

― ¡¿Poco instinto!? ―rugió, sus fosas nasales se ensancharon de pura furia y apretó los dientes tan fuerte que estaba segura que luego terminaría doliéndole la mandíbula. El patriarca, en cambio, alzó el rostro al escuchar la reacción inmediata, sonriendo como un niño, dejó el libro a un lado y se cruzó de piernas en un gesto elegante.

Alexia, sin embargo, le importó poco que él o el resto del clan le miraran ahora con fijeza, el tan sólo escuchar que no tenía instinto le hacía hervir el cerebro. La estaba insultando sutilmente, le estaba diciendo que era una inútil. Muy patriarca; jefe, lo que fuera, sería; pero el sólo recordar que había tenido sexo con ropa con alguien a quien mató por sangre y que luego le dijeran que no tenía instinto… ¡Imbécil!

― ¿Así que tienes instinto? ―cuestionó él.

― ¡Claro que lo tengo, idiota, sino no lo hubiera matado, me hubiera resistido a beber! ―él sonrió, pero el resto la miró, advirtiéndole con los ojos que se detuviera o que evitara los insultos.

―Entonces no deberías cuestionarte tu naturaleza, ni el actuar nuestro. No tienes ni voz ni voto en esto, Alexia, eres la última, la esquirla, un fragmento muy pequeño de este clan, tan pequeño que no llegas a tener forma ante nosotros. Así que te lo advierto, esta familia no es para vampiros inútiles y misericordiosos, así que atente a nuestra forma de hacer las cosas.

Alexia frunció el ceño y apretó los puños. Se sentía ridícula.

―Aunque, claro, está la opción de que te marches de aquí ahora mismo, pero… ¿a dónde irás? No puedes regresar a casa, ni volver a ser humana, no sabes nada de nuestro mundo y temo tristemente que terminarás pasando al otro lado por tu ignorancia―sonrió sardónicamente. Sus palabras eran como lijas y Alexia supo, tristemente, que no tenía grandes opciones, que era innegable que debía quedarse si quería, alguna vez, llegar a ver a su hermana.

El patriarca se levantó de su cómodo lugar y avanzó hasta tocar sus hombros con sus pálidas y grandes manos. Alexia alzó el rostro para verlo, en su interior se arremolinaban un montón de sentimientos, realmente deseaba alejarse de esa gente, irse muy lejos para que estos no lo alcanzaran, pero sabía también que le era imposible mientras estuviera en ese estado tan delicado e impredecible.

―Por tu mirada, sé que te quedarás a nuestro lado―Alexia asintió quedamente, él sonrió complacido e hizo una seña a uno de los integrantes del clan.

La vampiresa observó al niño Arturo acercarse a rápido paso y tomar su mano con cierta fuerza para llevarla fuera de la habitación, el chiquillo la hiso subir por la escalera y entrar en su habitación.

―Los he ofendido―musitó cuando Arturo soltó su mano y se acercó a la ventana para correr las cortinas y dejar pasar la luz de la luna que comenzaba a menguar.

―Elizabeth ensalzó la situación―respondió Arturo―Ella y James siempre han sido sus predilectos, así que pueden hacer y deshacer con la voluntad de él.

Alexia lo miró sorprendida, ¿qué clase de líder era Héctor si se dejaba llevar por las habladurías?

― ¿Quién es James? ―preguntó.

―El de la voz suave y el pelo tomado en una cola baja.

―Debe ser horrible ver las preferencias que se hacen.

Arturo sonrió y negó con la cabeza.

―Entendemos el por qué de la preferencia, cada uno de nosotros también las tiene y tú, tarde o temprano, también poseerás preferencias en forma de persona.

Alexia lo miró detenidamente, se mostraba tan serio, sus posturas y ademanes le indicaban que aquel vampiro en cuerpo de niño era tan viejo, que fácilmente, podría ser su tatarabuelo.

― ¿Qué clase de preferencia tiene el patriarca con ellos dos? ―Arturo sonrió.

―James es su pareja y Elizabeth, según sus palabras, se parece demasiado físicamente a su hermana.

Ella gruñó, era increíble el descaro con el que hablaba de su conducta, cuando él mismo no las seguía. ¿Misericordia, condescendencia? ¡Al diablo, él tenía preferencia por una vampiresa que se parecía a su hermana… seguramente humana!
Tratando de despejar su mente, preguntó:

―Arturo… ¿cuánto tiempo puedo tardar en controlar mis instintos? ―el muchacho la miró extrañado―quiero decir, ¿cuánto tiempo tardaré en controlar las ganas de saltarle a la yugular a cualquier humano que se me cruce por el camino?

―No lo sé, depende de la voluntad de cada uno―Alexia bufó en respuesta, cuestión que provocó una suave risa por parte de su acompañante―es cuestión de práctica―ella hizo una mueca y se cruzó de brazos―tal vez te des cuenta que controlarte es más sencillo de lo que parece. A veces el instinto de selección es más fuerte que el instinto de alimentarse, si lo entrenas y te dedicas a ello, podrías avanzar mucho en poco tiempo y terminarías, sin darte cuenta, por observar y esperar, en vez de saltar a la yugular de inmediato.

Aquello era mucho más de lo que esperaba escuchar de aquel vampiro, Alexia sonrió esperanzada, Arturo le acababa de dar la fórmula para llegar a su meta. Y aunque ella jamás había mencionado el por qué de aquella curiosidad, sabía al ver los ojos del niño frente a ella, que él sabía que deseaba hacer algo en contra de su naturaleza. Casi podía tocar aquella complicidad, como si fuera algo que pudiera sostener.

―Gracias―musitó. Arturo asintió en respuesta, casi como diciéndole que le agradaba la idea de contrariar a Héctor.

―Él tiene un castigo para aquellos que osan molestarlo o cuestionar al clan―comentó sombríamente. Alexia se alarmó―no es nada tan terrible, tal vez un poco más en tu estado, pero ciertamente es un castigo pequeño comparado a lo que podría hacerte siendo él tan fuerte como es―agregó luego de ver la expresión asustada de la joven vampiresa―estarás tres días encerrada aquí sin alimentarte.

―Eso no parece tan horrible, por lo menos…―suspiró luego de que procesara las palabras de él.

―Sí, como dije, teniendo en cuenta lo que podría hacerte, el castigo es nimio―sonrió―lo que me preocupa es qué tan susceptible estarás luego de esos tres días. Me pregunto cuánta sangre desearás después de no alimentarte por tanto tiempo.

―Supongo que más del promedio, siendo tan inexperta.

Arturo movió la cabeza de un lado a otro, dubitativo y luego respondió:

―Tal vez―y después agregó: ―lo que me sorprende es cómo te tomas el castigo tan calmadamente.

Alexia sonrió, mostrando sus dientes blancos.

―Yo no diría calmada, más bien estoy bastante… ansiosa―sí, porque realmente deseaba llegar a Magdalena, realmente deseaba ver a su hermana, pero para ello… tenía que recorrer un largo camino antes de lograr su propósito.

Arturo palmeó el costado junto a él, invitándola a sentarse a su lado. Alexia no lo hizo esperar y se sentó gustosa y, por primera vez en lo que llevaba viviendo en esa casa oscura; que era un tiempo bastante corto, se sintió realmente bien, el vampiro que estaba sentado junto a ella y la miraba comprensivamente, le hacía sentir que estaba en el lugar adecuado para aprender. Aquél sentimiento no la abandonó, ni la intimidó cuando sin pensarlo pasó uno de sus blancos brazos tras la espalda de él y lo acercó a sí misma en un abrazo y, por otra parte, Arturo no se negó; sino que ladeó un poco la cabeza para apoyarse más en ella.

―Sentirse sola es muy común cuando eres un vampiro―susurró él―puede que el vacío que tienes en el pecho tome más de ti de lo quieres. Alexia, nunca cometas el error de dejar que ese vacío te domine o podrías cometer una locura.

La muchacha supo entonces que Arturo se preocupaba por ella a pesar de que sólo habían cruzado palabras en dos ocasiones, contando esta. Y supo también que esas últimas palabras que le había dirigido eran también una advertencia. Alexia sonrió ante el descubrimiento, pero también dudó. Primeramente, había percibido cierta complicidad, casi la aprobación de él ante las ideas que ni siquiera ella había pronunciado en voz alta, pero ahora…

Alexia entendió que él apoyaba a ciegas la decisión que había tomado, una elección que seguramente tomaba la forma de la determinación en sus ojos y que despertaba en él alguna clase de instinto de protección.

―Tendré cuidado de no caer―susurró en respuesta.
domingo, 17 de octubre de 2010 | By: Aline

AyeC C.V

Esto es lo que somos

Observó horrorizada como Elizabeth tomaba ambos cuerpos sin siquiera darles una mirada de compasión, no había en esa mujer ni una sola gota de arrepentimiento por lo que había hecho, su actitud era tan despreocupada que Alexia se sentía ridícula y se estremeció al recordar el horror de esas caricias, el cómo ella misma había incitado a aquel hombre, como lo había domado y se había frotado contra su cuerpo. Sintió asco de sí misma y hubo un lapsus en que pensó intentar devolver todo lo que había bebido de su presa, pero aquello era imposible, la sangre para ese momento ya habría sido absorbida y ahora debería estar circulando por su cuerpo.

― Querida mía, no te quedes quieta―habló Elizabeth mientras se echaba al hombro a los difuntos y comenzaba a caminar en dirección a la montaña. Alexia la siguió en silencio, observando cómo los árboles comenzaban a cerrar su camino y ocultaban de la vista a cualquier curioso que pudiera haberse despertado por los gritos y gemidos de aquellos tipos.

Ambos cuerpos cayeron pesadamente sobre la grava de la ladera de la montaña que daba cara al pueblo. Elizabeth se agachó y ante Alexia, que ya estaba lo suficientemente traumatizada, comenzó a destrozar el cuerpo de ambos, sacando pedazos de piel y desfigurando el rostro de sus presas. Alexia emitió un gemido de asco y se alejó sin siquiera tomar en cuenta las palabras de su maestra referente a su naturaleza.
Simplemente se aovilló, y comenzó a sollozar sin lágrimas, su cuerpo seco se estremecía. ¡Ser vampiro era horroroso!, no sabía cómo había gente que idolatrara la conducta de semejantes criaturas, y en eso se incluía a ella misma.

―Alexia―murmuró enojada. Ella alzó el rostro perturbado y se levantó.

― ¿Podemos irnos? ―musitó. Su interlocutora asintió, su mirada estaba encendida por el enojo, pero no pronunció palabra alguna referente a lo que le molestaba.

―Andando.

El alba estaba en su apogeo, pronto el sol asomaría detrás de la Cordillera de los Andes y Alexia se mantenía estática frente a la ventana con las cortinas y visillos descorridos, en ese momento no le importaba si su cuerpo hacía que se propagara el fuego, sólo quería quemarse y ya, el dolor era sólo parte del proceso y tarde o temprano acabaría. Con ese pensamiento, dejó escapar un gemido de satisfacción cuando el sol se asomó al fin.

Sus pensamientos volaron años atrás, se sumió en unos recuerdos felices. Su madre cargaba a su hermana de tres años que acababa de golpearse en la rodilla, Magdalena lloraba a mares mientras su padre buscaba la povidona yodada y un parche para cubrir la herida. Recordaba que se había sentado junto a su madre y había sostenido de la pequeña manita de su hermana para calmarla, ellas cantaban canciones de cuna para que dejase de llorar y pensara en otras cosas mientras su padre hacia el trabajo de curar la rodilla maltrecha.

―Eres una niña fuerte, mi pequeña Magdalena―le susurró su padre. Inevitablemente, eso había causado que florecieran los celos.

―Tú también, mi niña, eres una gran hermana―le susurró su madre al oído, besando su mejilla de paso.

Alexia sonrió ante aquél recuerdo, ella sólo tenía once años, quién diría que cincos años después, ella misma sería quien acabaría con la vida de sus padres y dejaría a su hermana traumatizada.

¡Su hermana!

― ¡¿Qué estás haciendo?! ―Alexia dejó escapar un grito de sorpresa cuando Elizabeth cerró las cortinas, dejando la habitación a oscuras― ¡¿En qué estabas pensando para descuidarte así?! ―bramó, pero Alexia estaba aún atónita y sus pensamientos seguían volando muy lejos― ¡Alexia! ―el rostro de su hermana brillaba como una luz en sus oscuros pensamientos.

Aquello fue como un cable a tierra, la razón por la que aún no debía morir como se debía.

― ¡Alexia! ―rugió.

―Te escucho―pronunció al cabo de unos cinco minutos, cuando sus pensamientos estuvieron ya encausados y el rostro de su hermana quedó grabado en su mente con una leyenda muy clara bajo él.

Elizabeth le gruñó en respuesta y apuntó las oscuras cortinas por las cual apenas se podía vislumbrar la claridad del exterior.

― ¿Qué es lo que te había dicho? ―la mujer había dejado de lado tu su encanto y ceremonia, sólo el enojo se reflejaba en sus palabras― ¿acaso no prestaste atención cuando te dije lo del sol?

―Presté atención―respondió serena―Aún no calculo cuando se aproxima el amanecer y estaba analizando lo que pasó anoche, yo…―la muchacha dejó escapar un quejido, las escenas de las horas anteriores la hacían sentir sucia.

― ¿Yo qué? ―preguntó molesta y sus ademanes la animaban a seguir hablando.

―Anoche, fue macabro. ¿Acaso era necesario hacer todo eso para conseguir sangre?

Elizabeth la miró con suspicacia.

― ¿No lo disfrutaste? ―Alexia se estremeció ante la sonrisa perturbadora que su tutora había formado en su pálido rostro, ella sabía perfectamente que le había gustado, el sabor de la sangre era mucho más contundente que cuando estaba en un estado normal.

― ¿Pero por qué? ―preguntó ella― ¿es necesario tener que rebajarnos al nivel de una prostituta por conseguir sangre?

Elizabeth rugió estridentemente ante el comentario y le mostró los colmillos agudos en una clara amenaza. Alexia retrocedió un paso, pero se encontró pegada a la cubierta ventana. Aquella reacción sí la había atemorizado.

―Escucha bien, neonata, tú ya no eres humana, tú no te riges por la regla de esos estúpidos mortales. Tú eres una vampiresa, una con el potencial suficiente para convertirte en un súcubo y disfrutar del placer de la sangre espesa por la libido, tú no necesitas de esas estúpidas reglas morales, tú no has vuelto a nacer para someterte a ese tipo de reglas insignificantes.

―Se trata de respeto―gruñó la muchacha. Las palabras de aquella mujer no la dejaban satisfechas, la hacían sentir peor de lo que ya se sentía.

―No, Alexia, se trata de selección natural― ¿natural? sí, es muy natural ser un muerto vivo, quiso decir la chica, pero no se atrevía a hacer enfadar más a la vampiresa frente a ella.

―Elizabeth―era una voz infantil, suave y tranquila. Alexia giró su rostro para ver al dueño que ella conocía aunque nunca lo hubiera escuchado hablar. Era aquel niño, el más pequeño de todo el clan. Sus ojos grandes y perfectamente redondos la miraron unos minutos antes de posarse en su acompañante y pronunciar: ―Héctor desea verte.

―Voy enseguida―respondió la pelirroja y luego volteó a Alexia―duerme―ordenó y luego, sin siquiera volver a dirigirle otra palabra o mirada, salió de la habitación.

Al abandonar ella la habitación, Alexia volvió a dirigir su atención a la ventana, afuera había un hermoso día, digno del comienzo del verano, uno que nunca volvería a sentir o ver, pero a pesar de aquello, sabía bien que era poco probable que, aún teniendo la capacidad para salir bajo el sol, volviera a tener o aparentar una vida normal, teniendo en cuenta que los carabineros, la PDI, etcétera, la estaría buscando por ser una homicida prófuga.

―Deberías descansar―el niño le tomó la mano cariñosamente, sobresaltándola por el tacto suave y delicado, Alexia lo miró fijamente unos segundos antes de ser guiada a la cama un par de paso lejos de la ventana―los neonatos, tienden a no resistir el día despiertos―agregó.

― ¿Por qué? ―preguntó ingenuamente mientras se sentaba en la acolchada cama. El niño la miró sonriente y tocó su cabeza, acariciándole la coronilla con cuidado.

―Son como los bebés, aún están conociendo su alrededor y su naturaleza, lo que los cansa más que a los mayores.

― ¿Así que un vampiro viejo puede mantenerse despierto durante las horas de luz por la experiencia?

El niño le sonrió y la incitó a recostarse en la cama para descansar.

― ¿Fue muy difícil para ti acostumbrarte a esto? ―el niño siguió mirándola con compasión―Me refiero a convertirte en vampiro y dejar a tu familia de lado, todo lo que quisiste.

―Estaba solo―contestó―el ser vampiro o no serlo, no significó mucha diferencia―Alexia asintió quedamente―pero ninguno de nosotros es igual, la conversión nos afecta de distinta manera a cada uno.

Alexia luchó contra los parpados de sus ojos que amenazaban con dejarse caer y cegar su visión.

―Todos tuvimos nuestras batallas internas, hasta Héctor las tuvo en su momento al encontrarse convertido en algo que no era―la muchacha asintió sin saber quién era aquél hombre llamado Héctor, pero supuso que se trataría del patriarca―pero esto es lo que somos, aún a pesar de todo, nuestra naturaleza es así aunque no nos guste, así que no importa cuánto luches, con el tiempo, simplemente, te acostumbrarás.

Ella permaneció en silencio mientras él se levantaba y se dirigía a las grandes puertas.

― ¿Qué edad tienes? ―preguntó abrumada. Su visión se volvió negra entonces, signo de que sus parpados habían sucumbido a su peso, pero a cambio de la falta de ese sentido, todos los demás se agudizaron, por lo que no se sorprendió al escuchar las palabras que él le dijo:

―Te sorprenderías.

Luego de eso, la puerta fue cerrada.

AyeC C.IV

Advertencia de escenas 'fuertes'

Hora de cazar

Alexia, aún aturdida por el encanto y las maneras de aquel hombre; se dejó llevar al encuentro del clan, como él los había llamado. Aquellos que se habían mantenido al margen de la decisión tomada por ella y el que, suponía, era la cabeza de la familia; se acercaron con un aire más calmado hacia ella. Y aunque sus miradas espeluznantemente rojas la intimidaban de sobremanera, supo enseguida que ellos no le tocarían un pelo si ella no quería, aquél mensaje implícito le fue dado al momento en que el patriarca le palmeó el hombro delicadamente y la dejó en el medio de un círculo compuestos por el resto del grupo.

―Muchacha―comentó uno de los hombres, su aspecto era más bien el de un adulto mayor y las arrugas en su piel se acentuaban con la palidez de su tez. Sus ojos pequeños la escudriñaron por unos minutos y sus labios amoratados formaron una sonrisa, aunque manteniendo la mandíbula tensa, cuestión que lo hacía parecer algo tétrico―Puede ser una imprudencia, nuestra querida niña, pero creo que tenemos el derecho de saber quién ha sido el que te ha dado la nueva vida.

Alexia se limitó a mirarlo en silencio, no por mala educación, sino porque no tenía mucho que aportar. No conocía a su atacante y tampoco se había dedicado a guardar en su mente la imagen del sujeto en cuestión. Lo único que ella atinó a hacer al ver la oportunidad, fue escapar y ya.

―Deberás tenernos confianza, pequeña nuestra―apresuró a agregar otro de aquellos, uno más joven y de aspecto delicado. Sus ojos calmados y su rostro afable hicieron que la chica se sintiera menos incómoda.

―No se trata de no tener confianza―comentó, aunque se contradecía mentalmente al mismo tiempo―es que lo único que recuerdo bien de él, es que tenía los ojos rojos… como todos ustedes, señor―musitó y luego agregó: ―¿puedo preguntar a qué se debe su curiosidad?

El hombre le sonrió, respondiendo afirmativamente con ese gesto.

―Son reglas, querida niña―contestó sin más preámbulos―cuando uno de los nuestros transforma a un humano, debe hacerse cargo de él.

Alexia lo miró interrogante unos segundos, hilando cabos rápidamente, contestó:

―Debo deducir entonces que es una medida de protección, ¿no es así? ―la respuesta fue tan satisfactoria, que Elizabeth le aplaudió unos segundos, alabándola por su rapidez mental.

―Debes entender, pequeña mía―dijo el líder―que es un riesgo que un neonato ande por ahí sin saber siquiera controlarse y, mucho menos, las reglas de nuestra raza. El cazar humanos es un tema delicado, el hecho de que un recién nacido ande suelto por ahí sin un instructor aumentan las posibilidades de un desastre. Es necesario mantener nuestra pequeña sociedad en secreto, así tenemos mayor libertad y si un asesino en serie anda suelto por ahí…

―Entiendo―apresuró a decir. Apretó los labios, enojada consigo misma, si el maldito que la transformó hubiera permanecido a su lado o si siquiera ella no hubiera huido, era muy probable que sus padres estuviesen vivos en ese momento.

―En todo caso, padre mío, creo que es necesario que mi hermana descanse, el amanecer está cerca y debe recuperar fuerzas.

―Tienes razón, mi hermosa Liz―concedió― lleva a nuestra nueva integrante a sus aposentos para que descanse de su travesía.

Elizabeth hizo una pequeña reverencia, tomando la falda de su vestido y doblando sus piernas delicadamente. Alexia la miró con admiración mientras esta se incorporaba elegantemente y tendía su mano hacia ella para que la cogiera. Ella no tardó en tomarla para que la guiara, dejando atrás la acogedora habitación que a sus espaldas se sumía en un mar de murmullos descarados por parte de la familia y que tenían como referente a su persona.
Elizabeth la llevó de nuevo al vestíbulo, pero esta vez se dirigió directamente a la escalera, por la cual subieron en silencio y en cuya cima giraron a la derecha. Los pasillos de la planta superior, específicamente la derecha, eran iluminados por lámparas de aceite de una elegancia propia de los artefactos de alta alcurnia de épocas pasadas, Alexia miraba de un lado a otro, observando las pinturas colgadas en las paredes, la mayoría eran de paisajes que en su vida había visto y que en sueños alguna vez pudo imaginarse, otros eran de lugares conocidos por la sociedad: La Torre Eiffel, el arco del Triunfo, el coliseo romano… eran muchos los lugares que ella había visto en películas y fotos, sin embargo, no había ningún retrato de los ocupantes de la casa.

―Hemos llegado―anunció su ahora tutora. Alexia se detuvo en el instante que ella lo hizo y soltó el agarre de sus manos.

Estaban frente a dos puertas grandes, ya habían pasado varias del mismo estilo, pero aquella era de por sí la que más había llamado su atención pues, a diferencia de las demás, poseían unos bonitos ornamentos florales en sus partes superiores.

―De ahora en adelante, ésta será tu habitación―le comentó y giró los picaportes, dando un leve empujón a ambas puertas. Alexia se asomó por detrás del hombro de su ahora protectora y observó con deleite el cómodo lugar.

La habitación en sí sólo estaba iluminada por una solitaria vela sobre una delicada mesita de noche, la cama a su lado era amplia y casi tan llamativa como el candelabro que colgaba del techo, el cuarto era de aspecto cálido, acogedor y el ventanal que dejaba pasar los rayos de la luna le daban un efecto peculiar. Pero algo faltaba, algo que Alexia conocía y que era de conocimiento popular, la intriga se apoderó de ella y se preguntó ¿por qué una cama y no un ataúd?

Elizabeth avanzó rápida y elegantemente hacia la ventana y jaló de las cortinas a los lados del ventanal, tapado la vista hacia el exterior. Alexia bufó sin siquiera quererlo.

―La luna está bajando, se acerca el amanecer―respondió sonriente antes de volver junto a ella y acariciarle el cabello con una delicadeza estremecedora.

― ¿Eso es malo? ―preguntó inocente.

―Sí, mi querida―Alexia se estremeció ante la palabra―cuando la luna baja es cuando comenzamos a debilitarnos―Elizabeth acarició su rostro como si se tratara de una muñeca de porcelana y la muchacha sólo atinó a cerrar los ojos para disfrutar de la delicada caricia.

―Pero…―suspiró―…yo no me he quemado al instante, tardó un tiempo antes de que el sol me dañara.

―Por supuesto―Elizabeth asintió con la cabeza y de su boca no salió ninguna sílaba más. Alexia frunció el ceño y quiso quejarse por la respuesta que le había dado, pero la mujer fue más rápida y plantó un delicado beso sobre su frente, provocando que la muchacha abriera sus ojos por la sorpresa―Descansa ahora, mi querida, luego habrá tiempo para enseñarte―dicho esto, le volvió a dar otro beso en la frente y luego se alejó, saliendo por la puerta y cerrándola tras sí.

Alexia permaneció unos instantes inmóvil, su cuerpo se estremeció ante el recuerdo de esos labios suaves sobre su piel. ¡Qué extraña se había sentido!, parte de su mente le había dicho que la apartara de un golpe, pero la otra, la menos sensata, se complacía ante aquellos delicados gestos. ¿Aquello también era parte de lo que implicaba ser un vampiro? Porque, que recordara, jamás había sentido ni nervios ni ninguna otra turbación por culpa de una mujer.
¡Oh, si hubiera sabido que se convertiría en una de esas bestias, se habría leído Drácula!

La muchacha, luego de divagar unos cuantos minutos en lo que había ocurrido durante esas horas, caminó hacía la cama y se acostó bajo las sábanas, al tiempo que, casi automáticamente, sus ojos se cerraban y los sonidos a su alrededor se volvían cercanos, molestos y estremecedores.
Sus oídos captaron tantas cosas, muchas cosas que ella no había captado en su primer ‘sueño’ como inmortal. Sintió puertas cerrarse, pasos rápidos, las colchas moverse, los pájaros cantar a través de su ventana, el río que corría más allá de las cuevas por las que había llegado. Escuchó todo y aquello la aterró, fue perturbador no soñar, que su cerebro no le creara ilusiones, que su mente siguiera despierta mientras su cuerpo se mantenía inmóvil, como petrificado. ¿Aquello era ‘dormir’ para los vampiros?, ¿el mantenerse consiente y desprovisto de cualquier capacidad para moverse?, ¿ésta era su gran debilidad? ¿Era el día o la incapacidad para protegerse los que lo hacían temer a esas horas?

Quiso llorar por sentirse impotente, quería soñar, quería olvidar todo lo que había ocurrido y, por unas breves horas, crear una fantasía en que ninguna de las cosas que habían pasado hubieran ocurrido, pero aquello le fue vetado también, así como, estaba segura, muchas cosas más.

Sus ojos se abrieron sin previo aviso y para su propia sorpresa. Otra vez, la oscuridad se había cernido y la vela que ella jamás siquiera había tocado, se había apagado y derretido por el paso del tiempo. Alexia dejó escapar un leve suspiro y se incorporó en la cómoda cama.

―Buenas noches, querida Alexia―la susodicha dio un respingo y miró asustada hacia la puerta.

El patriarca se encontraba parado a pocos pasos de la salida, sus manos sostenían un candelabro y en la otra una cajita llena de fósforos. Él la miraba seriamente mientras daba pasos silenciosos, lo cual explicaba el que no lo hubiera oído ni entrar, hacia su persona.

― ¿Has descansado bien? ―prosiguió mientras tomaba los restos de la antigua vela y los reemplazaba por el candelabro, al cual le encendió cada una de las velas con cuidado.

Alexia lo seguía mirando atónita.

―Niña mía, te he preguntado algo―dijo suavemente. La muchacha nunca se acostumbraría a esos apelativos, era estremecedor pensar que esa gente pudiese tratarla con tanta familiaridad.

―He dormido bien, gracias―contestó ida mientras el hombre volteaba el rostro hacia ella y le sonreía cálidamente.

―Es bueno saberlo―contestó. La habitación se sumergió en un silencio incómodo para la chica que no sabía cómo actuar frente a ese ser. Alexia agachó la cabeza, sintiéndose abrumada por la seriedad en la mirada del patriarca, no había en ellos la chispa de alegría que había visto la noche anterior, cuando sus ademanes, además de estar cargados por la autoridad, eran cariñosos.

Sí, la actitud con la que se mostraba con ella era totalmente diferente a la que mostraba cuando estaba frente a Elizabeth.

― ¿Señor, puedo preguntarle algo? ―musitó repentinamente, casi inconsciente de lo que estaba haciendo. Él se sentó a su lado y asintió quedamente― ¿por qué no hay ataúdes? ―la pregunta salió rápidamente y…

Nació la risa.

Bajó las escaleras, sintiéndose molesta y avergonzada al mismo tiempo. Claro, ella no conocía nada de ese mundo ‘vampírico’, la gente tendía a decir que dormían en ataúdes, se quemaba a la luz del sol, lo cual era cierto, y que le temían al ajo, cómo iba a saber que todo aquello era en parte mentira. Ella no era un genio y tampoco una adivina para saberlo todo.
Alexia también tenía en cuenta que el ser humano tiende a inventarse cosas para sentirse protegido, como la existencia de Dios, pero; enserio… si ellos existían ¿por qué no podría ser verdad todo lo que se decía? Con tantas novelas y películas del tema, algo debía ser cierto.

―Iba a buscarte en este instante―Elizabeth la tomó de la mano cuando estuvo a su alcance y la guió hasta el final de las escaleras― ¿Cómo te sientes?

―Bien―dijo escueta.

― ¿No te has sentido...? ―la hermosa mujer se detuvo para buscar la palabra adecuada para el remolino de sensaciones nuevas a causa del sueño vampírico― ¿… incómoda?

―Fue como un torbellino de sonidos―contestó― ¿Por qué no sentí eso antes en la cueva?

―Porque estabas concentrada en el dolor de las quemaduras y no en lo que te rodeaba.

Alexia se quedó en blanco unos minutos, recordando el día anterior y el dolor que le produjeron aquellas heridas, recordó el pedazo de piel carbonizada que se había quitado de su mejilla e inmediatamente se llevó una mano a ella, volviéndola a palpar aún sin poder creer que estaba tan tersa como recordaba.

―Entonces tenemos células vivas―musitó la joven.

Elizabeth no le afirmó ni negó su comentario, lo que provocó en la joven un mar de dudas. Un vampiro era un ser muerto, no podían tener células que regenerasen la piel chamuscada. Era imposible. Aún y cuando su corazón no latía, debía haber algo que hiciera que sus cuerpos actuaran de una manera normal, bueno, refiriéndose al mundo vampírico, porque ciertamente quemarse al sol como lo hacían ellos no era normal.

―Vamos, ha llegado la hora de la casería, tu cuerpo necesita sangre antes de que te vuelvas débil e incapaz de discernir―la exótica mujer, con sus labios carnosos, le sonrió de oreja a oreja, mostrando sus afilados colmillos.

Algo instantáneo rugió en su interior cuando escuchó la palabra cacería, su garganta le quemó como si estuviera enferma y se contrajo mientras se relamía los labios. Lo deseaba, presionar sus colmillos en la carne caliente y chupar el líquido rojo hasta sólo dejar el cascarón vacío de una criatura. Elizabeth la miró como si se tratara de una bella visión y compartió a través de sus ojos ese deseo que a Alexia la estaba carcomiendo y la llevó, sin mucho esfuerzo, al encuentro del clan.

Todos ansiosos y con sus ojos rojos llameantes, la euforia iba en incremento mientras esperaban uno al lado del otro frente a la puerta principal. ¿Qué esperaban? Al líder, al patriarca de esa singular familia de chupasangres, quien no tardó demasiado en hacer acto de presencia y sonreírles, comunicándoles que era tiempo para ir en busca de presas, de destrozar cráneos y beber hasta saciarse.

Alexia fue guiada a través de la cueva que comunicaba el valle de Séfira, como lo llamaba ella, y el río Elqui. Sus pasos eran ligeros, sus piernas se movían rápidamente, corriendo sin esfuerzo, saltando como un animal entre las rocas del río, junto a Elizabeth y los demás que ni siquiera reparaban en ella. Y de pronto, todos se detuvieron, inclusive ella, para luego tomar caminos distintos, algunos internándose en la montaña y otros bajando hacia los distintos pueblos, Alexia y Elizabeth comenzaron a recorrer el camino hacia Pisco Elqui.

A la entrada del pueblo, Alexia relamió un par de veces sus labios y movió sus manos y pies, ansiosa por entrar en acción, Elizabeth, por su parte, le tomó de la mano para evitar que se abalanzara sin pensar contra cualquier transeúnte y le dijo:

―Calma―Alexia le gruñó en respuesta, mostrándole sus afilados colmillos, en respuesta, la vampiresa apretó su mano con más fuerza―querida mía―dijo en tono amenazador, provocando un estremecimiento en ella, era una advertencia―hemos de buscar un par de presas que no necesite este pueblucho, si actúas con imprudencia, podrías delatarnos.

Alexia la miró y contuvo un nuevo gruñido amenazador. Fue doblegada por la voz de aquella mujer inhumana y dejó que ésta la guiara dentro de un pueblo que recién comenzaba a dormirse.

Elizabeth la guió por las calles más oscuras, escondiéndose en las sombras y observando a las personas que iban a sus casas pasar u a otras que comenzaban a salir, estás últimas eran las que debían atacar, aquellas que estuvieran fuera de sus hogares y no despertaran sospechas. Alexia, sin embargo, apenas lograba distinguir aquello, lo único que pasaba por su mente era hincarle los dientes a su presa, pero la mano firme de Elizabeth le impedía seguir con su propósito de saltar de su escondite y embestir contra el cuello de la primera persona que pasara cerca de ella.

―Ellos son los indicados―le susurró la mujer al oído. Alexia ronroneó dócilmente y miró hacia una dirección en concreto. Elizabeth también miraba a los mismos sujetos. Un par de hombres con barbas de tres días, de cabellos oscuros y cuerpos musculosos cuya piel morena no impedía que ellas vieran las venas y arterias palpitantes de sus gruesos cuellos. Ambos sujetos se tambaleaban, estaban borrachos y de repente dejaban escapar un par de gritos incoherentes. La gente se alejaba de ellos, sabiendo que un borracho podía hacer cualquier estupidez.

―Vamos―gruñó Alexia por lo bajo. Su sed se quintuplicó al ver a la presa tan cerca, tan tentadoramente cerca.

―Aún no―dijo Elizabeth, que a pesar de su aspecto sereno, también quería saltar sobre ellos. Pero la cantidad de años que había vivido en ese estado le habían vuelto dura, había aprendido, como los otros, a esperar el momento adecuado para atacar y ella iba a enseñarle el arte de acechar a la jovencita que tenía agarrada del brazo.

Con eso en mente, Elizabeth tironeó a Alexia y comenzaron el seguimiento. Los hombres pasearon un buen rato a vista y paciencia de todos, se cayeron un par de veces y elevaron sus voces en canciones desafinadas mientras se iban alejando cada vez más de la plaza y de los negocios hasta llegar a las zonas más apartadas y despobladas. Ese era el momento, Elizabeth soltó a Alexia y se apareció frente a ellos, siendo seguida por la impaciente muchacha.

Ambos hombres se detuvieron a unos metros frente a ellas, cada fibra de sus cuerpos olía a la inmensa cantidad de alcohol que debieron haber tomado para quedar así. Ellos rieron y se codearon torpemente, diciéndose lo suertudos que eran por encontrarse con dos mujeres en ese lugar.

―Preciosa…―se dirigió uno a la vampiresa de cabello de fuego. Su voz ronca hizo a la mujer sonreír, satisfecha por ser admirada por un futuro muerto.

Alexia hizo ademán de abalanzarse sobre ellos ante las sugerentes palabras que salían de boca de ambos, incitándolas a sumarse a un juego en el que sólo ellos saldrían mal parados, pero Elizabeth volvió a detenerla, usando su brazo como barrera, impidiéndole avanzar directamente.

―Iré primero. Observa y luego hazlo tú―le dijo. Alexia le gruñó, ¡¿acaso no entendía que debía beber ya?!

Pero Elizabeth hizo caso omiso a su protesta y avanzó lenta y sensualmente al encuentro de uno de los sujetos que la miró sonriente y estiró sus brazos para alcanzar a tomar su cintura y ceñirla a su cuerpo y hundiendo su rostro en el cuello de ella, descaradamente.

Elizabeth rió, cuestión que el hombre tomó como un punto a su tarea, pero… no era así.

Entonces Alexia sintió el agarre del otro sujeto que sería su presa, sus manos ásperas se deslizaron sobre la piel tersa de la recién nacida y la contempló con esa llama de deseo en los ojos. Ni él, ni el otro se habían dado cuenta de que estaban al borde de un precipicio del que jamás saldrían. Aquello le pareció gracioso, demasiado gracioso y retorcido.

― ¿Qué quieres que haga? ―la voz de Elizabeth llegó a sus agudizados oídos, Alexia la miró. El hombre trataba de llevarla hacia un grueso árbol, quizás para apearla en él y así poder sentirla mejor.

―Hazme lo que sepas hacer―soltó el hombre en un sonido gutural mientras retrocedía con ella, ambos jugando con sus ropas.

―Te gusta ver, puta―le susurró su presa, inmediatamente después él agarró la carne blanda de sus pechos. Alexia, en vez de sentirse profanada, sintió satisfacción, algo completamente inexplicable.

―Tal vez―le respondió en un suave susurro.

El hombre rió, soltando el tufo a alcohol sobre su rostro, pero, independiente de lo desagradable que era, no le molestó en absoluto. La muchacha trazó con los dedos índices el rostro de su presa. Apreció su mandíbula firme, su rostro cuadrado, sus ojos pequeños y sus labios finos junto a su tez morena. Ella sonrió, pobre de las chicas que estuvieran enamoradas de ese hombre, porque moriría por un beso suyo, por una sola y sensual mordida.

―Puta caliente―le dijo mientras la tiraba al suelo con una brutalidad que ella no sintió y él se dejaba caer sobre ella, acariciando con descaro cada fibra de su ser―tócame―le ordenó. Alexia sonrió y besó la barbilla del hombre y sus manos se deslizaron por el borde de la camisa, desabrochando los botones uno a uno mientras él jugaba con su pecho e intentaba subirle la camiseta que llevaba desde hace un par de días―tócame―insistió y Alexia acarició su pecho y bajó tentativamente hacia el cinturón. Él por su parte había conseguido subirle la camiseta, había apartado las copas de su sujetador e intentaba abalanzarse sobre su pecho expuesto.

Fue entonces cuando escuchó un gemido del otro individuo, Alexia desvió la vista de su propia presa y se fijó en lo que hacía su tutora, la cual había desaparecido de su mente cuando tuvo a su almuerzo entre sus brazos. Elizabeth se encontraba apoyada en el árbol desde quién sabe hace cuánto tiempo, su cabeza estaba por sobre la del hombre que la ceñía a su cadera y esta se mantenía muy sujeta a él con la manos y pies enroscados en torno a su cuerpo. Él y ella iban al mismo compás, ella sin soltar siquiera un gemido mientras él, cada vez más fuerte, rugía con cada embate de su cuerpo contra el de ella. Elizabeth dejaba que él mordiera su cuello que jugueteara con sus largas piernas y acariciara su pecho al descubierto con una mano.

―Mírame―ordenó entonces su presa. Ella, no tomó en cuenta su orden, sino que se levantó y lo empujó contra el suelo, quedando ella sobre él. El hombre rió torpemente por el repentino movimiento y susurró algo que no entendió, el alcohol y la libido estaban por dejarlo con la mente en blanco. Alexia dejó caer su cabeza sobre su pecho y besó con ímpetu cada rincón de su torso, haciendo que el hombre se retorciera por su la energía que ella emanaba, de sus manos ingenuas no quedaban nada cuando deshizo el broche del cinturón y bajaba el cierre del pantalón, tirándolo levemente hacia abajo, lo suficiente como para que el bóxer quedara expuesto y el miembro palpitante de su presa pudiera expandirse con más libertad.

―Tonto―le dijo al oído por inercia. Sí porque aquél hombre, por estúpido, no tenía la menor capacidad para darse cuenta del sugerente peligro en que se encontraba.

―Tómalo, perra―le soltó mientras intentaba bajarle el cierre del pantalón a ella y hacía un ademán de embestida, pero Alexia volvió a inmovilizarlo contra el suelo con sus fuertes brazos y se rió porque él no se daba cuenta que su fuerza no correspondería nunca a una chica humana. Entonces se colocó de tal forma para que él pudiera sentirla, aún sin siquiera haber un contacto directo, él dejó escapar alaridos de placer mientras ella se deslizaba de adelante hacia atrás, friccionándolo.

― ¿Me has dicho algo? ―le susurró al oído, le hombre volvió a balbucear algo con su adormilada lengua, pero ya no importó… él se levantó y se abalanzó contra el pecho descubierto, besando sus montes, apretándolos. Él se levantó quedando ambos sentados, él embistiéndola sin penetrarle y ella friccionándose como una gata al cuerpo de él.

― ¡Quítate la ropa, quítatela ya! ―exclamó el hombre de pronto. Alexia le sonrió, pero no le dio el gusto, de hecho, se apartó lentamente de él, provocando que este volviera abalanzarse sobre ella.

―Aguántate―siguió torturándolo mientras volvían a la posición anterior y comenzaban a mecerse en busca de más placer, sólo por parte de él.

La presa de Elizabeth rugió entonces, Alexia miró el convulsionante cuerpo del otro hombre mientras seguía embistiendo con más fuerza a su tutora y de repente, ella la miró. Sus ojos refulgían en deseo de sangre, le sonrió y dijo sin pronunciar palabra:

Muérdelo.

Alexia no lo pensó dos veces, ya no más juegos estúpidos, su cuerpo hizo presión para dejar en el suelo a su presa y fue directo a su cuello. Sus dientes se clavaron con fuerza, haciendo que él dejara escapar una ahogada queja que quedó en el olvido cuando ella, con su fuerte mano tapó su boca y comenzó a succionar y a succionar hasta dejar seco al hombre que intentó defenderse, pataleando e intentando quitarse de encima a una mujer con mucho más fuerza que él.

Su sangre estaba tan exquisitamente caliente y espesa, ¿era aquello el producto de todo ese juego previo? Sonrió y volvió a lamer sus labios, quitando los restos de sangre que rodeaban su carnosa boca. Y luego giró el rostro para ver a su compañera y a su presa aún en medio de sus vaivenes y él sin enterarse que su amigo yacía muerto a unos metros.

Entonces, en la última estocada, cuando él se hundió en lo más profundo de la carne de la vampiresa, ella se abalanzó sobre su cuello y mordió y succionó del cuerpo cansado del aquél hombre todo lo que podía dar.
Alexia vio aquél espectáculo entre maravillada y horrorizada. ¿Eso había hecho ella? Elizabeth cayó al suelo junto al cuerpo sin vida del sujeto, estaba cubierta del sudor del tipo, pero parecía no importarle, se acomodó su ropa como quien no quiere la cosa, y se desentendió del cuerpo de su fugaz amante. Alexia vio todo aquello en cámara lenta, mientras asumía todo lo que había hecho mientras la neblina de su mente se despejaba. Entonces miró el cuerpo bajo ella, el que había acariciado como si realmente fuera una prostituta y al que le había hincado los dientes y había dejado seco.

Elizabeth la miró satisfecha, diciéndole con la mirada que lo había hecho bastante bien para ser la primera vez y luego le dijo textualmente que debían deshacerse de los cuerpos, hacer parecer que habían sufrido un accidente o un ataque de algún animal. Alexia siguió sus pasos por inercia, aún incrédula de lo que había hecho y, al mismo tiempo, consciente de que todo aquello le había gustado.

AyeC C.III

En lo profundo de una cueva

Aquello era suficiente, se decía, mientras sus pies la hacían retroceder hacia lo profundo de aquel escondite de roca sólida. El sólo ver al par de pumas muertos frente a ella, le produjo un remolino de sensaciones contradictorias en las que destacaba la imperiosa necesidad de hincarle los dientes a esas gargantas peludas y, por otro lado, el asco que le producía tan sólo en pensar en la idea anterior. ¡Debía escapar de allí! Le decía su mente en son de alerta.

― ¿Está usted loca? ―pronunció al fin, formando una mueca de asco en su rostro.

La hermosa mujer, sin embargo, le sonrió en respuesta y un brillo terrorífico apareció en ese rostro angelical que ahora, en opinión de la chica, parecía ser una trampa mortal para cualquiera.

―Es difícil al principio, pero luego te acostumbras―le sonrió mientras se acercaba, contoneando su caderas sensualmente y dejando que su largo cabello rojo se meciera con igual sensualidad.

― ¿Qué quiere que haga? ―cuestionó sin saber si era la pregunta correcta la que había formulado.

―Beber―respondió como si aquello fuera obvio y alzó a uno de los animales muertos como si no pesara nada y lo acercó a la chica para que se decidiera a hacer lo que debía―vamos, bebe para que curen tus heridas.

Alexia miró la cabeza desnucada del animal con una mezcla de compasión y deseo, ciertamente, ver a la criatura con el cuello expuesto a ella era una tentación poco común. Su garganta era como una lija, tal cual cuando a uno le daba gripe, y era tan molesto que estaba segura que ni el agua más pura podría saciar ese fuego interno que le quemaba.

―Adelante―incitó―nadie te ha de juzgar por esto.

La chica la miró una última vez, asintiendo con la cabeza como si estuviese en trance antes de acercarse a la mujer que entre sus brazos sostenía al puma.

―Buen provecho―la escuchó decir, casi podía imaginar la sonrisa en el rostro de la bella criatura.

Clavó los dientes en la carne aún blanda, fue el instinto tal vez, pero sin duda alguna puso más atención a esos movimientos y pasos involuntarios que la llevaban a beber la sangre del resto. Cuando sus colmillos agudos traspasaron la piel, pudo sentir la espesura de la sangre detenida, rápidamente, se apartó de ambos agujeros previamente hechos y luego, como si estuviera besando al animal, comenzó a beber desesperada el manjar oculto en sus venas y arterias.

―Eso es―la voz de ella sonaba tan lejana e irreal. Todo aquello parecía un sueño mientras bebía, al tiempo que sentía que la mujer acariciaba su cabello como consolándola o, tal vez, por simple placer.

Al dejar al animal sin ni una gota de sangre, Alexia se apartó rápidamente y pidió suplicante al otro que se encontraba tendido en el suelo. La mujer sólo le sonrió y dejó caer al primer puma para ir por el otro.
La chica no tardó demasiado en abalanzarse sobre la presa muerta e hincar, una vez más, los filosos dientes. Su líquido se encontraba tibio, no como el primero que bebió caliente, pero no fue un disgusto. Saboreó sin hacerse de rogar y al terminar lo soltó el cuerpo como si fuera un juguete.

―Bien―cantó la mujer― ¿estás saciada o es que necesitas algo más? ―la oferta fue tentadora, sin embargo, negó con la cabeza tímidamente en respuesta. La hermosa criatura sonrió y sus blancos dientes destellaron en la oscuridad. La visión era abrumadoramente perfecta, su cuerpo esbelto y elegante a contra luz; su cabello rojo meciéndose por culpa de una leve brisa que atravesaba la cueva y el cielo nocturno tapizado por un millar de estrellas que apenas lograban verse desde su posición. Era como para dibujarla―deberías ver tu rostro, las quemaduras han desaparecido casi por completo―comentó repentina, sacándola de su estado de hipnotismo.

Sus manos se dirigieron automáticamente a sus mejillas, se llevó una gran sorpresa al sentir la piel tersa, no había rastro de horribles heridas y la piel no se le caía al tocar las zonas en que, estaba segura, el sol la había quemado.

―Dime tu nombre, neonata―exigió la mujer, dejando de lado su faceta comprensiva para pasar a mostrarle un rostro duro, casi de miedo.

―Alexia―respondió sumisa. El cambio brusco de su carácter la había intimidado, ahora sentía que estaba fuera de lugar y la imperiosa necesidad de huir se apoderó de su ser.

―Ven conmigo, querida Alexia―la sonrisa que mostró en su rostro fue distinta a las demás, la muchacha percibió en ella una invitación implícita dentro de la misma, y su mano extendida, ofreciéndole su guía, le pareció, más que un ofrecimiento de seguridad, el sello de un pacto.

― ¿A dónde? ―preguntó, sonando más curiosa que asustada.

― ¿Quieres seguir vagando sola, sin saber siquiera lo que debes o no debes hacer… o lo que eres? ―el sarcasmo no pasó desapercibido por la muchacha, que frunció el ceño en respuesta y, en un acto casi como de desafío, su cuerpo se colocó en una posición recta, al buen estilo militar, y alzó su rostro, indignada.

― ¿Qué ventaja me traería ir contigo?

―Te diré algo―respondió duramente―hoy has aprendido una lección, has aprendido a no exponerte al sol, pero lo has hecho por las malas. ¿Deseas, entonces, aprender todo por ese camino sin importar el dolor físico que este traiga? ¿Sabes acaso qué tipo de sangre puedes tomar y cual no o por cuánto tiempo podemos pasar sin alimentarnos, conoces las reglas de nuestra raza?

Alexia se removió inquieta, perdiendo toda su firmeza.

― ¿Entonces, vendrás conmigo? ―movió su mano extendida, en un gesto que invitaba a la muchacha a tomarla, quien extendió una de las suyas para darle el apretón, sin embargo, en el último instante, cuando sus dedos ya rozaban, Alexia retiró la mano, la apretó contra su pecho y pronunció:

―Primero, dime tu nombre.

―Elizabeth―contestó sin preámbulos cuando la muchacha extendió tímidamente su mano derecha y, sin pensarlo dos veces, la tomó entre la suya, apretándola y haciendo movimientos de arriba abajo, como si fuese un saludo―Ven.

A diferencia de lo que pensaba, no salieron de la cueva sino que se adentraron más en ella, ésta era mucho más profunda de lo que había llegado imaginarse y visto en otras cuevas que había visitado, las cuales no habían sido muchas, la estalactitas, que al principio no se divisaban, se hacían más notorias y larga, causando un efecto escalofriante en el húmedo lugar, hasta más de una vez le cayó una gota de agua, inexplicablemente, puesto que la cueva nacía a un costado del río y no bajo él, aunque cabía la posibilidad de que hubiese una napa subterránea sobre sus cabezas. ¡¿Quién sabía cuánto habían descendido o recorrido?!

―Querida mía―dijo de pronto, su voz hizo eco en las paredes haciendo que la joven se detuviese al instante―recuerda bien este cruce―señaló hacia delante. Alexia se hizo hacia un lado para observar el camino. Tal cual pensaba, había un cruce de cinco caminos, dos descendían hacía un profundo agujero, otro bordeaba este mismo y subía a la superficie y otro dos atravesaban los primeros mencionados, como si se tratasen de puentes―Tomaremos aquél―su dedo índice, entonces, señaló el camino que subía y se perdía en un túnel al costado del precipicio.

―Lo tengo―pronunció la chica en respuesta. Guardó en su memoria el camino a seguir y continuaron sin cruzar otra palabra, siempre Alexia detrás de Elizabeth.

Al tomar el camino que bordeaba el precipicio, la muchacha pensó en dejarse caer al agujero oscuro, su razonamiento y conciencia se lo exigían como pago de sus actos poco honorables. El recordar cómo bebió de sus padres y de los animales que se podrían en la entrada le hacían querer acabar con todo y, ahora que lo pensaba bien, no sabía exactamente cuál era el motivo de haber aceptado la proposición de Elizabeth. Tal vez fueron sus maneras delicadas o la potencia de su voz, la cual le causó cierto pavor, la que la llevaron a tomar su mano. Había sido como un encanto, cuando esta comenzó a burlarse de su posición, sus ojos brillaron como los de los gatos en la noche y eso bastó para terminar por aceptar.
Aún en medio de sus cavilaciones, Alexia sintió de sopetón un golpe de aire, el viento fuerte que de repente golpeaba contra tu cara al salir de un lugar cerrado. Ella alzó el rostro y miró hacia delante. Elizabeth siguió avanzando por unos metros antes de detenerse mientras ella se mantenía estática en la salida de la cueva oscura.
Frente a ella había un bonito y extenso campo, un valle sin duda, rodeado de las montañas que se alzaban, imponentes, por todos los costados y que daban sombra a buena parte del valle. Los árboles también llenaban el lugar y una laguna de aguas plácidas y cristalinas se encontraba a un costado de una enorme casona sombría, pero increíble de todas formas.

― ¿Qué es esto? ―preguntó más para sí. Y es que ella no concebía que una casona, al buen estilo de la pomposidad de los gobernadores de la época en que Chile era reino, se encontrara en un lugar como este.

―Este lugar es nuestro hogar, oculto de las miradas indiscretas. Nuestro perfecto escondite.

―Entiendo eso―no había que ser un genio para saber aquello, pero a lo que venía era otra cosa― ¿Cómo hiciste una mansión como ésta aquí?

―No la hice yo, la hizo mi padre― respondió sin preámbulos―ven, debo hablar con ellos sobre ti.

Alexia la miró inquieta. ¿Había más de ellos?, ¿Cuántos eran los que aguardaban dentro de la edificación?

La casona era de un estilo tan europeo que lograban darle escalofríos, era bellísima y por un momento pensó que haría mal en describirla como algo contemporáneo a la Colonia. Su color era de un color celeste, y muchos de sus detalles, como los relieves, eran de color blanco tan puro y cuidado que parecía que los años nunca ha rían de pasar por ella. Las ventanas eran miles, también, todas con sus cortina descorridas, pero de ellas no se veía ni un ápice de luz que le hiciera pensar que alguien habitaba en la bellísima construcción.
Al llegar al frontis, una escalera de madera perfectamente tallada, amplia y sobre todo barnizada perfectamente, le daba el paso hacía el pórtico, una especie de descansillo diminuto en el cual se encontraba tan sólo la puerta de acceso, también de madera, tal vez de roble u otro árbol parecido.
Elizabeth, no tardó en abrir la puerta y tomar del brazo de ella, llevándola casi a empujones hacia el interior. El vestíbulo era amplio, como si se tratase de un palacio, una enorme escalera se abría paso frente a la puerta hacia el piso superior, donde debían estar las recámaras, dividiéndose en la sima en otras dos más pequeñas, que separaban la casa en dos áreas, una izquierda y otra derecha, pero Elizabeth no la llevó hacia arriba, sino que giró hacia la izquierda y se dirigió a otra sala, una mucho más pequeña y acogedora que la anterior. Sin embargo el aroma de la madera, los sin número de libreros llenos de libros de diferentes tamaños y grosores, los amplios sillones, la pequeña mesa en medio de estos, las plantas que adornaban los rincones y los candelabros que colgaban del techo no lograron calmarla ni un ápice cuando vio a las criaturas sentadas en los hermosos sillones de terciopelo.

―Mi bella Elizabeth, ¿qué es lo que traes con tus hermosas manos? ―preguntó con una voz tan profunda y un acento tan refinado que hizo que Alexia diera un salto. El hombre en cuestión era alto y fornido, de cabellos rubios ceniza, ojos rojos como el carmín y sagaces. Él la miró de arriba abajo, examinándola cuidadosamente mientras se levantaba de su sillón y dejaba una copa de un líquido espeso en una pequeña mesa en la cual había un libro andrajoso.

―Es Alexia, es una neonata, padre―se apresuró a contestar la mujer.

―Me estoy dando cuenta, en su cutis aún hay rastros de lo que fue el color de su piel humana―sonrió―la cuestión es, querida mía ¿Dónde la has encontrado?

Alexia miró a su alrededor, otros ocho sujetos se encontraban en el lugar, unos mirándolos con mayor desconfianza que otros.

―La he encontrado en la boca de nuestra cueva, estaba quemada horriblemente, hubo un momento en que pensé que no lograría recobrarse. Sus heridas eran graves.

― ¿Quemada? ―se apresuró a decir una mujer de cabellos castaños y de vestir provocativo― ¿Acaso se ha expuesto a la luz del día?

―Así es―contestó sin preámbulos.

― ¡Tamaña estupidez! ―vociferó mientras movía sus manos de un lado a otro en un aire teatral.

―Deberías cerrar tu hermosa boca, querida Amanda―habló de pronto el más pequeño, un niño de no más de once años, con el cabello castaño, peinado con la clásica partidura en el medio. La mujer se calló de inmediato ante el mandato.

― ¿Es así como supone nuestra querida Amanda, Alexia? ―le preguntó directamente.

―Es así―respondió en un hilo de voz. Los rostros de los presentes se tornaron en son de burla, sólo el niño, Elizabeth y su interlocutor se mantuvieron impávidos.

― ¿A qué se debe el hecho de que te hayas expuesto, querías acabar contigo misma o…?

―No, padre―apresuró a decir su protectora―ella me ha explicado que fue en un acto inconsciente, ella no conoce ni a su creador ni las reglas de nuestra gente.

―Ya veo, eres una huérfana―musitó. Pero aquella palabra no estaba muy lejos de ser cierta, era una asesina, pero también era huérfana― ¿La has traído, entonces para hacerla formar parte del clan? ―se dirigió a la que él llamaba su bella.

―Me pareció lo más adecuado―contestó―creo que el hecho de que ella estuviese vagando sola, sin saber nada, es un factor peligroso no sólo para sí misma sino que para nosotros también.

―Sino mal recuerdo, yo aprendí sólo lo que soy ahora―respondió, como haciendo ver que no estaba dispuesto a aceptar a nadie más.

―Lo sé, padre, me has contado tu historia, pero también sé que fue difícil entender lo que eras y que más de una vez corriste peligro de ser eliminado por tu ignorancia en épocas pasadas.

Entonces, el hombre rió con ganas y dijo:

― He de darte la razón, para mí fue complicado entender nuestras reglas estando solo―Elizabeth sonrió en respuesta―entonces debo pensar que si deseas mantener a esta recién nacida, serás tú quien la cuide y enseñe nuestras costumbres.

―No era mi intención algo más allá de darle un lugar seguro, pero si a usted le parece conveniente ser yo quien le enseñe lo que deba, entonces así será.

―Así será si lo que la neonata desea es quedarse a nuestro lado―y sus ojos rojos se fijaron por segunda vez en ella.

Alexia se mantuvo en silencio unos minutos, el resto del grupo también la observaba, unos más ceñudos que otros, pero igual de impacientes por su decisión.

―Lo más seguro, querida Alexia, es que te quedes a nuestro lado―comentó Elizabeth.

¿Debía o no aceptar?, ¿era buena la decisión que tomaría?, ¿qué significaba que se uniera a ellos, un pacto, una unión eterna, tal vez un contrato?

― ¿Alexia? ―apremió la pelirroja.

―Supongo que lo mejor para mí―y para todos, quiso agregar―es quedarme con ustedes.

El hombre sonrió satisfecho y avanzó hasta ella con aire superior. Elizabeth se hizo a un lado con rapidez y la dejó desprotegida. Él se cernió sobre ella y tomó su rostro entre sus manos, agachó el suyo y besó su frente con una delicadeza impropia.

―Bienvenida al clan y a la Casa de Sefira―pronunció al separarse y, aunque él se dio cuenta de su estado de shock, la tomó delicadamente por el hombro y la llevó hacia el resto del clan que la esperaba ya menos renuente.