Miedo de uno mismo
Ácido, así lo podía describir, su garganta era abrasada por un líquido extraño, que la quemaba por dentro lenta y tortuosamente. El fulgor blanco previo a su desmayo se había desvanecido para dar paso a una oscuridad aterradora que se cernía sobre ella, sobre su yo interno inquieto por lo que estaba sucediendo. Alexia sabía, muy en el fondo, que lo que ocurría no era natural, que más allá de la conmoción sufrida había algo que le hacía sentir insegura. Temerosa de lo que pudiera pasar.
¿Se podía estar consciente cuando te has desmayado? No encontraba lógica para poder pensar mientras seguía sin poder moverse, tirada, seguramente, aún en el callejón en el que se había escondido minutos antes. ¿Era su subconsciente tal vez el que la mantenía relativamente despierta? No lo sabía, sólo podía concentrarse en la sensación que la carcomía por dentro. Pero aquella molesta y tortuosa sensación desapareció sin previo aviso, no menguó en absoluto. Sólo terminó.
Sus ojos enfocaron un basurero oxidado y mal oliente a su lado. El aroma desagradable de la basura llegaba hasta su nariz provocándole un par de arcadas. Temiendo volver a vomitar, cerró la boca seca con fuerza, pero nada ocurrió.
Buscó entonces la herida en su cuello, pero no encontró los orificios que los colmillos de su atacante habían hecho. En realidad, ni siquiera había algún rastro de sangre coagulada, nada más que un sudor frío y pegajoso que la cubría de pies a cabeza.
¿Había sido todo esto una ilusión, un sueño o realmente había ocurrido? No había evidencia de que así fuera más que el sudor que la cubría y el hecho de que estaba en el callejón que ella había elegido para ocultarse. Se preguntó si no había tomado algo en la fiesta, algo que no recordaba por supuesto, tal vez le habían dado una droga sin que ella se diera cuenta, pero la pregunta era cómo... no recordaba que le hubieran ofrecido alguna bebida o que ella misma hubiera tomado alguna cosa a excepción del agua de la llave del baño. Y eso no contaba.
Como pudo, se levantó del suelo y, sucia de pies a cabeza, se encaminó hacia a la calle desierta, con la clara disposición de volver a su casa.
Qué hora era, se preguntaba mientras avanzaba a zancadas por las calles, sus padres debían estar preocupados y seguramente ya habían llamado a Carabineros para que la buscaran, pero lo cierto era que su madre debía estar que se moría de preocupación y estaba segura que, cuando la viera llegar en el estado en el que estaba, la iba a matar literalmente.
No tardó mucho en llegar al frontis de su casa, el auto de su padre no estaba afuera y ella no pudo más que pensar que él había salido a buscarla. Dios, pensaba, se iba armar la gorda cuando entrara por la puerta, sana y salva.
El corazón le retumbaba en los oídos mientras se paseaba de un lado a otro en la sala. No había manera de que dejara de preocuparse por lo que ocurría. ¡Un día! Alexia había desaparecido sin dejar rastro alguno, su teléfono seguía prendido, pero aún y cuanto llamaba ella no contestaba y finalmente la llamada terminaba en un buzón de mensajes. No debió haberla dejado salir, debió pelear porque ella se quedara en casa esa noche, pero no lo hizo porque pensaba que, quizás, era muy dura en no permitirle salir de vez en cuando... pero se equivocó. Tristemente, ella tenía razón y lo que más temía se volvió realidad. ¡Su niña estaba perdida y quién sabía qué le estaba pasando o le había pasado!
―Mamá...―Magdalena, aún adormilada, caminó a su encuentro mientras refregaba sus ojitos― ¿Por qué no vas a dormir?, ¿y dónde está mi papá?―preguntó suavemente mientras dejaba escapar un bostezo.
Julia sonrió ante las preguntas de su hija e intentó parecer lo más calma posible antes de contestarle.
―Papá salió unos minutos, cariño, volverá en poco tiempo.
― ¿Dónde está Ale?―prosiguió inconforme.
―Tu hermana está en la casa de una amiga, papá fue a buscarla ¿bien?―susurró con delicadeza antes de tomarla de la mano y guiarla devuelta a su habitación.
―Pero es muy tarde...―contestó, aludiendo a la hora.
―Es cierto, pero tu hermana se encaprichó con quedarse. Tú sabes cómo es ella―siguió excusándose.
―Pero...
―Magdalena, mi niña, es muy tarde para que estés en pie―apresuró a decir. La niña hizo un mohín en respuesta y se soltó del agarre para ir a subirse a su cama.
― ¿Mañana iremos al parque?―preguntó mientras se cubría sola con las sábanas.
Julia miró a su hija menor, tan ajena de lo que ocurría. La mentira había surtido efecto en su pequeña mentecita, ella no tenía por qué preocuparse de aquello por ahora.
― ¿Mamá?
―Mañana iremos todos juntos al parque―contestó haciendo énfasis en el “todos”.
La niña lanzó un grito emocionada mientras se acurrucaba en la cama y cerraba los ojos con fuerza, dando entender que se iba a dormir ya. Julia sonrió satisfecha y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí, con el corazón retumbando nuevamente en sus oídos.
Volvió a la sala ansiosa por que regresara su marido y que con él viniera su hija mayor. El que le viera el rostro de nuevo sería la mayor alegría de toda su vida. Y fue que, en ese preciso instante en que rogaba por verla de nuevo, cuando sonó el timbre de la casa. Aquel hecho hizo que sus pulmones se vaciaran por completo mientras corría sin reparo a la puerta de entrada.
― ¿Quién es?―preguntó con el corazón en la boca.
―Ábreme la puerta, mamá. Perdí las llaves y el celular―respondieron desde el otro lado.
― ¡Oh, Dios!―sollozó mientras quitaba el seguro interior y abría la puerta de un sólo movimiento.
Alexia estaba parada frente a ella con el rostro gacho y pálido, estaba sucia y había restos de tierra y basura en su ropa, además logró notar que una gruesa capa de sudor la cubría.
―Entra, cariño, entra rápido―urgió y la muchacha entró hecha un bólido hacia la sala, como si estuviera escapando.
Era un aroma delicioso, el más exquisito que hubiese sentido hasta ese día. Dulce y salado al mismo tiempo, perfecto. Se mordió el labio inferior con fuerza, el aroma se acercaba y se impregnaba en su ser mientras los pasos de su madre se hacían más y más fuertes.
― ¿Qué es lo que sucedió, Alexia?―apresuró a preguntar.
La susodicha volteó lentamente, como temiendo que algo malo pasara si lo hacía. Dudando de cada paso que daba.
― ¡¿Sabes cuán preocupados estábamos?!―continuó― ¡Haz estado un día desaparecida!
Un día, pronunció mentalmente. ¡Pero si sólo habían pasado un par de horas! Se dijo a sí misma mientras miraba el reloj colgado en la pared que anunciaban las cuatro con siete minutos de la madrugada.
― ¡Me estás escuchando, Alexia, por Dios!―exclamó su madre acongojada― ¿Qué te pasó?―alzó un brazo para poder tocarle el rostro pálido.
Fue en ese instante, Alexia miró como un dulce la mano que se acercaba a su rostro. Podía olerlo con claridad, el delicioso manjar se ocultaba bajo la piel de aquella mujer que era su madre. Los sonidos se hicieron cada vez más claros y pudo escuchar con gran precisión los latidos de aquel corazón, rápidos y fuertes. Nerviosos...
Entonces la mano estuvo lo suficientemente cerca de su boca y sin mediar ninguna otra palabra, giró el rostro rápidamente y clavó sus colmillos filosos en la carne. Su madre soltó un quejido y apartó como pudo la mano herida. Alexia relamió sus labios cubiertos de sangre con deleite, era más de lo que había podido imaginar. No era como el agua, era espeso y caliente, pero era perfecto sin lugar a dudas. La mejor bebida que había probado en su vida.
― ¡¿Qué haces?!―se quejó enojada y sin comprender en su totalidad lo que ocurría.
―Sabe bien...―musitó antes de sonreír. Quería más, su garganta lo pedía a gritos y no iba a parar.
No hubo tiempo para pensar, todo fue muy rápido, Alexia se lanzó sobre ella, provocando que cayera al suelo estrepitosamente mientras la susodicha volvía a clavar los colmillos, pero esta vez en su cuello y sin remordimiento comenzaba a masticar.
― ¡Alexia!―gritó a duras penas antes de que su hija dejara de morderla y comenzara a succionar de forma desesperada su cuello moreno.
La mujer peleó por zafarse del agarre que su hija ejercía, pero ésta lo evitó golpeando su cabeza contra el suelo, tal cual lo había hecho el atacante en el callejón, pero dejando inconsciente a su madre en el proceso, cuestión que la joven ignoró por completo, pues estaba más ocupada chupando y tragando con fuerza, saboreando cada sorbo de sangre con cuidado, deleitándose con el nuevo manjar que había descubierto hasta que la mujer bajo ella ya no tuvo ni una gota más para beber.
Se incorporó a un lado del cuerpo inerte de su progenitora, mirándolo como una bestia aún sedienta y enojada por no poder seguir bebiendo de aquel elixir. Necesitaba más, mucho más de lo que había bebido de aquella mujer a sus pies.
Relamió sus labios, saboreando los vestigios de sangre mientras se apartaba e iba en busca de la otra criatura oculta en la casa. Podía escucharlos, los latidos del corazón de una presa joven. Era sangre nueva, perfecta y deseada.
Alexia sonrió maquiavélicamente. Pasó sobre el cuerpo inerte de la mujer que la había criado y se dirigió hacia los dormitorios con la clara intención de tomar la vida de la pequeña criatura que se encontraba en una de las habitaciones más lejanas a la sala principal.
― ¿Alexia? ―se detuvo en seco, sintiendo el aroma de la sangre tras ella y el bombeo incesante de un corazón vigoroso. Sonrió― ¿Cariño, dónde te habías metido? ―la puerta se cerró y el sonido sordo de las llaves golpeando la madera de la mesa le hicieron pensar que había estado muy distraída para no notar al hombre que se disponía acercársele.
El hombre miró el suelo asustado, en shock tal vez. En la alfombra estaba el cuerpo de su esposa, tenía las manos extendidas a los costados, la boca entreabierta y un par de agujeros pequeños y perfectos a un costado del cuello del salían hilillos casi imperceptibles de sangre.
―Julia―dejó escapar ahogado, mientras iba al encuentro de su mujer.
La tomó suavemente y la hizo reposar en su regazo, mientras buscaba con los dedos el pulso en una de las muñecas y, tras no encontrarlo, lo buscaba en el cuello, desesperado. Horrorizado al no encontrar pulsación alguna, apretó sus dedos corazón y anular bruscamente sobre la piel, buscando algún indicio que le permitiera saber que su esposa estaba viva y que pronto despertaría. Pero aquello no ocurrió y la piel que pálida junto a la ausencia de respiración terminó por derrumbarlo.
― ¡¿Dios, qué pasó?! ―gritó a su hija mayor, volteándose unos instantes a verla, pero no hubo respuesta.
El hombre dejó escapar los sollozos que se venían acumulando antes de ocultar su rostro cansado y desfigurado por el dolor en los cabellos oscuros de su esposa muerta.
Sus pasos ni siquiera hacían eco, eran tan ligeros que prácticamente se podría decir que estaba danzando en el aire. Su padre ni sintió cuando estuvo detrás de él, mucho menos se percato cuando se arrodilló y empezó a acercarse a su cuello moreno.
―Es fácil…―susurró. El aliento gélido chocó contra la piel que se erizó sin más. El hombre dejó de temblar por el llanto y alzó levente el rostro―…tomé lo que quería―y sin pensarlo mucho más, le hinco los colmillos que habían crecido inexplicablemente.
Él gritó fuerte e intentó zafarse, aquello la alertó y dejó de chupar de mala gana, por lo que tomó rápidamente la cabeza del hombre que había intentado levantarse en el lapsus de libertad que tuvo y la giró violentamente hacia un lado.
No hubo misericordia, no se arrepintió, en ese momento lo único que quería era beber y eso era exactamente lo que hizo luego, cuando él ya no opuso resistencia. Bebió encantada y con fuerza, deleitándose por el sabor metálico de la sangre y, en el proceso, manchándose la ropa y dejando caer gotas de un espeso color rojo al suelo.
―Ale…―la susodicha alzó la cabeza como un ave cazadora. A unos metros más allá, en la entrada al pasillo que se dirigía a los aposentos de su familia, su hermana la miraba horrorizada agarrando su peluche favorito fuertemente.
Le sonrió, mostrándole los dientes manchados de sangre. Ahora iría por la siguiente presa, pues el cuerpo de su padre ya estaba completamente seco y aún quería más.
―Ven... ―extendió su mano, su voz sonó tan armoniosa que, sin proponérselo, se sorprendió.
La niña, sin embargo, hizo todo lo contrario; retrocedió hasta tocar la pared tras ella y comenzó a llorar a viva voz.
Alexia tomó el cuello de su hermana entre sus manos, disponiéndose a ahorcarla para que se callara de una vez y pudiera beber tranquila.
En ningún momento pensó que su conciencia se abriría paso entre la espesa niebla que nublaba su juicio, fue cuando su hermana alzó su rostro; desesperado por la falta de oxígeno, y sus pequeñas manos, cálidas y suaves como las de un bebé, tocaron las suyas y sus ojos vidriosos que rebalsaban en lágrimas encontraron los suyos. En ese instante, cerebro hizo clic y soltó el cuello frágil de su hermanita, alejándose horrorizada por su actuar.
¡Dios, Dios, Dios! La sola palabra hacía que sintiera que se quemaba por dentro, pero no paró de repetirla mientras se volteaba y miraba el horror que había cometido. Sus manos tiraron sus cabellos oscuros, queriendo arrancarlos de raíz. El sabor de la sangre en su boca le provocó nauseas e intentó devolver todo aquello que había tomado sin éxito.
―Magdalena… Dios, perdóname―rogó al darse vuelta. Su hermana estaba aovillada en el piso, llorando y usando al peluche como un escudo―Magda…―volvió a llamarla mientras se acercaba con la clara disposición de tocarla, pero al sentir el tacto gélido sobre sus manos desnudas, la niño dio un grito fuerte y se hizo a un lado como pudo, para luego correr a la puerta.
― ¡No, no, no!―gritaba la niña, intentando abrir la puerta de entrada y huir de ahí, pero su baja estatura le impedía llegar al cerrojo que le permitiría escapar.
―Magdalena, no―susurró e intentó apartar a la niña de la puerta, pero esta chilló más fuerte y golpeó el antebrazo derecho de Alexia en su desesperación y lastimándose en el proceso.
― ¡Mamá! ―lloró mientras volvía a alejarse, pero esta vez se dirigió hacia sus padres y se quedó ahí, quieta y callada, mientras buscaba refugio en los brazos de su madre muerta.
Alexia la miró unos segundos, antes de desviar la vista, pues no soportaba ver lo que había hecho. ¿Qué era lo que había pasado?, ¿en qué momento lo hizo? No recordaba nada, ¡ni siquiera sabía en qué momento le había hincado los dientes a su madre!
―Magdalena… quédate en la casa―dijo inexpresiva antes de sacarle el cerrojo a la puerta. Su hermana no le respondió y ella, simplemente, salió huyendo… temiendo que la bestia sedienta de sangre volviera a atacar y su próxima víctima fuera aquella pequeña niña oculta entre dos cuerpos.
Su cuerpo temblaba a cada paso, muy dentro de ella el monstruo gritaba y le exigía salir. Por cada casa que pasaba la tortura aumentaba, podía sentir el aroma a metal por todos lados y el bombear incesante de corazones tranquilos cuyos dueños dormían sin saber que podrían ser atacados por algo que nunca imaginaron, todos los olores exquisitos golpeaban su refinado olfato y despertaban un instinto que ella no deseaba seguir.
La salida de la ciudad estaba frente a ella, como una bendición u obra de su subconsciente que la había traído hasta ahí, se le ocurrió la única idea para evitar ir y acabar con otro par de vidas por culpa de la sed. Se iría a las montañas, quizás se ocultaría en la cordillera misma, haría todo lo necesario para evitar hacerle a otro lo que le había hecho a sus padres. Tomó aire innecesariamente y reanudó su andar, ésta vez con un rumbo fijo.
Era increíble pensar que había avanzando tan rápido sin sudar o cansarse durante esas dos horas en las que había dejado atrás Elqui y otros pequeños poblados, eso la inquietaba más todavía, no entendí bien lo que ocurría con su cuerpo, ella jamás había sido buena en educación física, de hecho, sus amigos debían ir a su ritmo porque sino ella terminaba adolorida y ahora ni eso, no había ninguna punzada en el costado ni le faltaba el aire; de hecho, le parecía que ni siquiera respiraba. Alexia sabía que era un monstruo, pero la cuestión era en qué se había convertido y, aunque los indicios eran claros, ella no deseaba ni pensar en la palabra que rememoraba viejas películas de terror que jamás gustó de ver, es que era totalmente descabellado; no tenía sentido, cómo era posible que un extraño le mordiera el cuello y horas más tarde, o un día después según su madre; que en paz descanse, terminara chupando sangre en su propia casa.
Desde esa noche su familia la odiaría de por vida, era un hecho que cuando la policía de investigaciones diera con sus huellas digitales o su ADN, mas el testimonio de su hermana; que seguramente estaría traumatizada, se sabría que ella había sido la asesina que sin piedad había acabado con aquellos que le dieron la vida. Primero sería el desconcierto, luego la negación absoluta en la que en sus mentes recaerían, creyéndola incapaz de una cosa así y, finalmente, la aceptación y el consiguiente odio por lo hecho.
¿Qué perfil psicológico sacarían de sus actos? Tal vez dirían que había esperado el momento adecuado para ejecutar el plan, quizás dirían que había motivos económicos o alguna furia escondida que se había desatado esas dos últimas noches. ¿Y sus amigos?, ¿qué dirían ellos de lo que había hecho? Seguramente actuarían igual que su familia, tomarían los mismos pasos, la odiarían e intentarían borrarla de su memoria.
Un tenue rayo de sol le dio en el brazo izquierdo, causándole cierto picor y anunciándole que ya estaba por amanecer. Alexia se apartó entonces del camino, temiendo que algún camión venido desde Argentina se topara en su camino y el conductor parara para ver que ocurría con ella, y en el proceso resbaló con las piedras mojadas por el rocío y que además rodeaban al caudaloso río que hacía bastante tiempo había dejado de ser de un color café sucio para tornarse de una curiosa coloración amarilla por los minerales y que significaba que estaba cerca de la cordillera y que el agua debía estar terriblemente fría.
Alexia se detuvo frente a la ribera extrañada, no había probado ni un solo bocado y en todo el recorrido, que había sido relativamente rápido, no había sentido la imperiosa necesidad por beber agua. Se estremeció mirando sus manos pálidas como un muerto, las cuales llevó a su rostro, buscando algún rastro de sudor, sin embargo, no encontró la pegajosa capa sobre su rostro. Luego tocó su estómago, esperando sentir su ruego para que lo llenara con comida, pero no hubo ningún burbujeo incesante. Nada.
El sol asomaba ya por las montañas, bañando con su luz los valles y la mitad de su pálido y frío cuerpo. Alexia, dirigió la vista hacia las cimas, molesta por la picazón que le causaban los rayos del astro y extrañada por la comezón. ¿Ahora resultaba que era alérgica al sol?
Aquello era demasiado, la chica entonces no reparó en lo que hacía y se dejó caer en el agua gélida que la cubrió hasta el pecho, esperando que aquello calmara a su piel. Lo cual no ocurrió aunque se sumergió varias veces, cuidando de no ser arrastrada por la corriente. Finalmente, ella se rindió y retomó su andar hacia las montañas, esperando que la brisa fresca menguara la picazón mientras caminaba por la orilla, con el sol dejando caer sus malvados rayos sobre su rostro. Sin embargo, nada parecía aplacar la sensación que fue intensificándose hasta puntos dolorosos y desesperantes. Alexia dejó escapar un quejido mientras sobaba uno de sus brazos contra su ropa para no hacerse daño.
Su alarido asustó a las aves que recién despertaban e hizo eco en el valle. Alexia tocó su rostro adolorido, al retirarla había sacado un pedazo de piel quemada, aquello fue lo que la hizo gritar despavorida. La chica sostuvo aquel trozo sin creerlo mientras observaba horrorizada como sus manos comenzaban a chamuscarse.
Volvió a gritar y se tiró al agua en el acto, esperando que aquello evitara que siguiera quemándose de esa manera. Pero, otra vez, no funcionó. Alexia se levantó entonces, corriendo contra la corriente, chorreando agua, buscando un lugar dónde esconderse del astro que la amenazaba.
Y como si fuera una bendición o un regalo del Cielo, la muchacha divisó una cueva entre una gran cantidad de árboles que la camuflaban, lo único que pensó al verla fue que era lo más hermoso que había visto desde hacía horas. Alexia corrió, atravesando el río y quemándose un poco más en el proceso. Estaba segura de que su rostro estaba casi calcinado, pero no se atrevió a tocarlo, sólo trepó ágilmente por la roca que limitaba el otro extremo, exponiendo más su cuerpo a la luz, y trastrabilló hasta hundirse en las profundidades de aquella cueva cuya oscuridad fue el alivio de su cuerpo herido.
El dolor insoportable, finalmente, terminó venciendo su mente ya cansada por el estrés que venía arrastrando, Alexia cerró los ojos y se enterró en las profundidades de su inconsciente, pero no soñó…
―Despierta, neonata―escuchó que le decían. El tono dulce de aquella voz la hizo estremecer interiormente―Despierta, ya. Es tiempo de alimentarte.
Ella abrió los ojos enojada, la persona la estaba tratando como un bebé y aquello no era de su absoluto agrado, pero al ver el rostro casi angélico de la criatura arrodillada a su lado, todo el resentimiento se esfumó. La mujer, de mirada tan roja y perturbadora como la de su atacante, le sonrió con sus carmines y carnosos labios. Entonces se fijo en un pequeño detalle cuando levantó una mano para acariciarle el rostro chamuscado, era pálida… tan pálida como la muerte misma.
―Bienvenida―sonrió.
Alexia apartó la gentil mano de ella con un manotazo, temiendo que la mujer le hiciera daño o, más bien, que ella misma la atacara.
― ¿Cuánto tiempo estuviste bajo el sol, neonata? ―le preguntó sin demostrarse ofendida por el actuar de ella.
― ¿Acaso tengo la apariencia de un bebé? ―gruñó mientras intentaba levantarse pero la mano de la hermosa criatura se lo impidió, su fuerza era indescriptible y la mantenía contra el suelo frío de piedra.
―Lo eres―respondió―Ahora, es importante que me digas cuánto tiempo estuviste bajo el sol―urgió.
Alexia pestañeó un par de veces sin comprender el interés de la criatura.
―Media hora o una, no estoy segura, tal vez más―contestó al fin.
―Fue imprudente de tu parte―le recalcó―las quemaduras que tienes son horribles, ni siquiera yo cuando era recién nacida hice tamaña estupidez.
― ¿De qué hablas? ―gruñó.
― ¿Dónde está tu creador? Él debería haberte enseñado.
―No lo conozco―levantó su mano izquierda para mirarse. Su sorpresa fue mayúscula al notar que las quemaduras no eran tan terribles como creía haber visto.
―Ven, no tuve tiempo de ir a cazar algo más digno para ti; pero te he traído algo que te servirá, por lo menos para curar tus heridas.
Ella se levantó y fue a las afueras de la cueva que le había sido de refugio, Alexia aprovechó esto para levantarse de una vez.
―Creo que con estos será suficiente―sólo pudo dar un salto hacia atrás cuando la mujer aventó dos cuerpos macizos hacia ella.
― ¡Dios! ―la garganta le quemó al pronunciar la palabra, sin embargo, ese ínfimo detalle no superó al horror de ver a ese par de criaturas muertas frente ella.
―Bebe antes de que comience a descomponerse.
Alexia alzó el rostro para ver la pálida cara de la mujer. Sus ojos rojos refulgían a contra luz. La imagen del hombre que la mordió vino a su cabeza, su mirada era tan igual a la de él, que le asustaba y pensó, por vez primera, que seguramente sería la misma mirada que tendría más adelante y una gélida sensación se apoderó de ella.
Era el miedo de convertirse en algo tan despreciable como aquellos seres.
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Alexia y el Cuervo
Mi primera historia de vampiros, jo que es raro. Hasta ahora llevo 5 capítulos y uno a medio camino. Así que subiré la mayoría de una.
Prefacio
Si Alexia pudiera regresar el tiempo y evitar la noche fatídica en que su existencia cambió por completo, lo haría sin dudarlo ni un sólo segundo.
En sus noches de eterna agonía, pensaba si era correcto lo que había hecho en el transcurso de los años. Sometida a reglas que jamás hubiera querido aceptar si en ese tiempo hubiese tenido una opción y que ahora, para su propia desgracia, la obligaban a acabar con lo único que le había hecho pensar que estaba viva, que era parte importante del mundo aunque ella no lo creyera con firmeza.
Estando allí, parada en medio de la habitación tan sólo iluminada por algunas velas y frente a la mirada expectante del clan que esperaba una respuesta concreta, Alexia sólo añoraba que al menos una lágrima fuera derramada por ella y por los que había asesinado por necesidad o tan sólo fuera derramada por aquél que esperaba una muerte segura esa noche.
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Erase una vez una noche de fiesta
La llamada llegó alrededor de las cinco y media de la tarde, mientras ella pintaba un dibujo cuya base había recién terminado, el que había trabajado con cuidado la última semana con el fin de dárselo de regalo a alguien especial y cuyo cumpleaños era la semana próxima, pero cuando escuchó el inconfundible y estridente sonido de su celular, dejó todo su trabajo de lado y se levantó de un salto de la cama para dirigirse casi corriendo al otro extremo de la habitación, hacia el librero donde reposaba el teléfono móvil. Apretó la tecla para aceptar la llamada y se llevó el comunicador a un costado de su cabeza.
― ¿Qué pasó al final? ―preguntó sin preámbulos mientras caminaba devuelta a la cama para poder sentarse.
―Créelo o no, pero el presidente de curso sirve para algo―la fémina, al otro lado de la línea, rió―Logró pagar todo, pero creo que nos sacará el dinero la próxima semana para devolverle todo lo que le hicimos gastar en la fiesta.
―Por eso no me preocupo, yo ya pagué mi parte―sonrió con suficiencia mientras apoyaba la mano libre sobre la colcha y se recargaba un poco hacia atrás.
―Te aseguro que nos harán pagar a todos por igual―se le escuchó bufar.
―Ya, de acuerdo―no tenía muchas ganas de discutir sobre ese punto, había estado susceptible, mejor dicho, propensa a enojarse por culpa de la menstruación toda esa semana y ahora que ya no la tenía, no quería volver a enojarse― ¿Y a qué hora será al final?
―Empieza a las diez y terminará a las cuatro de la mañana ¿Qué te parece?
Ella respondió afirmativamente mientras comenzaba a mover el pie como si le estuviera dando un tic nervioso.
― ¿Crees que te dejarán?
― ¿A qué te refieres con eso? ―ella frunció el ceño, molesta por el comentario― ¿Por qué no habrían de dejarme?
―Bueno, tus padres no son de las personas que te dejan ir a fiestas por demasiado tiempo. Bueno, tú sabes.
―Camila, estaré allí―gruñó―Es la fiesta de fin de curso, no me la voy perder ¿entendido?
―No te discuto el que quieras ir, sólo digo si te dejarán. Sólo eso. No te enojes.
―Yo me encargo de eso―pronunció―De todas formas ¿Dónde nos encontramos?
―En la Plaza de Armas, junto a la pileta a las nueve y treinta, de ahí nos vamos al Nocturno.
―Hecho, no vemos ahí en unas…―su mirada se posó rápidamente en el reloj en forma de mariposa sobre su mesita de noche―… En unas cuatro horas y media.
―No se te olvide llevar el carné para que te dejen pasar, Alexia―rió.
―No me voy a olvidar―bufó, sabiendo de antemano el por qué de que su amiga riera―Y no me recrimines esa vez ¿quieres? Es molesto y sabes que no lo hice a propósito.
―Pero nos jodiste la noche―respondió en son de burla―De todas formas, fue una lata después de que estuvieras rogando una semana por esa salida ¿no te parece?
Alexia maldijo para sus adentros al imaginarse a su amiga con una maligna sonrisa en su rostro y un oscuro y tétrico fondo haciéndole de escenario. Suspiró, debía dejar de ver tantas animaciones.
―Eso pasó hace dos años y no se repetirá de nuevo ¿de acuerdo?
―Ajá, bueno, ahora anda a pelear para que te dejen salir hoy en la noche.
―Mi papá es pan comido, con quien voy a pelear es con mi mamá―bufó.
―Arderá Troya, supongo.
―Supones bien, mi querido Watson―susurró―Mi madre es un ogro y además mi carcelera.
―Como digas, de todas formas, manda mensaje si no te dejan―Alexia bufó en respuesta―Te dejo o se me acaban los minutos.
―De acuerdo, nos vemos esta noche―insistió antes de colgar y dejar tirado el celular sobre la cama.
Alexia salió de su habitación, preparándose mentalmente para la discusión que tendría con su progenitora y dirigiéndose hacia la cocina que se encontraba junto al comedor y que anexaba al patio posterior de la casa en la que habitaban en el centro de La Serena, cercana al Liceo de niñas. Su corazón latía desenfrenado mientras pasaba por la sala, odiaba la idea de tener que pelearse, de nuevo, con su progenitora para que le dejara ir a la bendita fiesta. Sabía que, aunque se la debía desde que se había quedado en casa para cuidar al monstruito de su hermana, ella no daría su brazo a torcer con tanta facilidad.
El aroma de masa recién hecha y azúcar flor llegó a su nariz de golpe, increíblemente, su estómago hizo un leve sonido, indicándole el hambre que sentía. Claro, no había pensado en comer mientras trabajaba en el dibujo.
Entró a la cocina silenciosamente, ésta era de un color amarillo suave, los muebles de un blanco que contrastaba con la cocina propiamente tal; el lavaplatos y el refrigerador que eran plateados, su madre estaba dándole la espalda, justo delante de ella, amasando con un rodillo la masa que Alexia había olido antes de entrar a la pequeña habitación.
―Mamá―llamó provocando que su madre diera un respingo y soltara el rodillo, el cual se desplazó sobre el mesón y se detuvo junto a un paquete de harina, asustada.
― ¡No te sentí! ―exclamó con la mano sobre el pecho, mientras se giraba―No vuelvas a hacer eso.
―No era mi intención―contestó.
―Estoy haciendo rosquillas para mañana ¿Qué te parece? ―comentó mientras se limpiaba las manos en el delantal de cocina.
Su madre era una mujer de cuarenta y siete años, de cabello negro siempre sujeto en un moño alto para que no le estorbara y de piel morena, ella era ama de casa ya que, aunque terminó la enseñanza media exitosamente, sus padres no tenían el dinero para pagarle la universidad y en vista de que ellos necesitaban ayuda en casa con sus otros cinco hermanos, de los cuales ella era la mayor, se dedicó a cuidarlos y hacerle menos pesada la tarea a su progenitora que cada día parecía cansarse más. Su madre, a pesar de todo, era una mujer de carácter fuerte y a veces un poco intransigente, quizás se debía a las millares de cosas por las que había pasado en su vida, pero eso no la hacía una mala persona. Recordaba que, cuando ella era muy niña y su abuelo aún vivía, él hablaba de su madre con un orgullo inigualable. Hasta había escuchado un par de veces que su madre había dejado muchas oportunidades de lado sólo por ayudar a la familia, ya fuese trabajando vendiendo pollo o ayudando a sus hermanos en las tareas escolares. Alexia muchas veces se preguntó si su madre no habría querido otra vida, tal vez una más próspera de la que estaba viviendo, encerrada en esa pequeña casa, cocinando habitualmente algún manjar, pero no aspirando a nada más que cuidar a sus hijas.
― ¿Alexia? ―su madre le hablaba extrañada.
―Dime.
―Niña, parecías que estabas en alguna nube―sonrió. Alexia sólo pensaba en que esa dulce sonrisa desaparecería en unos instantes― ¿Quieres ayudarme? ―señaló la masa sobre el mesón cubierto de harina.
―No. En realidad, quería hablarte de algo―contestó presurosa.
― ¿De qué se trata? ―su progenitora cambió el switch rápidamente, pasando de madre cariñosa a recelosa. Sabía perfectamente que ella debía estar sospechando de lo que le hablaría.
―Hoy en la noche hay una fiesta del curso en el Nocturno―respondió.
― ¿El local nuevo? ―preguntó cautelosamente.
―Sí―afirmó―Es la fiesta de final de curso, empieza a las diez y terminará a las cuatro.
― ¿Y quieres que te deje ir? ―la pregunta fue sarcástica― ¿sabes dónde está ese local?
― En la avenida Aguirre―contestó.
― ¿Te parece bien?
― ¡Voy a estar con mis compañeros! ―argumentó―Los conozco desde los cinco, a la mayoría ¿Qué podrían hacerme?
―Eres muy inocente, Alexia―refutó la mujer―Ahora no es como antes, los jóvenes de ahora son unos bastardos a veces―la joven siseó.
―Es una buena manera de llamar a mis amigos―comentó sarcásticamente― ¿Por qué habrían de hacerme daño? No seas paranoica.
―Tus amigos no, pero alguien del curso con el que hayas tenido alguna diferencia sí. Mira, no falta el que pone la pastillita en la bebida para dejar mal a uno.
―Eres una mal pensada―susurró enojada―No soy idiota, sé cuidarme.
― ¿Enserio? ―sonrió―Ni siquiera sabes cocinar y vas a saber cuidarte sola.
― ¡Eso no viene al caso!
―Sí viene. Uno puede hacer todo lo que sea necesario para no terminar mal, pero uno no maneja a los otros. Sólo un segundo de descuido basta.
― ¡Oh, por favor! ―bufó.
―La respuesta es no―y la mujer dio media vuelta para seguir amasando.
― ¡Va a estar sólo mi curso! ―exclamó― ¡Nunca me dejas salir y además me la debes!
―No seas melodramática y no te debo nada―respondió sin voltearse.
― ¡Claro que me la debes! ―exclamó―La última vez que quise salir me lo impediste porque tenía que cuidar a Magda, porque a ti y a mi papá se le ocurrió echarme a perder la noche de un momento a otro.
― ¡No hables como si tu hermana fuera menos importante que tus amigos! ―su madre se dio vuelta para mirarla severamente.
― ¡Yo no he dicho eso!
― ¿Entonces qué has dicho? Mira, Alexia, alguien tenía que cuidar a Magdalena esa noche.
―Sí, porque a ti y a mi papá se les ocurrió salir en una cita―bufó―Así que me la debes.
―No intentes chantajearme, jovencita.
―No lo hago, aplico mi derecho a la libertad.
― ¿Cómo la llaman ustedes? ―se preguntó, ignorando el comentario anterior de su hija― ¡Oh, sí, drama queen!
― ¡Una vez, sólo una vez! ―gritó― ¡Te pido salir cada mil años en la noche y no me dejas!, ¡en la universidad no estarás para mí siempre, tengo que aprender ahora!
― ¡Ya te dije que no!
― ¡Nunca me permites nada! ―exclamó― ¡Estoy segura de que si tuviera novio me armarías el mismo escándalo!
― ¡Claro que lo haría, ni ellos son confiables! ―exclamó― ¿Sabes acaso cuantos novios asesinan a su pareja, las obligan a abortar, las golpean o presionan para tener sexo?
― ¡Oh, por favor! ―bufó― ¡Llevas al límite la sobreprotección!
― ¡No…!
La puerta de calle se cerró, llamando la atención de ambas féminas. Ninguna de las dos había oído las llaves ni el sonido de la puerta que, al ser vieja, rechinaba con fuerza.
― ¡Llegamos! ―la niña atravesó el portal de la puerta, pasando por el lado de Alexia sin dirigirle la mirada.
―Hola, cariño―saludó la mujer a la niña que sostenía un álbum de Hello Kitty en sus manos.
― ¡Mira lo que me compró, papá! ―exclamó mostrándole el álbum.
Alexia bufó, ahora su madre no le pondría atención porque su hermanita se la pasaría hablando de Hello Kitty con ella. Monstruito, pensaba, justo cuando menos la necesitaba.
― ¡Alexia, ven y ayúdame con estas bolsas! ―la voz de su padre provino de la sala.
La muchacha volvió a bufar y abandonó la cocina después de que su madre le preguntara a Magdalena si quería ayudarla con las rosquillas.
―Hola, papá―saludó sin mucho ánimo.
Su padre tenía el cabello negro también, pero; a diferencia de su madre quien parecía mantener su juventud intacta, su progenitor poseía gran cantidad de canas, tanto en el cabello como en el bigote. Él era más afable que su madre, al menos no era tan duro y se podía mediar con él con facilidad, él decía que ella podía salir en las noches si respetaba un horario, lo cual no era ningún problema para ella, sin embargo, quien dictaba las órdenes era su madre. Era un matriarcado, definitivamente.
―Su discusión se escucha allá afuera―señaló un poco molesto, aunque no lo suficiente como para alarmarse.
―Quería salir esta noche―respondió ella mientras tomaba una de las bolsas que su padre le ofrecía.
―Sí, eso supuse―contestó mientras tomaba un par de carpetas que seguramente había traído del trabajo y había olvidado bajar del auto la noche anterior―Siempre arman escándalos cuando se trata de eso.
― ¿No lo harías tú? ―bufó mientras recibía otra bolsa del supermercado―Hasta tú salías más a menudo a las fiestas de tus amigos.
―No se te olvide que corría el riesgo de terminar con un balazo en la cabeza―contestó.
―Y aún así salías―refutó.
―Intentaré convencerla―musitó―Pero el tiempo máximo es a las dos de la mañana.
Alexia sonrió y asintió abiertamente. Tenía la batalla ganada.
―Es una hora razonable―decía su padre desde la cocina ante la negativa de su mujer.
Alexia ignoraba la discusión lo más que podía mientras fingía que le interesaba el álbum nuevo de su hermanita, el cual; estaba segura, terminaría olvidado entre los cachivaches cuando encontrara otra cosa que la fascinara.
― ¡Ayúdame a pegar! ―exclamó Magdalena, señalado las láminas esparcidas en la alfombra de la sala.
―Bueno―contestó aburrida mientras tomaba una lámina en la que la dichosa gatita salía sosteniendo unas banderas británicas, la volteó para ver el número y volvió a hablar―Es la veintiocho.
Magdalena hojeó bruscamente las páginas hasta encontrar la que contendría la lámina. Todas las páginas eran demasiado rosa, pensaba Alexia mientras despegaba la parte posterior para dejar al adhesivo expuesto.
― ¡Dame! ―extendió la mano Magdalena. Ella le dio la lámina con cuidado y, a cambio, su hermana la pegó chueca en el lugar correspondiente.
―Deberías usar una regla, monstruito―Magdalena la miró y le sacó la lengua en respuesta―Niñita―le respondió sutilmente mientras tomaba otra de las dichosas láminas y volvía a voltearla para ver el número―La treinta y tres.
―Ale―la susodicha se volteó para ver a su padre.
―Dime―sonrió abiertamente. Tras él estaba su madre con cara de pocos amigos.
―Sólo hasta las dos y con el celular prendido.
Alexia se regodeó por dentro y se levantó del suelo sin prestar mucha atención a los reclamos de su hermana que la instaba a seguir pegando láminas.
―Gracias.
―Ayúdame a servir, Alexia―refunfuñó su madre antes de volver a la cocina.
―Gracias, papá―susurró al pasar al lado de él.
―Me debes una―contestó.
Su madre siguió refunfuñando mientras tomaban la once, aún y cuando intentaron hacer amena la situación y cambiarle el ánimo, pero lo cierto era es que Julia pensaba que le habían arrebatado su autoridad.
Tonterías, pensaba Alexia por su parte, lo que pasaba es que su madre no entendía que debía darle un poquito más de libertad. Tenía dieciséis, no ocho como su hermana y en un par de años estaría a las puertas de la universidad e irse de la casa. ¿Qué quería?, ¿Que se quedara en casa para siempre?
Se peinó el cabello, del mismo color negro que el resto de la familia, hasta los hombros y se vistió de manera simple, tan sólo con sus zapatillas habituales, sus jeans y una camiseta sin mangas sobre la cual se puso un polerón a juego.
Salió alrededor de las nueve, poniéndose el banano pequeño en el cual llevaba dinero, su celular y las llaves de la casa y se dirigió a paso presuroso hacia la plaza de armas de la ciudad.
―Estaba por llamarte―comentó Camila al verla.
El grupo se componía de tres mujeres, incluida ella, y dos hombres. Estaba Camila, su mejor amiga y con la que había compartido casi toda una vida, pensando que se conocían desde el kínder, luego estaba Manuel, su amigo de anteojos que le metió el bichito del dibujo cuando tenía nueve años. Le seguía Huguito, como lo llamaban cariñosamente, era un poco loco y algo obsesionado con la revista playboy, cuestión que irritaba cuando llevaba la nueva del mes al colegio y lo ponía sobre la mesa a mitad de la clase sin reparos y, finalmente, estaba Solange con su pelirroja cabellera y el rostro cubierto de pecas, ella era la más nueva del grupo, había llegado hacia dos años al colegio, cuando comenzaban enseñanza media, ella era la más vergonzosa de los dos, le costaba tomar temas fuertes de conversación porque se ponía nerviosa o se sonrojaba por cualquier cosa.
―Te dije que vendría―susurró.
―Dudar es humano―contestó Camila.
―Errar también―refutó.
―Bueno, antes de que comiencen a discutir sobre cómo es que te dejaron venir ¿Por qué no vamos caminando? Se hará la hora pronto. Nos quedan…―Manuel revisó su reloj de muñeca―… veinte minutos para llegar. Así que andando.
Bajaron hacia Pedro Pablo Muñoz y caminaron un par de cuadras hasta llegar a la avenida en la cual se encontraba el local, sin embargo, debían bajar más allá de José Joaquín Latorre, así que apresuraron el paso.
Daban las diez con quince minutos cuando vieron el letrero luminoso del local y la fachada negra y azul que iba a juego con el nombre que le habían dado, la fila no llegaba muy lejos por ser una fiesta privada, vio a sus compañeros de curso mostrar uno por uno el carné a media que avanzaban hasta llegar a la puerta donde el guardia miraba y comprobaba los nombres en libreta.
― ¿Cómo crees que será? ―preguntó Solange tras ella mientras saludaban al pasar.
―Espero que sea buena―le contestó mientras tomaba lugar tras Huguito, quien de pequeño no tenía nada.
―Haré una lista de por qué hay que organizar este tipo de cosas más seguido―comentó.
―Ni siquiera sabes si todo será fantástico―refunfuñó Camila.
―Oh, no me refería a la fiesta en sí.
―Cerdo―musitó Alexia.
El antro por dentro era toda una maravilla, las paredes oscuras le daban un toque lúgubre, los mesones de madera barnizada y brillante le contrastaban, las luces que cambiaban de color y la música que, aunque salía del estilo que el lugar tenía, hacía la perfecta combinación. El barman servía a los chicos aunque no pudieran beber licor legalmente, siempre ocurría esas cosas en los antros, el Dj cambiaba el estilo musical de vez en cuando, algunos fumaban y otros, simplemente, bailaban en la pista… algunos más tiesos que otros, algunos más atolondrados y otros haciendo movimientos alocados que sacaban carcajadas de repente.
Alexia se divertía y, aunque no era muy diestra bailando, se dejaba llevar por los movimientos de Huguito que se movía de un lado a otro como una máquina incansable. Ella no sabía de dónde sacaba tanta energía, pero sospechaba que se debía a que se quedaba hasta tarde jugando en la PlayStation o mirando películas no aptas para menores hasta que casi se hacía de día.
― ¡Mi turno, comadre! ―Camila apareció de repente y palmoteó su hombro izquierdo.
― ¡Ve con Manu! ―exclamó de regreso.
― ¡¿Estás loca?!
Huguito detuvo su danza egipcia y preguntó.
― ¿Por qué?
―Miren hacia allá―señaló haciendo un movimiento de cabeza hacia la derecha.
Ambos voltearon a ver en aquella dirección, Solange y Manuel se encontraban apoyados en la pared, muy cerca el uno del otro mientras se decían Dios sabe qué cosa.
― ¿No parecen acaramelados? ―preguntó sarcásticamente―No pienso hacer mal tercio ahí, así que vine a robarte la pareja por unos minutos.
―Oh, por supuesto―bufó mientras seguía mirando a la pareja que coqueteaba descaradamente― ¿Y con quién se supone que bailo yo?
― ¡Un ratito! ―exclamó Camila mientras tomaba del brazo a Huguito― ¡Te pagaré un vaso de ron!
― ¡Ni siquiera me gusta el alcohol! ―reprochó.
―Una bebida, entonces―siguió.
―De acuerdo, pero no te olvides―aceptó sin muchas ganas.
―Podríamos bailar los tres juntos y ya―propuso el muchacho.
―No, está bien, quiero descansar un poco.
¿Solange y Manuel? Se preguntaba mientras iba al baño a mojarse la cara, no se lo había ni imaginado hasta que Camila lo señaló. Solange era una muchacha muy tímida, hablaba sí y se comunicaba con los otros, pero le costaba hacer amigos y se enmudecía con frecuencia por cuestiones que muy pocos entendían, pero al menos ellos y los profesores lo sabían. Ella había tenido la suerte de nacer en una buena familia, pero Solange no. Su amiga tenía a un padre controlador y sobre exigente, la oprimía a tal sentido que estaba segura que en su casa debía ser aún más reservada de lo que era en el colegio. Muchas veces la había escuchado decir las cosas que su progenitor quería escuchar, como si nada más importara y, ahora, estaba segura que había mentido para poder venir a la fiesta, quizás le había dicho a su familia que se quedaría a dormir en la casa de Camila o la suya ¿Quién sabía?
Por otro lado, Manuel era más espontaneo y un artista, le gustaba conversar temas polémicos, algunos de los cuales eran difíciles de tomar para la muchacha, pero también era correcto y sabía cómo no incomodarla en demasía. Ahora recordaba que, una vez, él le había comentado que deseaba pedirle a Solange que fuera su modelo para una pintura ¿en qué habría terminado aquello? Quizás ella había aceptado y desde ese entonces su relación se había afianzado hasta convertirse en algo más que simple amistad o quizás fue antes. ¿Cómo es que nunca se dio cuenta de todos modos?, ¿Y Huguito y Camila, hace cuánto lo sabían? Tal vez se venían recién enterando o…
Su celular comenzó a sonar justo en el momento en que cerraba la llave del lavabo. Secó sus manos rápidamente con el polerón y buscó su teléfono móvil en el banano atado a su cadera.
―Mierda…―pronunció al ver quién llamaba. Era su madre―Hola, mamá―dijo al contestar.
― ¿Sabes qué hora es? ―le preguntó desde el otro lado.
― ¿Se me ha pasado la hora, verdad? ―se mordió el labio en un acto reflejo.
― ¡Quiero que te vengas ahora mismo! ―exigió.
Alexia suspiró.
―Voy para allá.
Lo siguiente que hizo después de colgar, fue salir de baño frustrada por no poder quedarse más tiempo.
― ¡¿Ale, quieres bailar?! ―la susodicha dirigió la vista a su compañero de curso, Gabriel.
―Me gustaría, pero no puedo, Gabo―contestó.
― ¿Por qué no? ―preguntó más curioso que decepcionado.
―Porque me han dado toque de queda como la cenicienta―contestó casi con el enojo plasmado.
―Que lata, tus viejos deberían darte más espacio.
―Se los he intentado decir―contestó―Nos vemos el lunes.
―Cuidado de regreso―le advirtió el muchacho. Ella sonrió y contestó que tendría cuidado.
Debo irme, despídanme de los demás. Esas eran las palabras que les había dicho a Camila y Huguito, los cuales se habían ofrecido acompañarla hasta su casa sin chistar, sin embargo, la muchacha negó rápidamente el ofrecimiento pidiéndoles que se divirtieran por ella.
Ahora, caminando por la casi desierta avenida que comenzaba a atraer a ciertos personajes que ya eran comunes en las ciudades y que se paraban en las esquinas de las calles y se paseaban esperando a que algún automovilista se detuviera y las hiciera subir. Sólo esperaba que no se le acercaran en ningún concepto.
En una esquina, por su cabeza cruzó la idea de desviarse un poco e ir al Telepizza a comprarse una individual para darle a su estómago. Se empezaba sentir un poquito vacía y el hambre no le ayudaría a caminar más rápido. Abrió nuevamente su mágico banano y contó rápidamente el dinero que tenía. El suficiente para comprarse una. Se le hizo agua la boca al pensar en el sabor de su pizza favorita y cerró el banano con todas sus cosas adentro en el preciso momento en el que el sonido de una lata al ser pateada atrajo su atención.
Alexia miró hacia el frente, al otro lado de la calle había un hombre de piel pálida, mortuoria, de facciones serias y cuya mirada llegó a helarle la sangre, inmediatamente el instinto le dijo que aquel tipo no era de buenos trigos y que debía alejarse lo más pronto posible de él.
El hombre de cabellos oscuros le sonrió lascivamente cuando le sostuvo la mirada más de lo que ella deseaba y dio un paso adelante para cruzar hacia donde se encontraba. Alexia dio un paso atrás en un acto reflejo y un escalofrío subió por su columna vertebral al momento en que él dio otro paso. ¡Tenía que irse!
La bocina de un auto rompió el encanto amenazador, el automóvil pasó justo en el momento indicado para que ella se decidiera a tomar el camino hacia el local de pizza, el cual le refugiaría de ese tipo si es que tenía malas intenciones.
Y las tenía.
Los pasos retumbaban en sus oídos mientras avanzaba a mayor velocidad y ladeó el rostro para mirar hacia atrás, sólo unos segundos tardó para darse cuenta de que él realmente la seguía y que al parecer no tenía intenciones de dejarla escapar. Entonces no pensó dos veces en comenzar a correr hacia cualquier parte, un local abierto, hasta los cafés con piernas podrían servirle de refugio si pedía ayuda a algún guardia. Cualquiera que fuera, sólo deseaba quitarse al tipo de encima.
Dobló en una esquina, donde sabía que unos metros más allá había un local nocturno, ahí pediría ayuda a quien fuera y luego se iría a casa cuando sintiera que estaba fuera de peligro. Sus pasos se hicieron más largos y rápidos, podía ver la puerta del local y la música retumbante. Estaba cerca, lo suficiente como para acelerar el paso como para largarse una corrida estilo atleta y salvarse.
Y de repente todo se fue por el caño.
Su cuerpo fue lanzado hacia un callejón, golpeando contra algunos basureros. Alexia sintió el impacto doloroso contra su espalda y, sin embargo, evitó llorar para concentrarse en ponerse de pie y escapar adonde fuera, aunque no sabía exactamente qué había ocurrido y cómo demonios la había lanzado con esa brutalidad inhumana. Sus ojos intentaron acostumbrarse a la oscuridad, pero no lo hicieron con la rapidez que ella deseaba, buscó con desespero la luz, allá donde los faroles estaban encendidos, pero no pudo hacer nada más que añorar poder llegar a ella porque la sombra amenazante del atacante estaba demasiado cerca como para lograr escapar sin que él la golpeara de nuevo.
Las manos de aquel tipo la tomaron con fuerza nuevamente y la estamparon contra el suelo sin piedad por su frágil cuerpo. La cabeza le dolió por el impacto con el cemento duro y juró que se había hecho alguna herida porque sentía calor en la nuca y un líquido espeso que pegoteaba sus cabellos.
― ¡Pervertido! ―gritó sin mirarle a la cara, intentando buscar en vano una salida para evitar que la violara― ¡Mi padre trabaja para la PDI, te va a patear el trasero en prisión! ―mintió lo mejor que pudo, sin embargo, él le sonrió como si aquello fuera un chiste.
Eran rojos, rojo sangre. Sus ojos eran más perturbadores de cerca que de lejos, al otro lado de la calle ni siquiera había podido notar su color, pero ahora era diferente, podía ver cada detalle de ellos. Eran llamas ardiendo, danzando anhelantes. Un baile hipnótico y atrayente.
No supo cuando dejó de luchar y gritar, pero si fue consciente de cuando él dejó de ejercer fuerza sobre ella y comenzó a tocarla delicadamente, aunque con un toque de lujuria en sus movimientos.
Sus manos eran heladas, llegaban a quemar como cuando sostienes por demasiado tiempo un cubito de hielo del congelador. Sus dedos acariciaron deliciosamente su estómago, presionando en lugares precisos antes de comenzar a subir lenta y tortuosamente para encontrarse con los pechos de la muchacha. Ella dio un respingo cuando sintió las manos heladas masajeando sus montes por sobre la tela del sujetador.
Dejó escapar un gemido agónico, arqueándose al acto.
El hombre le sonrió y buscó su cuello, lamió sucesivamente mientras una de sus atrevidas manos dejaba el pecho que ocupaba y bajaba hasta sus pantalones.
Dios, era como una muñeca, no podía reaccionar como se suponía que debía hacer, él la manejaba como si no tuviera control de sí misma.
El agresor le quitó el banano de un solo tirón y lo arrojó entre las bolsas de basura que se acomodaban en un rincón, a ella le pareció curioso que no viera lo que llevaba dentro, pero aquel pensamiento desapareció de su mente rápidamente.
― ¡No! ―exclamó al sentir como esa mano lasciva se hacía paso entre sus pantalones, buscando lo que ella jamás había mostrado a un hombre.
Acarició esa zona sin reparos y ella gimió suavemente mientras se removía bajo él. Las cosas no iban bien. Él jugueteó un poco más mientras seguía lamiendo aquella zona de su cuello que comenzaba a adormecerse por toda la atención recibida. La otra mano sobre su pecho se volvió más exigente y brutal, y las caricias en su zona íntima se volvieron violentas, desesperadas. Gimió en respuesta a las renovadas atenciones, su cuerpo era un volcán en erupción.
Sus colmillos traspasaron la carne blanda y se albergaron en la arteria más cercana, donde la sangre limpia circulaba.
Ella gritó en respuesta ante la dolorosa intrusión.
Pero él los retiró rápidamente y comenzó a succionar el delicioso néctar rojo que surgía de la herida previamente hecha. La muchacha gemía y se retorcía bajo sus brazos sin saber que en unos minutos la dejaría seca y muerta en ese callejón, y los movimientos rítmicos de sus manos lo ayudaban a distraerla y le entregaban un sabor más dulce a aquella sangre.
― ¡No…!―Gimió nuevamente ella mientras apretaba las piernas, atrapando la atrevida mano de su asaltante en el acto, el cual respondió moviéndola en círculos― ¡Basta…!―suspiró.
Una canción conocida y estridente llegó a su cabeza.
Aquelarre de Mägo de Oz. Su celular.
Alexia recuperó la cordura, y se desesperó al sentir como él la succionaba y ultrajaba. ¿En qué momento lo había permitido?
― ¡No! ―y ésta vez no fue un gemido, el grito fue de protesta y aborrecimiento. Sus manos se movieron como no lo habían hecho antes y apartó bruscamente la cabeza de él de un solo golpe.
El hombre, sorprendido por el actuar de ella, abrió la boca y le mostró los amenazantes colmillos.
― ¡Monstruo! ―exclamó y lo golpeó en la quijada para quitarlo de encima.
Gotas de sangre cayeron inesperadamente en el interior de su boca mientras seguía forcejeando con la criatura que parecía no inmutarse con nada. Entonces reunió sus fuerzas y golpeó con la rodilla la entrepierna del agresor.
Fue instantáneo, él dejó escapar un gruñido molesto y se apartó. Eso siempre funcionaba.
Alexia aprovechó el momento, se levantó de un salto y corrió lejos de aquel monstruoso sujeto. Volvió sobre sus pasos lo más rápido que pudieron sus piernas temblorosas. Se sentía sucia, no podía creer lo que había hecho o, más bien, lo que había dejado que le hicieran. Las lágrimas se acumularon en sus ojos y un doloroso ardor se acumuló en la zona en la que él había clavado sus colmillos. ¿Qué demonios era?, ¿Un vampiro? No, imposible, el tipo debía estar lo suficientemente loco como para hacerse colmillos gigantes con un dentista. Debía ser un desquiciado fanático de lo esotérico.
La calles estaban casi desiertas, ¿Qué hora era? No lo sabía, su celular había quedado en el callejón junto a su dinero.
Dios, debió quedarse en casa esa noche o, por lo menos, debió hacer caso a sus amigos y permitir que la acompañaran.
― ¡Ah! ―gimió. Una de sus manos buscó los orificios que el tipo le había hecho y los sobó. Le dolían demasiado.
La cabeza le comenzó a dar vueltas a mitad de camino, cuando se dio cuenta de que el agresor no la seguía. Pensó que se trataba de la conmoción y del golpe que se había dado contra el suelo, todo su cuerpo temblaba irrefrenablemente, sentía gotas de sudor surcar su estómago y su cabeza. Se le dificultaba respirar a cada paso que daba, los colores se hicieron más intensos y hubo un momento en que la luz de los faroles le parecieron soles que, para su desgracia, estaban demasiado cerca de ella. El sonido de los autos se hizo más y más fuerte, como si estuvieran metidos en su cabeza y los olores nauseabundos llegaban a su nariz de tal manera que debió detenerse para vomitar. Se tambaleó un par de veces y cayó al suelo otras tantas como si estuviera borracha, la poca gente que transitaba la miraba curiosa, pero no le tomaba mucho en cuenta. Ella deseó hablar y contarles lo sucedido, pero tan pronto abría la boca sentía que debía salir huyendo por el temor a que la consideraran loca.
Finalmente, los temblores fueron demasiado para ella y caminó hacia el callejón más cercano donde pudiera pasar desapercibida y estuviera a salvo. No creía poder soportar seguir caminando a su casa y rogó por que sus padres hubieran salidos a buscarla por su retraso.
Jadeante, se dejó caer entre los cartones viejos, esperando a que el dolor menguara y pudiera moverse, pero este hizo todo lo contrario. Se magnificó hasta límites insospechados, la luz de los faroles se hizo insoportable mientras ella miraba hacia el frente, hacia la calle y los negocios al otro lado de la misma y, de un momento a otro, ya no supo dónde estaba porque todo se había vuelto blanco.
Prefacio
Si Alexia pudiera regresar el tiempo y evitar la noche fatídica en que su existencia cambió por completo, lo haría sin dudarlo ni un sólo segundo.
En sus noches de eterna agonía, pensaba si era correcto lo que había hecho en el transcurso de los años. Sometida a reglas que jamás hubiera querido aceptar si en ese tiempo hubiese tenido una opción y que ahora, para su propia desgracia, la obligaban a acabar con lo único que le había hecho pensar que estaba viva, que era parte importante del mundo aunque ella no lo creyera con firmeza.
Estando allí, parada en medio de la habitación tan sólo iluminada por algunas velas y frente a la mirada expectante del clan que esperaba una respuesta concreta, Alexia sólo añoraba que al menos una lágrima fuera derramada por ella y por los que había asesinado por necesidad o tan sólo fuera derramada por aquél que esperaba una muerte segura esa noche.
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Erase una vez una noche de fiesta
La llamada llegó alrededor de las cinco y media de la tarde, mientras ella pintaba un dibujo cuya base había recién terminado, el que había trabajado con cuidado la última semana con el fin de dárselo de regalo a alguien especial y cuyo cumpleaños era la semana próxima, pero cuando escuchó el inconfundible y estridente sonido de su celular, dejó todo su trabajo de lado y se levantó de un salto de la cama para dirigirse casi corriendo al otro extremo de la habitación, hacia el librero donde reposaba el teléfono móvil. Apretó la tecla para aceptar la llamada y se llevó el comunicador a un costado de su cabeza.
― ¿Qué pasó al final? ―preguntó sin preámbulos mientras caminaba devuelta a la cama para poder sentarse.
―Créelo o no, pero el presidente de curso sirve para algo―la fémina, al otro lado de la línea, rió―Logró pagar todo, pero creo que nos sacará el dinero la próxima semana para devolverle todo lo que le hicimos gastar en la fiesta.
―Por eso no me preocupo, yo ya pagué mi parte―sonrió con suficiencia mientras apoyaba la mano libre sobre la colcha y se recargaba un poco hacia atrás.
―Te aseguro que nos harán pagar a todos por igual―se le escuchó bufar.
―Ya, de acuerdo―no tenía muchas ganas de discutir sobre ese punto, había estado susceptible, mejor dicho, propensa a enojarse por culpa de la menstruación toda esa semana y ahora que ya no la tenía, no quería volver a enojarse― ¿Y a qué hora será al final?
―Empieza a las diez y terminará a las cuatro de la mañana ¿Qué te parece?
Ella respondió afirmativamente mientras comenzaba a mover el pie como si le estuviera dando un tic nervioso.
― ¿Crees que te dejarán?
― ¿A qué te refieres con eso? ―ella frunció el ceño, molesta por el comentario― ¿Por qué no habrían de dejarme?
―Bueno, tus padres no son de las personas que te dejan ir a fiestas por demasiado tiempo. Bueno, tú sabes.
―Camila, estaré allí―gruñó―Es la fiesta de fin de curso, no me la voy perder ¿entendido?
―No te discuto el que quieras ir, sólo digo si te dejarán. Sólo eso. No te enojes.
―Yo me encargo de eso―pronunció―De todas formas ¿Dónde nos encontramos?
―En la Plaza de Armas, junto a la pileta a las nueve y treinta, de ahí nos vamos al Nocturno.
―Hecho, no vemos ahí en unas…―su mirada se posó rápidamente en el reloj en forma de mariposa sobre su mesita de noche―… En unas cuatro horas y media.
―No se te olvide llevar el carné para que te dejen pasar, Alexia―rió.
―No me voy a olvidar―bufó, sabiendo de antemano el por qué de que su amiga riera―Y no me recrimines esa vez ¿quieres? Es molesto y sabes que no lo hice a propósito.
―Pero nos jodiste la noche―respondió en son de burla―De todas formas, fue una lata después de que estuvieras rogando una semana por esa salida ¿no te parece?
Alexia maldijo para sus adentros al imaginarse a su amiga con una maligna sonrisa en su rostro y un oscuro y tétrico fondo haciéndole de escenario. Suspiró, debía dejar de ver tantas animaciones.
―Eso pasó hace dos años y no se repetirá de nuevo ¿de acuerdo?
―Ajá, bueno, ahora anda a pelear para que te dejen salir hoy en la noche.
―Mi papá es pan comido, con quien voy a pelear es con mi mamá―bufó.
―Arderá Troya, supongo.
―Supones bien, mi querido Watson―susurró―Mi madre es un ogro y además mi carcelera.
―Como digas, de todas formas, manda mensaje si no te dejan―Alexia bufó en respuesta―Te dejo o se me acaban los minutos.
―De acuerdo, nos vemos esta noche―insistió antes de colgar y dejar tirado el celular sobre la cama.
Alexia salió de su habitación, preparándose mentalmente para la discusión que tendría con su progenitora y dirigiéndose hacia la cocina que se encontraba junto al comedor y que anexaba al patio posterior de la casa en la que habitaban en el centro de La Serena, cercana al Liceo de niñas. Su corazón latía desenfrenado mientras pasaba por la sala, odiaba la idea de tener que pelearse, de nuevo, con su progenitora para que le dejara ir a la bendita fiesta. Sabía que, aunque se la debía desde que se había quedado en casa para cuidar al monstruito de su hermana, ella no daría su brazo a torcer con tanta facilidad.
El aroma de masa recién hecha y azúcar flor llegó a su nariz de golpe, increíblemente, su estómago hizo un leve sonido, indicándole el hambre que sentía. Claro, no había pensado en comer mientras trabajaba en el dibujo.
Entró a la cocina silenciosamente, ésta era de un color amarillo suave, los muebles de un blanco que contrastaba con la cocina propiamente tal; el lavaplatos y el refrigerador que eran plateados, su madre estaba dándole la espalda, justo delante de ella, amasando con un rodillo la masa que Alexia había olido antes de entrar a la pequeña habitación.
―Mamá―llamó provocando que su madre diera un respingo y soltara el rodillo, el cual se desplazó sobre el mesón y se detuvo junto a un paquete de harina, asustada.
― ¡No te sentí! ―exclamó con la mano sobre el pecho, mientras se giraba―No vuelvas a hacer eso.
―No era mi intención―contestó.
―Estoy haciendo rosquillas para mañana ¿Qué te parece? ―comentó mientras se limpiaba las manos en el delantal de cocina.
Su madre era una mujer de cuarenta y siete años, de cabello negro siempre sujeto en un moño alto para que no le estorbara y de piel morena, ella era ama de casa ya que, aunque terminó la enseñanza media exitosamente, sus padres no tenían el dinero para pagarle la universidad y en vista de que ellos necesitaban ayuda en casa con sus otros cinco hermanos, de los cuales ella era la mayor, se dedicó a cuidarlos y hacerle menos pesada la tarea a su progenitora que cada día parecía cansarse más. Su madre, a pesar de todo, era una mujer de carácter fuerte y a veces un poco intransigente, quizás se debía a las millares de cosas por las que había pasado en su vida, pero eso no la hacía una mala persona. Recordaba que, cuando ella era muy niña y su abuelo aún vivía, él hablaba de su madre con un orgullo inigualable. Hasta había escuchado un par de veces que su madre había dejado muchas oportunidades de lado sólo por ayudar a la familia, ya fuese trabajando vendiendo pollo o ayudando a sus hermanos en las tareas escolares. Alexia muchas veces se preguntó si su madre no habría querido otra vida, tal vez una más próspera de la que estaba viviendo, encerrada en esa pequeña casa, cocinando habitualmente algún manjar, pero no aspirando a nada más que cuidar a sus hijas.
― ¿Alexia? ―su madre le hablaba extrañada.
―Dime.
―Niña, parecías que estabas en alguna nube―sonrió. Alexia sólo pensaba en que esa dulce sonrisa desaparecería en unos instantes― ¿Quieres ayudarme? ―señaló la masa sobre el mesón cubierto de harina.
―No. En realidad, quería hablarte de algo―contestó presurosa.
― ¿De qué se trata? ―su progenitora cambió el switch rápidamente, pasando de madre cariñosa a recelosa. Sabía perfectamente que ella debía estar sospechando de lo que le hablaría.
―Hoy en la noche hay una fiesta del curso en el Nocturno―respondió.
― ¿El local nuevo? ―preguntó cautelosamente.
―Sí―afirmó―Es la fiesta de final de curso, empieza a las diez y terminará a las cuatro.
― ¿Y quieres que te deje ir? ―la pregunta fue sarcástica― ¿sabes dónde está ese local?
― En la avenida Aguirre―contestó.
― ¿Te parece bien?
― ¡Voy a estar con mis compañeros! ―argumentó―Los conozco desde los cinco, a la mayoría ¿Qué podrían hacerme?
―Eres muy inocente, Alexia―refutó la mujer―Ahora no es como antes, los jóvenes de ahora son unos bastardos a veces―la joven siseó.
―Es una buena manera de llamar a mis amigos―comentó sarcásticamente― ¿Por qué habrían de hacerme daño? No seas paranoica.
―Tus amigos no, pero alguien del curso con el que hayas tenido alguna diferencia sí. Mira, no falta el que pone la pastillita en la bebida para dejar mal a uno.
―Eres una mal pensada―susurró enojada―No soy idiota, sé cuidarme.
― ¿Enserio? ―sonrió―Ni siquiera sabes cocinar y vas a saber cuidarte sola.
― ¡Eso no viene al caso!
―Sí viene. Uno puede hacer todo lo que sea necesario para no terminar mal, pero uno no maneja a los otros. Sólo un segundo de descuido basta.
― ¡Oh, por favor! ―bufó.
―La respuesta es no―y la mujer dio media vuelta para seguir amasando.
― ¡Va a estar sólo mi curso! ―exclamó― ¡Nunca me dejas salir y además me la debes!
―No seas melodramática y no te debo nada―respondió sin voltearse.
― ¡Claro que me la debes! ―exclamó―La última vez que quise salir me lo impediste porque tenía que cuidar a Magda, porque a ti y a mi papá se le ocurrió echarme a perder la noche de un momento a otro.
― ¡No hables como si tu hermana fuera menos importante que tus amigos! ―su madre se dio vuelta para mirarla severamente.
― ¡Yo no he dicho eso!
― ¿Entonces qué has dicho? Mira, Alexia, alguien tenía que cuidar a Magdalena esa noche.
―Sí, porque a ti y a mi papá se les ocurrió salir en una cita―bufó―Así que me la debes.
―No intentes chantajearme, jovencita.
―No lo hago, aplico mi derecho a la libertad.
― ¿Cómo la llaman ustedes? ―se preguntó, ignorando el comentario anterior de su hija― ¡Oh, sí, drama queen!
― ¡Una vez, sólo una vez! ―gritó― ¡Te pido salir cada mil años en la noche y no me dejas!, ¡en la universidad no estarás para mí siempre, tengo que aprender ahora!
― ¡Ya te dije que no!
― ¡Nunca me permites nada! ―exclamó― ¡Estoy segura de que si tuviera novio me armarías el mismo escándalo!
― ¡Claro que lo haría, ni ellos son confiables! ―exclamó― ¿Sabes acaso cuantos novios asesinan a su pareja, las obligan a abortar, las golpean o presionan para tener sexo?
― ¡Oh, por favor! ―bufó― ¡Llevas al límite la sobreprotección!
― ¡No…!
La puerta de calle se cerró, llamando la atención de ambas féminas. Ninguna de las dos había oído las llaves ni el sonido de la puerta que, al ser vieja, rechinaba con fuerza.
― ¡Llegamos! ―la niña atravesó el portal de la puerta, pasando por el lado de Alexia sin dirigirle la mirada.
―Hola, cariño―saludó la mujer a la niña que sostenía un álbum de Hello Kitty en sus manos.
― ¡Mira lo que me compró, papá! ―exclamó mostrándole el álbum.
Alexia bufó, ahora su madre no le pondría atención porque su hermanita se la pasaría hablando de Hello Kitty con ella. Monstruito, pensaba, justo cuando menos la necesitaba.
― ¡Alexia, ven y ayúdame con estas bolsas! ―la voz de su padre provino de la sala.
La muchacha volvió a bufar y abandonó la cocina después de que su madre le preguntara a Magdalena si quería ayudarla con las rosquillas.
―Hola, papá―saludó sin mucho ánimo.
Su padre tenía el cabello negro también, pero; a diferencia de su madre quien parecía mantener su juventud intacta, su progenitor poseía gran cantidad de canas, tanto en el cabello como en el bigote. Él era más afable que su madre, al menos no era tan duro y se podía mediar con él con facilidad, él decía que ella podía salir en las noches si respetaba un horario, lo cual no era ningún problema para ella, sin embargo, quien dictaba las órdenes era su madre. Era un matriarcado, definitivamente.
―Su discusión se escucha allá afuera―señaló un poco molesto, aunque no lo suficiente como para alarmarse.
―Quería salir esta noche―respondió ella mientras tomaba una de las bolsas que su padre le ofrecía.
―Sí, eso supuse―contestó mientras tomaba un par de carpetas que seguramente había traído del trabajo y había olvidado bajar del auto la noche anterior―Siempre arman escándalos cuando se trata de eso.
― ¿No lo harías tú? ―bufó mientras recibía otra bolsa del supermercado―Hasta tú salías más a menudo a las fiestas de tus amigos.
―No se te olvide que corría el riesgo de terminar con un balazo en la cabeza―contestó.
―Y aún así salías―refutó.
―Intentaré convencerla―musitó―Pero el tiempo máximo es a las dos de la mañana.
Alexia sonrió y asintió abiertamente. Tenía la batalla ganada.
―Es una hora razonable―decía su padre desde la cocina ante la negativa de su mujer.
Alexia ignoraba la discusión lo más que podía mientras fingía que le interesaba el álbum nuevo de su hermanita, el cual; estaba segura, terminaría olvidado entre los cachivaches cuando encontrara otra cosa que la fascinara.
― ¡Ayúdame a pegar! ―exclamó Magdalena, señalado las láminas esparcidas en la alfombra de la sala.
―Bueno―contestó aburrida mientras tomaba una lámina en la que la dichosa gatita salía sosteniendo unas banderas británicas, la volteó para ver el número y volvió a hablar―Es la veintiocho.
Magdalena hojeó bruscamente las páginas hasta encontrar la que contendría la lámina. Todas las páginas eran demasiado rosa, pensaba Alexia mientras despegaba la parte posterior para dejar al adhesivo expuesto.
― ¡Dame! ―extendió la mano Magdalena. Ella le dio la lámina con cuidado y, a cambio, su hermana la pegó chueca en el lugar correspondiente.
―Deberías usar una regla, monstruito―Magdalena la miró y le sacó la lengua en respuesta―Niñita―le respondió sutilmente mientras tomaba otra de las dichosas láminas y volvía a voltearla para ver el número―La treinta y tres.
―Ale―la susodicha se volteó para ver a su padre.
―Dime―sonrió abiertamente. Tras él estaba su madre con cara de pocos amigos.
―Sólo hasta las dos y con el celular prendido.
Alexia se regodeó por dentro y se levantó del suelo sin prestar mucha atención a los reclamos de su hermana que la instaba a seguir pegando láminas.
―Gracias.
―Ayúdame a servir, Alexia―refunfuñó su madre antes de volver a la cocina.
―Gracias, papá―susurró al pasar al lado de él.
―Me debes una―contestó.
Su madre siguió refunfuñando mientras tomaban la once, aún y cuando intentaron hacer amena la situación y cambiarle el ánimo, pero lo cierto era es que Julia pensaba que le habían arrebatado su autoridad.
Tonterías, pensaba Alexia por su parte, lo que pasaba es que su madre no entendía que debía darle un poquito más de libertad. Tenía dieciséis, no ocho como su hermana y en un par de años estaría a las puertas de la universidad e irse de la casa. ¿Qué quería?, ¿Que se quedara en casa para siempre?
Se peinó el cabello, del mismo color negro que el resto de la familia, hasta los hombros y se vistió de manera simple, tan sólo con sus zapatillas habituales, sus jeans y una camiseta sin mangas sobre la cual se puso un polerón a juego.
Salió alrededor de las nueve, poniéndose el banano pequeño en el cual llevaba dinero, su celular y las llaves de la casa y se dirigió a paso presuroso hacia la plaza de armas de la ciudad.
―Estaba por llamarte―comentó Camila al verla.
El grupo se componía de tres mujeres, incluida ella, y dos hombres. Estaba Camila, su mejor amiga y con la que había compartido casi toda una vida, pensando que se conocían desde el kínder, luego estaba Manuel, su amigo de anteojos que le metió el bichito del dibujo cuando tenía nueve años. Le seguía Huguito, como lo llamaban cariñosamente, era un poco loco y algo obsesionado con la revista playboy, cuestión que irritaba cuando llevaba la nueva del mes al colegio y lo ponía sobre la mesa a mitad de la clase sin reparos y, finalmente, estaba Solange con su pelirroja cabellera y el rostro cubierto de pecas, ella era la más nueva del grupo, había llegado hacia dos años al colegio, cuando comenzaban enseñanza media, ella era la más vergonzosa de los dos, le costaba tomar temas fuertes de conversación porque se ponía nerviosa o se sonrojaba por cualquier cosa.
―Te dije que vendría―susurró.
―Dudar es humano―contestó Camila.
―Errar también―refutó.
―Bueno, antes de que comiencen a discutir sobre cómo es que te dejaron venir ¿Por qué no vamos caminando? Se hará la hora pronto. Nos quedan…―Manuel revisó su reloj de muñeca―… veinte minutos para llegar. Así que andando.
Bajaron hacia Pedro Pablo Muñoz y caminaron un par de cuadras hasta llegar a la avenida en la cual se encontraba el local, sin embargo, debían bajar más allá de José Joaquín Latorre, así que apresuraron el paso.
Daban las diez con quince minutos cuando vieron el letrero luminoso del local y la fachada negra y azul que iba a juego con el nombre que le habían dado, la fila no llegaba muy lejos por ser una fiesta privada, vio a sus compañeros de curso mostrar uno por uno el carné a media que avanzaban hasta llegar a la puerta donde el guardia miraba y comprobaba los nombres en libreta.
― ¿Cómo crees que será? ―preguntó Solange tras ella mientras saludaban al pasar.
―Espero que sea buena―le contestó mientras tomaba lugar tras Huguito, quien de pequeño no tenía nada.
―Haré una lista de por qué hay que organizar este tipo de cosas más seguido―comentó.
―Ni siquiera sabes si todo será fantástico―refunfuñó Camila.
―Oh, no me refería a la fiesta en sí.
―Cerdo―musitó Alexia.
El antro por dentro era toda una maravilla, las paredes oscuras le daban un toque lúgubre, los mesones de madera barnizada y brillante le contrastaban, las luces que cambiaban de color y la música que, aunque salía del estilo que el lugar tenía, hacía la perfecta combinación. El barman servía a los chicos aunque no pudieran beber licor legalmente, siempre ocurría esas cosas en los antros, el Dj cambiaba el estilo musical de vez en cuando, algunos fumaban y otros, simplemente, bailaban en la pista… algunos más tiesos que otros, algunos más atolondrados y otros haciendo movimientos alocados que sacaban carcajadas de repente.
Alexia se divertía y, aunque no era muy diestra bailando, se dejaba llevar por los movimientos de Huguito que se movía de un lado a otro como una máquina incansable. Ella no sabía de dónde sacaba tanta energía, pero sospechaba que se debía a que se quedaba hasta tarde jugando en la PlayStation o mirando películas no aptas para menores hasta que casi se hacía de día.
― ¡Mi turno, comadre! ―Camila apareció de repente y palmoteó su hombro izquierdo.
― ¡Ve con Manu! ―exclamó de regreso.
― ¡¿Estás loca?!
Huguito detuvo su danza egipcia y preguntó.
― ¿Por qué?
―Miren hacia allá―señaló haciendo un movimiento de cabeza hacia la derecha.
Ambos voltearon a ver en aquella dirección, Solange y Manuel se encontraban apoyados en la pared, muy cerca el uno del otro mientras se decían Dios sabe qué cosa.
― ¿No parecen acaramelados? ―preguntó sarcásticamente―No pienso hacer mal tercio ahí, así que vine a robarte la pareja por unos minutos.
―Oh, por supuesto―bufó mientras seguía mirando a la pareja que coqueteaba descaradamente― ¿Y con quién se supone que bailo yo?
― ¡Un ratito! ―exclamó Camila mientras tomaba del brazo a Huguito― ¡Te pagaré un vaso de ron!
― ¡Ni siquiera me gusta el alcohol! ―reprochó.
―Una bebida, entonces―siguió.
―De acuerdo, pero no te olvides―aceptó sin muchas ganas.
―Podríamos bailar los tres juntos y ya―propuso el muchacho.
―No, está bien, quiero descansar un poco.
¿Solange y Manuel? Se preguntaba mientras iba al baño a mojarse la cara, no se lo había ni imaginado hasta que Camila lo señaló. Solange era una muchacha muy tímida, hablaba sí y se comunicaba con los otros, pero le costaba hacer amigos y se enmudecía con frecuencia por cuestiones que muy pocos entendían, pero al menos ellos y los profesores lo sabían. Ella había tenido la suerte de nacer en una buena familia, pero Solange no. Su amiga tenía a un padre controlador y sobre exigente, la oprimía a tal sentido que estaba segura que en su casa debía ser aún más reservada de lo que era en el colegio. Muchas veces la había escuchado decir las cosas que su progenitor quería escuchar, como si nada más importara y, ahora, estaba segura que había mentido para poder venir a la fiesta, quizás le había dicho a su familia que se quedaría a dormir en la casa de Camila o la suya ¿Quién sabía?
Por otro lado, Manuel era más espontaneo y un artista, le gustaba conversar temas polémicos, algunos de los cuales eran difíciles de tomar para la muchacha, pero también era correcto y sabía cómo no incomodarla en demasía. Ahora recordaba que, una vez, él le había comentado que deseaba pedirle a Solange que fuera su modelo para una pintura ¿en qué habría terminado aquello? Quizás ella había aceptado y desde ese entonces su relación se había afianzado hasta convertirse en algo más que simple amistad o quizás fue antes. ¿Cómo es que nunca se dio cuenta de todos modos?, ¿Y Huguito y Camila, hace cuánto lo sabían? Tal vez se venían recién enterando o…
Su celular comenzó a sonar justo en el momento en que cerraba la llave del lavabo. Secó sus manos rápidamente con el polerón y buscó su teléfono móvil en el banano atado a su cadera.
―Mierda…―pronunció al ver quién llamaba. Era su madre―Hola, mamá―dijo al contestar.
― ¿Sabes qué hora es? ―le preguntó desde el otro lado.
― ¿Se me ha pasado la hora, verdad? ―se mordió el labio en un acto reflejo.
― ¡Quiero que te vengas ahora mismo! ―exigió.
Alexia suspiró.
―Voy para allá.
Lo siguiente que hizo después de colgar, fue salir de baño frustrada por no poder quedarse más tiempo.
― ¡¿Ale, quieres bailar?! ―la susodicha dirigió la vista a su compañero de curso, Gabriel.
―Me gustaría, pero no puedo, Gabo―contestó.
― ¿Por qué no? ―preguntó más curioso que decepcionado.
―Porque me han dado toque de queda como la cenicienta―contestó casi con el enojo plasmado.
―Que lata, tus viejos deberían darte más espacio.
―Se los he intentado decir―contestó―Nos vemos el lunes.
―Cuidado de regreso―le advirtió el muchacho. Ella sonrió y contestó que tendría cuidado.
Debo irme, despídanme de los demás. Esas eran las palabras que les había dicho a Camila y Huguito, los cuales se habían ofrecido acompañarla hasta su casa sin chistar, sin embargo, la muchacha negó rápidamente el ofrecimiento pidiéndoles que se divirtieran por ella.
Ahora, caminando por la casi desierta avenida que comenzaba a atraer a ciertos personajes que ya eran comunes en las ciudades y que se paraban en las esquinas de las calles y se paseaban esperando a que algún automovilista se detuviera y las hiciera subir. Sólo esperaba que no se le acercaran en ningún concepto.
En una esquina, por su cabeza cruzó la idea de desviarse un poco e ir al Telepizza a comprarse una individual para darle a su estómago. Se empezaba sentir un poquito vacía y el hambre no le ayudaría a caminar más rápido. Abrió nuevamente su mágico banano y contó rápidamente el dinero que tenía. El suficiente para comprarse una. Se le hizo agua la boca al pensar en el sabor de su pizza favorita y cerró el banano con todas sus cosas adentro en el preciso momento en el que el sonido de una lata al ser pateada atrajo su atención.
Alexia miró hacia el frente, al otro lado de la calle había un hombre de piel pálida, mortuoria, de facciones serias y cuya mirada llegó a helarle la sangre, inmediatamente el instinto le dijo que aquel tipo no era de buenos trigos y que debía alejarse lo más pronto posible de él.
El hombre de cabellos oscuros le sonrió lascivamente cuando le sostuvo la mirada más de lo que ella deseaba y dio un paso adelante para cruzar hacia donde se encontraba. Alexia dio un paso atrás en un acto reflejo y un escalofrío subió por su columna vertebral al momento en que él dio otro paso. ¡Tenía que irse!
La bocina de un auto rompió el encanto amenazador, el automóvil pasó justo en el momento indicado para que ella se decidiera a tomar el camino hacia el local de pizza, el cual le refugiaría de ese tipo si es que tenía malas intenciones.
Y las tenía.
Los pasos retumbaban en sus oídos mientras avanzaba a mayor velocidad y ladeó el rostro para mirar hacia atrás, sólo unos segundos tardó para darse cuenta de que él realmente la seguía y que al parecer no tenía intenciones de dejarla escapar. Entonces no pensó dos veces en comenzar a correr hacia cualquier parte, un local abierto, hasta los cafés con piernas podrían servirle de refugio si pedía ayuda a algún guardia. Cualquiera que fuera, sólo deseaba quitarse al tipo de encima.
Dobló en una esquina, donde sabía que unos metros más allá había un local nocturno, ahí pediría ayuda a quien fuera y luego se iría a casa cuando sintiera que estaba fuera de peligro. Sus pasos se hicieron más largos y rápidos, podía ver la puerta del local y la música retumbante. Estaba cerca, lo suficiente como para acelerar el paso como para largarse una corrida estilo atleta y salvarse.
Y de repente todo se fue por el caño.
Su cuerpo fue lanzado hacia un callejón, golpeando contra algunos basureros. Alexia sintió el impacto doloroso contra su espalda y, sin embargo, evitó llorar para concentrarse en ponerse de pie y escapar adonde fuera, aunque no sabía exactamente qué había ocurrido y cómo demonios la había lanzado con esa brutalidad inhumana. Sus ojos intentaron acostumbrarse a la oscuridad, pero no lo hicieron con la rapidez que ella deseaba, buscó con desespero la luz, allá donde los faroles estaban encendidos, pero no pudo hacer nada más que añorar poder llegar a ella porque la sombra amenazante del atacante estaba demasiado cerca como para lograr escapar sin que él la golpeara de nuevo.
Las manos de aquel tipo la tomaron con fuerza nuevamente y la estamparon contra el suelo sin piedad por su frágil cuerpo. La cabeza le dolió por el impacto con el cemento duro y juró que se había hecho alguna herida porque sentía calor en la nuca y un líquido espeso que pegoteaba sus cabellos.
― ¡Pervertido! ―gritó sin mirarle a la cara, intentando buscar en vano una salida para evitar que la violara― ¡Mi padre trabaja para la PDI, te va a patear el trasero en prisión! ―mintió lo mejor que pudo, sin embargo, él le sonrió como si aquello fuera un chiste.
Eran rojos, rojo sangre. Sus ojos eran más perturbadores de cerca que de lejos, al otro lado de la calle ni siquiera había podido notar su color, pero ahora era diferente, podía ver cada detalle de ellos. Eran llamas ardiendo, danzando anhelantes. Un baile hipnótico y atrayente.
No supo cuando dejó de luchar y gritar, pero si fue consciente de cuando él dejó de ejercer fuerza sobre ella y comenzó a tocarla delicadamente, aunque con un toque de lujuria en sus movimientos.
Sus manos eran heladas, llegaban a quemar como cuando sostienes por demasiado tiempo un cubito de hielo del congelador. Sus dedos acariciaron deliciosamente su estómago, presionando en lugares precisos antes de comenzar a subir lenta y tortuosamente para encontrarse con los pechos de la muchacha. Ella dio un respingo cuando sintió las manos heladas masajeando sus montes por sobre la tela del sujetador.
Dejó escapar un gemido agónico, arqueándose al acto.
El hombre le sonrió y buscó su cuello, lamió sucesivamente mientras una de sus atrevidas manos dejaba el pecho que ocupaba y bajaba hasta sus pantalones.
Dios, era como una muñeca, no podía reaccionar como se suponía que debía hacer, él la manejaba como si no tuviera control de sí misma.
El agresor le quitó el banano de un solo tirón y lo arrojó entre las bolsas de basura que se acomodaban en un rincón, a ella le pareció curioso que no viera lo que llevaba dentro, pero aquel pensamiento desapareció de su mente rápidamente.
― ¡No! ―exclamó al sentir como esa mano lasciva se hacía paso entre sus pantalones, buscando lo que ella jamás había mostrado a un hombre.
Acarició esa zona sin reparos y ella gimió suavemente mientras se removía bajo él. Las cosas no iban bien. Él jugueteó un poco más mientras seguía lamiendo aquella zona de su cuello que comenzaba a adormecerse por toda la atención recibida. La otra mano sobre su pecho se volvió más exigente y brutal, y las caricias en su zona íntima se volvieron violentas, desesperadas. Gimió en respuesta a las renovadas atenciones, su cuerpo era un volcán en erupción.
Sus colmillos traspasaron la carne blanda y se albergaron en la arteria más cercana, donde la sangre limpia circulaba.
Ella gritó en respuesta ante la dolorosa intrusión.
Pero él los retiró rápidamente y comenzó a succionar el delicioso néctar rojo que surgía de la herida previamente hecha. La muchacha gemía y se retorcía bajo sus brazos sin saber que en unos minutos la dejaría seca y muerta en ese callejón, y los movimientos rítmicos de sus manos lo ayudaban a distraerla y le entregaban un sabor más dulce a aquella sangre.
― ¡No…!―Gimió nuevamente ella mientras apretaba las piernas, atrapando la atrevida mano de su asaltante en el acto, el cual respondió moviéndola en círculos― ¡Basta…!―suspiró.
Una canción conocida y estridente llegó a su cabeza.
Aquelarre de Mägo de Oz. Su celular.
Alexia recuperó la cordura, y se desesperó al sentir como él la succionaba y ultrajaba. ¿En qué momento lo había permitido?
― ¡No! ―y ésta vez no fue un gemido, el grito fue de protesta y aborrecimiento. Sus manos se movieron como no lo habían hecho antes y apartó bruscamente la cabeza de él de un solo golpe.
El hombre, sorprendido por el actuar de ella, abrió la boca y le mostró los amenazantes colmillos.
― ¡Monstruo! ―exclamó y lo golpeó en la quijada para quitarlo de encima.
Gotas de sangre cayeron inesperadamente en el interior de su boca mientras seguía forcejeando con la criatura que parecía no inmutarse con nada. Entonces reunió sus fuerzas y golpeó con la rodilla la entrepierna del agresor.
Fue instantáneo, él dejó escapar un gruñido molesto y se apartó. Eso siempre funcionaba.
Alexia aprovechó el momento, se levantó de un salto y corrió lejos de aquel monstruoso sujeto. Volvió sobre sus pasos lo más rápido que pudieron sus piernas temblorosas. Se sentía sucia, no podía creer lo que había hecho o, más bien, lo que había dejado que le hicieran. Las lágrimas se acumularon en sus ojos y un doloroso ardor se acumuló en la zona en la que él había clavado sus colmillos. ¿Qué demonios era?, ¿Un vampiro? No, imposible, el tipo debía estar lo suficientemente loco como para hacerse colmillos gigantes con un dentista. Debía ser un desquiciado fanático de lo esotérico.
La calles estaban casi desiertas, ¿Qué hora era? No lo sabía, su celular había quedado en el callejón junto a su dinero.
Dios, debió quedarse en casa esa noche o, por lo menos, debió hacer caso a sus amigos y permitir que la acompañaran.
― ¡Ah! ―gimió. Una de sus manos buscó los orificios que el tipo le había hecho y los sobó. Le dolían demasiado.
La cabeza le comenzó a dar vueltas a mitad de camino, cuando se dio cuenta de que el agresor no la seguía. Pensó que se trataba de la conmoción y del golpe que se había dado contra el suelo, todo su cuerpo temblaba irrefrenablemente, sentía gotas de sudor surcar su estómago y su cabeza. Se le dificultaba respirar a cada paso que daba, los colores se hicieron más intensos y hubo un momento en que la luz de los faroles le parecieron soles que, para su desgracia, estaban demasiado cerca de ella. El sonido de los autos se hizo más y más fuerte, como si estuvieran metidos en su cabeza y los olores nauseabundos llegaban a su nariz de tal manera que debió detenerse para vomitar. Se tambaleó un par de veces y cayó al suelo otras tantas como si estuviera borracha, la poca gente que transitaba la miraba curiosa, pero no le tomaba mucho en cuenta. Ella deseó hablar y contarles lo sucedido, pero tan pronto abría la boca sentía que debía salir huyendo por el temor a que la consideraran loca.
Finalmente, los temblores fueron demasiado para ella y caminó hacia el callejón más cercano donde pudiera pasar desapercibida y estuviera a salvo. No creía poder soportar seguir caminando a su casa y rogó por que sus padres hubieran salidos a buscarla por su retraso.
Jadeante, se dejó caer entre los cartones viejos, esperando a que el dolor menguara y pudiera moverse, pero este hizo todo lo contrario. Se magnificó hasta límites insospechados, la luz de los faroles se hizo insoportable mientras ella miraba hacia el frente, hacia la calle y los negocios al otro lado de la misma y, de un momento a otro, ya no supo dónde estaba porque todo se había vuelto blanco.
La cama
La cama
El sonido no era muy fuerte, bueno tal vez un poco como para incomodar a cualquiera que estuviera a la redonda. Los resortes de la cama hacían un chirrido característico y molesto cuando se les forzaba en un movimiento que no debería de ser, también era molesto que se escucharan los golpes de la madera, el soporte del colchón golpear contra la pared.
No debería estar pasando, pero lo estaba y ella sabía que aquello iba a terminar mal cuando el sonido se volvió más estruendoso y los golpes más violentos. Entonces soltó el manojo de llaves que traía consigo y buscó aquella que hacía juego con la cerradura de la puerta.
Nerviosa hasta médula de los huesos, sólo alcanzó a insertarla cuando se escuchó el sonido de algo romperse, en específico, la madera al romperse. Su sangre se heló, ¡estaba perdida en todos los sentidos, pero juraba que no caería al infierno sola!
Giró la llave para quitar el seguro y luego hizo lo suyo con el pomo de la puerta. La abrió enojada, desesperada y frustrada, pero aquellos tres sentimientos no se comparaban al horror que la embargó al ver la escena ante sus ojos.
Destruida, la cama matrimonial estaba partida por la mitad y un par de niños asomaban sus cabezas por entre las sábanas que ellos mismos habían desordenado.
¡Estaba frita, la señora la iba a matar!, ir al infierno sería poco comparado con lo que aquella mujer huraña le gritaría. Los niños, como si nada hubiera ocurrido, le sonrieron de forma inocente, exculpándose cínicamente de su falta, pero ella no estaba para bromas ni miradas bonitas, durante todo el tiempo que llevaba trabajando en esa casa del demonio, ¡nunca pensó que ese par de chiquillos terminarían rompiendo la cama de sus padres!
Era la mala suerte, tal vez, siempre la había perseguido, se decía. Era el primer trabajo estable que tenía, el primero y se iba por el caño.
Entonces recordó a su amiga cuando le comentó que ser nana era fácil.
¡Al demonio, ser nana no es fácil!
El sonido no era muy fuerte, bueno tal vez un poco como para incomodar a cualquiera que estuviera a la redonda. Los resortes de la cama hacían un chirrido característico y molesto cuando se les forzaba en un movimiento que no debería de ser, también era molesto que se escucharan los golpes de la madera, el soporte del colchón golpear contra la pared.
No debería estar pasando, pero lo estaba y ella sabía que aquello iba a terminar mal cuando el sonido se volvió más estruendoso y los golpes más violentos. Entonces soltó el manojo de llaves que traía consigo y buscó aquella que hacía juego con la cerradura de la puerta.
Nerviosa hasta médula de los huesos, sólo alcanzó a insertarla cuando se escuchó el sonido de algo romperse, en específico, la madera al romperse. Su sangre se heló, ¡estaba perdida en todos los sentidos, pero juraba que no caería al infierno sola!
Giró la llave para quitar el seguro y luego hizo lo suyo con el pomo de la puerta. La abrió enojada, desesperada y frustrada, pero aquellos tres sentimientos no se comparaban al horror que la embargó al ver la escena ante sus ojos.
Destruida, la cama matrimonial estaba partida por la mitad y un par de niños asomaban sus cabezas por entre las sábanas que ellos mismos habían desordenado.
¡Estaba frita, la señora la iba a matar!, ir al infierno sería poco comparado con lo que aquella mujer huraña le gritaría. Los niños, como si nada hubiera ocurrido, le sonrieron de forma inocente, exculpándose cínicamente de su falta, pero ella no estaba para bromas ni miradas bonitas, durante todo el tiempo que llevaba trabajando en esa casa del demonio, ¡nunca pensó que ese par de chiquillos terminarían rompiendo la cama de sus padres!
Era la mala suerte, tal vez, siempre la había perseguido, se decía. Era el primer trabajo estable que tenía, el primero y se iba por el caño.
Entonces recordó a su amiga cuando le comentó que ser nana era fácil.
¡Al demonio, ser nana no es fácil!
El colmo de la estupides, de la locura y la mente cuadrada II
Continuando con este troll. Preparaos para su zarta de incoherencias, vamos puede que no insulte textual, pero lo sigue haciendo.
Enserio, y ahora mi paciente contestación. Sí, fui más ruda, porque el tipo me saca de quicio. En realidad, me reí bastante por sus tonterias. No, eran lágrimas, pero de indignación. ¿así quiere verse más culto? Enserio, tengo 18 y más ceso que él.
gracias gracias dios! por hacer que venga esta mujer a revelarme la verdad absoluta sobre los homos que feliz me siento! esta mujer que conoce los mas profundos secretos de la existencia humana ,muy buen discurso el que acabas de escribir,de verdad que casi lloro,es mas por un momento casi me haces cambiar de opinion,haber ya no te voy a insultar porque segun tu eres mujer y yo no insulto a las mujeres porque pienso que las mujeres son lo mas sagrado y hermoso que existe,pero tengo una duda ¿podrias decirme en que momento mencione que las mujeres eran inferiores a los hombres? yo nunca dije tal estupidez,es mas considero que las mujeres esta aun por encima de los hombres con algunas excepciones claro (facilmente tu podrias ser una de ellas)otra cosa no se de que me hablas pero voy a decirte algo si me conestas,por lo que dije de los chilenos o lo de los homosexuales,no importa estas mal y te voy a decir porque,la homosexulaidad es una desviacion sexual es algo que no es normal,va en contra de la naturaleza como ya te lo habia dicho,esa es la verdad y que porque los romanos practicaban la homosexualidad significa que estaba bien? es cierto que los esas antiguas civilizaciones que mencionan hicieron grandes aportes culturales,matematicos y cientificos,pero sabias que en el coliseo romano mataron a muchisima gente inocente,animales entre otras barbaridades y que traficaban con esclavos?sabias que los griegos creian en el dios de la lluvia,el dios del trueno,el dios del pan,el dios de la mantequilla y demas tonterias?a lo que me refiero (por si no lo entendiste)es que no porque ellos lo hacian siginficaba que estaba "bien"
Enserio, y ahora mi paciente contestación. Sí, fui más ruda, porque el tipo me saca de quicio. En realidad, me reí bastante por sus tonterias. No, eran lágrimas, pero de indignación. ¿así quiere verse más culto? Enserio, tengo 18 y más ceso que él.
Dios, ¿sabes lo increíblemente contradictorio que eres? Quieres que te traiga la parte en que dice: cuando ustedes las locas, son las que se ponen en contra de la naturaleza desafiandola y desobedeciendo su mandato de hombre-mujer que ya esta establecido desde tiempos inmemoriables (¿?) ¿Quieres que te lo ponga en mayúscula, en neón, en negrita?
¿Y quién te dijo que estaba diciéndote una verdad absoluta? (al parecer, y por tus comentarios, te crees que el mundo debe ser sólo a tu modo) la homosexualidad no es una desviación sexual, es algo natural aunque no lo creas (en el reino animal, tanto hembras como machos tienen sexo con sus iguales ¿te lo digo más explícito?) Por otra parte, tu intento de sarcasmo de da risa (aún más) y perdón, ¿qué te hace pensar que soy lesbiana?, ¿el hecho de que las defienda? (realmente no sabes argumentar, te basas sólo en subjetividades), pero a mí me importa muy poco decirte qué soy, pero de todas formas y para que no empieces a gritar, porque según tú soy homosexual y estos no merecen ser tratados como personas, soy heterosexual, pero respeto la diversidad sexual. Tengo una amiga homo y tengo otra que es bisexual y ellas actúan como gente normal, como cualquier persona al querer a otro, a mi no me avergüenza en absoluto.
Y otra cosa que causa gracias ¿quién dijo que la verdad absoluta era la que tenían los romanos y los griegos? Por dios, se nota que no lees. La cultura de hoy, la hace una iglesia que es una estupidez, metiéndose en la vida de la gente y etc., pero no por eso ando por el mundo echándole mierda (¿más claro el agua, no?), se trata de cultura, 'querido', sé muy bien lo que hacían los romanos y los griegos, sé que para los romanos su circo eran el coliseo y los esclavos que convertían en gladiadores, sé que eran grandes estrategas por ser inferiores en muchos otros ámbitos, sé que los griegos eran politeístas ¿y?. ¿Me vas a decir que ahora la única jurisdicción es el dios de los cristianos?
Enserio, comienza a organizar tus argumentos. Sigues flaqueando bastante. Por cierto... me dices que estoy mal, vaya aquí el único que parece estar mal en organización y argumentos eres tú.
De paso te digo que aún si fuera homosexual (además de decirlo) no sería inferior al resto, lo cual si lees entre líneas sigue siendo un insulto. Pero soy hetero, porque así siento, así me desarrollé.
Por cierto, ¿y lo de los chilenos? enserio, ¿en qué momento me lo rebatiste?, ¿en qué momento dijiste, oh, pero es esto y esto? Nada, absolutamente nada. Tú solito te desviaste del tema, así que atente a las consecuencias de que una muchacha de 18 años sea capaz de rebatirte tus falacias.
El colmo de la estupidez, de la locura y la mente cuadrada
Es bastante estúpido, irracional, fuera de foco, todo lo que se quiera decir.
Esto surgió mucho tiempo atrás, hacía unos 6 meses, cuando el terremoto del 27 de febrero ocurrió. Todos saben que comenzaron a pulular en youtube un montón de videos de personas que vivieron en carne propia el movimiento, pues fue en uno de estos videos en que me encontré con este personaje (troll en todas sus letras) que además de poco racional, es xenófobo y machista.
Aseguraba en sus comentarios que le agradaba saber que Chile había sufrido el terremoto y que le encantaba el hecho de que toda esa gente muriera, porque según él, somos escoria que no merece vivir. Respetuosamente, que ni siquiera le insulté como muchos compatriotas cabreados por semejante desplante de insentatez, a eso se le suma también apoyo internacional, le dije que no podía desear mal a nadie aunque fuera del país de la cochinchina, que cómo podía decir que se alegraba por que gente muriera, pero el dale que te dale, conque Chile es un país de mierda (puede serlo, depende del criterio de cada uno, a mí mi país me encanta, porque a pesar de ser pesados a veces, somos bastante humanitarios en términos generales). Nos acusó de ser un país belicoso (puedo decir lo contrario, porque como país tenemos problemas como cualquiera y, más aún, somos uno de los países mejores ubicados en el parámetro latinoamericano) todo surgido por el hecho de la renovación del armamento (que conste que el troll no es peruano, sino mexicano-esto lo aclaro sin afán de ofender, pero quien más se queja de la renovación son nuestros hermanos del norte-), cuestión bastante lógica si vamos pensando que todas las cosas materiales tienen una vida útil. Y ya era tiempito para cambiar los aviones y los barcos.
Bueno, la cuestión se paró; me aburrí de intentar razonar con alguien incapaz de ver más allá de su propia nariz, así que dejé de discutir y comencé a postear información para la ayuda internacional. De eso 6 meses, reitero, y no sé por qué se me ocurrió ayer revisar mi canal en youtube (que es bastante fome, no tengo nada más que mis favoritos y es que no tengo tiempo para subir videos XP) y me encuentro que él no sólo es incapaz de mandarme un mensaje privado para encararme, sino que lo publica allí. Una zarta de estupideces del tamaño de una torre sobre que le daba igual, que de todas formas le gustaba lo que nos había pasado. Literalmente, aquello no sólo me cabreó por ser el sujeto un gallina, sino que yo tengo un límite y mi mecha es bastante corta cuando se enciende. En resumidas cuentas le respondí que era un inmaduro xenófobo y que si quería argumentar, primero que buscara decirme algo con bases.
El me respondió, muy amablemente, esto (me encantaría postear el otro comment pero lo borré):
Nótese sus 21 años.
Y he aquí mi larga respuesta que abarca 4 comments en youtube:
A ver qué me responde. Bueno, en realidad ya tengo más que asumido que vendrá con una zarta de incoherencias y de insultos. Como todo troll,no tienen mucha sesera, aunque también están aquellos que se hacen pasar por cultos e insultan con palabras bonitas, lo cual es otro tema para hablar.
Desahogo en off.
Esto surgió mucho tiempo atrás, hacía unos 6 meses, cuando el terremoto del 27 de febrero ocurrió. Todos saben que comenzaron a pulular en youtube un montón de videos de personas que vivieron en carne propia el movimiento, pues fue en uno de estos videos en que me encontré con este personaje (troll en todas sus letras) que además de poco racional, es xenófobo y machista.
Aseguraba en sus comentarios que le agradaba saber que Chile había sufrido el terremoto y que le encantaba el hecho de que toda esa gente muriera, porque según él, somos escoria que no merece vivir. Respetuosamente, que ni siquiera le insulté como muchos compatriotas cabreados por semejante desplante de insentatez, a eso se le suma también apoyo internacional, le dije que no podía desear mal a nadie aunque fuera del país de la cochinchina, que cómo podía decir que se alegraba por que gente muriera, pero el dale que te dale, conque Chile es un país de mierda (puede serlo, depende del criterio de cada uno, a mí mi país me encanta, porque a pesar de ser pesados a veces, somos bastante humanitarios en términos generales). Nos acusó de ser un país belicoso (puedo decir lo contrario, porque como país tenemos problemas como cualquiera y, más aún, somos uno de los países mejores ubicados en el parámetro latinoamericano) todo surgido por el hecho de la renovación del armamento (que conste que el troll no es peruano, sino mexicano-esto lo aclaro sin afán de ofender, pero quien más se queja de la renovación son nuestros hermanos del norte-), cuestión bastante lógica si vamos pensando que todas las cosas materiales tienen una vida útil. Y ya era tiempito para cambiar los aviones y los barcos.
Bueno, la cuestión se paró; me aburrí de intentar razonar con alguien incapaz de ver más allá de su propia nariz, así que dejé de discutir y comencé a postear información para la ayuda internacional. De eso 6 meses, reitero, y no sé por qué se me ocurrió ayer revisar mi canal en youtube (que es bastante fome, no tengo nada más que mis favoritos y es que no tengo tiempo para subir videos XP) y me encuentro que él no sólo es incapaz de mandarme un mensaje privado para encararme, sino que lo publica allí. Una zarta de estupideces del tamaño de una torre sobre que le daba igual, que de todas formas le gustaba lo que nos había pasado. Literalmente, aquello no sólo me cabreó por ser el sujeto un gallina, sino que yo tengo un límite y mi mecha es bastante corta cuando se enciende. En resumidas cuentas le respondí que era un inmaduro xenófobo y que si quería argumentar, primero que buscara decirme algo con bases.
El me respondió, muy amablemente, esto (me encantaría postear el otro comment pero lo borré):
me llamas a mi xenofobo irracional? cuando uds las locas,son las que se ponen en contra de la naturaleza desafiandola y desobedeciendo su mandato de hombre-mujer que ya esta establecido desde tiempos inmemoriables,tu te imaginas lo asqueroso y repugnante que debe ser que un hombre tenga aliento a esperma? creo que no puede haber peor abominacion (aparte de ti claro),y por cierto no se puede respetar a alguien que por si mismo no se respeta
Nótese sus 21 años.
Y he aquí mi larga respuesta que abarca 4 comments en youtube:
Enserio, tu comentario en mi canal me hace reír. Como se nota que no sabes argumentar y te basas en insultos, falacias concretamente, para dirigirte a mí y, más aún, hablas de temas que ni siquiera vienen al caso. ¿Machismo y homosexualidad? ¿Que la mujer es inferior al hombre por ley natural? Oh, por favor, ¿según quién, la biblia, los hombres maltratadores, por la leyenda de Adán y Eva? Enserio, totalmente ridículo. ¿Sabías que científicamente es la mujer más fuerte que el hombre? no por el hecho de tener más músculo, sino por su capacidad de sobrevivencia, ¿sabías que nacen más mujeres vivas que hombres vivos? Y aún así no considero que un hombre o una mujer sea superior al contrario. Yo creo firmemente que ambos están al mismo nivel.
Ahora, me hablas de homosexualidad, ¿y a ti qué te importa si un hombre es gay o una mujer es lesbiana? No es un pecado capital, no es un castigo divino. Son sólo diferentes formas de sentir. Eso y nada más. Si quieres criticar algo, ve y critica a los romanos, a los griegos, etc. que ellos también mantenían relaciones entre hombres y lo veían normal. Enserio, no porque tengas mente cuadrada vas a insultar a un sector de la sociedad.
Me hablas de que no me respeto a mí misma ¿enserio? ¿qué te hace pensar eso? ¿Porque me enfrento a ti con mejores argumentos que los tuyos, porque debería quedarme callada ante tu falta de orientación por ser mujer?
Enserio, tienes 21 según tu perfil, a mi me late que no tienes más de 13 años. Enserio, yo con 18 años puedo alardear de ser lo suficientemente madura.
Hablaste de que atacaban a tu familia, quién sabe por qué (no me interesa) y que por eso odiabas a los chilenos o al mundo en general. Yo te digo que no sé que educación te habrán dado, pero si tus padres se molieron la espalda para dártela entonces empieza a utilizarla y empieza a gastar tu tiempo en cosas productivas como, no sé, expandir tus horizontes y dejar de meter a todos en un mismo saco.
Te lo diré así, uno puede ser de un barrio muy bajo en la que pululan los delincuentes, pero no necesariamente tú lo eres. Esa es la diferencia, no puedes generalizar (caes en una falacia) porque aquí y hasta la quebrada del ají siempre será lo mismo, habrás buena y mala gente, habrá homosexuales, bi y heteros ¿y? Eso se llama diversidad, algo que al parecer, tú no respetas.
A ver qué me responde. Bueno, en realidad ya tengo más que asumido que vendrá con una zarta de incoherencias y de insultos. Como todo troll,no tienen mucha sesera, aunque también están aquellos que se hacen pasar por cultos e insultan con palabras bonitas, lo cual es otro tema para hablar.
Desahogo en off.
Réquiem
Réquiem
El corazón grita desesperado y se vuelve miles de pedazos, carne muerta en tu pecho. Te refugias en el llanto, escondida en un rincón de tu angosta habitación y te preguntas una y otra vez lo mismo: ¿Por qué tú?
Él golpea la puerta insistentemente, tapas tus oídos para no escucharlo. Quieres olvidarte de que existes, pero lo cierto es que lo haces y no importa cuánto hagas, él terminará entrando. Lo sabes, pero aún guardas esperanza.
La puerta se abre, el seguro se ha roto de nuevo. Él se tambalea mientras entra, te sonríe y se acerca.
No puedes escapar.
Él te sujeta y te tira sobre la cama, tú te rindes, porque sabes que aunque grites nadie te escuchará, ellos harán oídos sordos y olvidarán, una vez más, que mereces respeto.
Oh sí, sabes que nadie te rescatará y que el único camino que queda para tu alma maltrecha es la muerte, porque aunque salgas de estas paredes que te ahogan, no hay lugar para ti en un mundo que nunca has conocido.
Llámame, añórame más mientras él te destruye, sólo espera un poco más… sólo deséame un instante más y yo llegaré a ti, te tomaré entre mis brazos y te alejaré del dolor.
Sólo añórame, niña linda, coge mi mano. Alcánzala. La Muerte siempre estará a tu servicio.
El corazón grita desesperado y se vuelve miles de pedazos, carne muerta en tu pecho. Te refugias en el llanto, escondida en un rincón de tu angosta habitación y te preguntas una y otra vez lo mismo: ¿Por qué tú?
Él golpea la puerta insistentemente, tapas tus oídos para no escucharlo. Quieres olvidarte de que existes, pero lo cierto es que lo haces y no importa cuánto hagas, él terminará entrando. Lo sabes, pero aún guardas esperanza.
La puerta se abre, el seguro se ha roto de nuevo. Él se tambalea mientras entra, te sonríe y se acerca.
No puedes escapar.
Él te sujeta y te tira sobre la cama, tú te rindes, porque sabes que aunque grites nadie te escuchará, ellos harán oídos sordos y olvidarán, una vez más, que mereces respeto.
Oh sí, sabes que nadie te rescatará y que el único camino que queda para tu alma maltrecha es la muerte, porque aunque salgas de estas paredes que te ahogan, no hay lugar para ti en un mundo que nunca has conocido.
Llámame, añórame más mientras él te destruye, sólo espera un poco más… sólo deséame un instante más y yo llegaré a ti, te tomaré entre mis brazos y te alejaré del dolor.
Sólo añórame, niña linda, coge mi mano. Alcánzala. La Muerte siempre estará a tu servicio.
Casualidad
Lo buscó por todas partes, esperando que no fuera demasiado tarde para la chica que estuviera en la mira del tipo, su corazón golpeaba acelerado en su pecho mientras sus ojos pasaban de rostro en rostro en la fiesta y sus hombros empujaban con violencia a sus compañeros de universidad que le tiraban un par de improperios por sus empujones, pero él no les prestaba atención, su mente estaba fija en un solo objetivo: Encontrarle antes de que le pusiera las manos encima a una chica.
Entonces, con el corazón en la boca, lo vio cerca del rincón junto al escenario, ofreciéndole la bebida a una muchacha de primer año que conocía como Rebeca, la muchacha recibió gustosa el vaso de alcohol y se lo llevó a la boca con una sonrisa.
Bebió hasta la última gota.
Corrió entre la multitud hacia aquél rincón, pasando a llevar a un par de amigos suyos que, sin que cruzara una sola palabra con ellos, lo siguieron extrañados por su actitud. Lo llamaron y le preguntaron qué sucedía, pero él no respondió, sólo siguió apartando bruscamente a la gente de su camino y llegó al otro extremo agitado y asustado al no encontrarlos en el lugar en que los había visto cinco minutos antes.
― ¡Esteban, para hombre! ―gritó por sobre la música su mejor amigo, pero él no lo escuchó y empezó a mirar a todas las direcciones posibles en busca de Rebeca y el tipo de último año.
En la salida de la discoteca los vio nuevamente y volvió a emprender la carrera hacia ellos, esta vez evitando la multitud, yéndose por la pared, dónde casi no pasaba gente y en un par de minutos, en el tiempo exacto en que se cierra la puerta tras ellos, él los alcanzó. Abrió la puerta y se dirigió directo al tipo que mantenía sujeta de la cintura a la muchacha.
― ¡Cuídala! ―le ordenó a uno de sus amigos cuando apartó de un sólo empujón al sujeto de quinto.
La muchacha trastrabilló cuando no tuvo un soporte en el que apoyarse y cayó al suelo, su vista estaba perdida, buscaba a su alrededor mientras su amigo la levantaba, entendiendo en ese acto la situación que él había evitado sólo por suerte.
― ¡¿Qué haces, imbécil?! ―gritó el tipo. Su cinismo hizo que le bullera la sangre.
― ¡¿Y tú, pendejo?! ―gritó furioso― ¡¿te crees hombre por intentar violar a una mujer?!
El otro detuvo su furia inmediatamente al ver que había sido descubierto y una palidez mortuoria se instaló en su rostro, sólo fue un minuto en que el silencio reinó, pero fue lo necesario para que el tipo diera media vuelta y saliera corriendo despavorido hacia el estacionamiento.
―Le sacaré la cresta―musitó Pablo a su lado, dispuesto a emprender una carrera en pos de golpear al sujeto.
―Ahora no―apresuró a decir― ¿tienes plata en el celular? ―preguntó a lo que su amigo asintió sin entender―llamaré a mi hermana para que nos lleve en auto a dejarla a su casa―agregó mientras marcaba el número apresuradamente y se llevaba el teléfono móvil a la oreja―Averigua donde está el vaso que le dio él, tendremos que pasar a los carabineros.
Su hermana tardó como siempre en contestar, pero no por un olvido de su teléfono, sino porque estaba dormida (eran cerca de las cuatro de la mañana), pero se despertó de inmediato cuando le contó rápidamente la historia. Ella le gritó, literalmente, que la esperaran listos en la salida y que no tardaba más de diez minutos en llegar, cuestión que él no dudó.
―Está en un rincón de la escalera―le dijo Pablo.
―Búscalo rápido y avísale al dueño. Tenemos diez minutos.
Su amigo asintió y volvió a entrar.
― ¿Cómo está? ―su otro amigo levantó el rostro. Había estando echándole aire con las manos a Rebeca para que se le fuera el mareo.
― Está sudando mucho―respondió y en efecto, la chica estaba sudando frío y cada vez se le veía más pálida.
―Te llevaremos a tu casa ¿ya? ―le dijo a lo que la chica asintió por inercia. Sí, la droga había actuado maravillosamente en el cuerpo de ella, estaba totalmente ida.
Los pacos escucharon atentamente su corto relato, desde el cómo se había enterado de la intención de Diego Rodríguez de violar consentidamente a Rebeca, hasta el momento en que su hermana llegó y la llevaron a la comisaria, donde no hubo mucho que poner en duda por el estado en que se encontraba la muchacha y el vaso que aún contenía restos de la pastilla de la violación.
Tuvo mucha suerte, muchísima suerte, se dijo mientras caminaba por los pasillos de la universidad, dirigiéndose a su cuarto periodo de clases. Rebeca hubiera sido violada si él no hubiera estado en el momento preciso en que Diego ponía la droga en el vaso y él, por cierto, no lo había vuelto a ver rondando por la universidad desde el incidente y; por habladurías de los chicos de quinto se había enterado que, además de violador en potencia, al tipo le gustaba eso de andar volándose con cocaína y marihuana. Al mismo tiempo se enfureció internamente con sus compañeros de último año, porque ellos sabían que el tipo era peligroso, que podía hacer cualquier cosa cuando estaba drogado o influir en otros, pero ninguno había dicho nada. ¡Ninguno de esos malditos hipócritas, sabiendo lo que sabían, intentó detenerlo y por eso había estado a unos minutos de aprovecharse de una niña!
Rebeca alzó el rostro al verlo, los de primer año tenían clase en la sala contigua a la suya esta vez. Él le sonrió cálidamente, daba gracias por que la menuda chica no había sufrido nada peor esa noche, ella le devolvió el gesto con un sonrojo en sus mejillas.
Entonces entendió por qué había sido el blanco de Diego. Ella era demasiado bonita para su propio bien, técnicamente parecía una muñeca, tan bajita que estaba seguro que no sobrepasaba el metro cincuenta, con la cara redondeada como la de un niño, los labios rosados y el cabello cobrizo cayéndole alrededor del rostro tal cual estas chicas que salían en esas telenovelas de cabras chicas.
Demasiado bonita para su propio bien, se repitió. Era toda una joyita en bruto con esos ademanes tímidos que poseía.
Sí, demasiado hasta para él.
― ¿Dónde estabas? ―Pablo le golpeó la espalda. No se había dado cuenta de que había salido del salón a buscarlo.
―Fui a la cafetería por chocolate―le mostró la bolsita de Rolls que había comprado con anterioridad.
―Oh, bueno, vamos que el profe ya está dentro―señaló sin apartar la vista de la comida.
―Sí, sí―respondió y volvió a guardar la bolsa en el bolsillo de su chaqueta y se dirigió a la puerta para entrar a la clase.
Volvió a mirarla un segundo antes de perderse en la oscuridad del salón, ella no apartó sus ojos oscuros de los suyos y le siguió sonriendo.
Y lo siguió haciendo aún y cuando él ya no la veía.
Entonces, con el corazón en la boca, lo vio cerca del rincón junto al escenario, ofreciéndole la bebida a una muchacha de primer año que conocía como Rebeca, la muchacha recibió gustosa el vaso de alcohol y se lo llevó a la boca con una sonrisa.
Bebió hasta la última gota.
Corrió entre la multitud hacia aquél rincón, pasando a llevar a un par de amigos suyos que, sin que cruzara una sola palabra con ellos, lo siguieron extrañados por su actitud. Lo llamaron y le preguntaron qué sucedía, pero él no respondió, sólo siguió apartando bruscamente a la gente de su camino y llegó al otro extremo agitado y asustado al no encontrarlos en el lugar en que los había visto cinco minutos antes.
― ¡Esteban, para hombre! ―gritó por sobre la música su mejor amigo, pero él no lo escuchó y empezó a mirar a todas las direcciones posibles en busca de Rebeca y el tipo de último año.
En la salida de la discoteca los vio nuevamente y volvió a emprender la carrera hacia ellos, esta vez evitando la multitud, yéndose por la pared, dónde casi no pasaba gente y en un par de minutos, en el tiempo exacto en que se cierra la puerta tras ellos, él los alcanzó. Abrió la puerta y se dirigió directo al tipo que mantenía sujeta de la cintura a la muchacha.
― ¡Cuídala! ―le ordenó a uno de sus amigos cuando apartó de un sólo empujón al sujeto de quinto.
La muchacha trastrabilló cuando no tuvo un soporte en el que apoyarse y cayó al suelo, su vista estaba perdida, buscaba a su alrededor mientras su amigo la levantaba, entendiendo en ese acto la situación que él había evitado sólo por suerte.
― ¡¿Qué haces, imbécil?! ―gritó el tipo. Su cinismo hizo que le bullera la sangre.
― ¡¿Y tú, pendejo?! ―gritó furioso― ¡¿te crees hombre por intentar violar a una mujer?!
El otro detuvo su furia inmediatamente al ver que había sido descubierto y una palidez mortuoria se instaló en su rostro, sólo fue un minuto en que el silencio reinó, pero fue lo necesario para que el tipo diera media vuelta y saliera corriendo despavorido hacia el estacionamiento.
―Le sacaré la cresta―musitó Pablo a su lado, dispuesto a emprender una carrera en pos de golpear al sujeto.
―Ahora no―apresuró a decir― ¿tienes plata en el celular? ―preguntó a lo que su amigo asintió sin entender―llamaré a mi hermana para que nos lleve en auto a dejarla a su casa―agregó mientras marcaba el número apresuradamente y se llevaba el teléfono móvil a la oreja―Averigua donde está el vaso que le dio él, tendremos que pasar a los carabineros.
Su hermana tardó como siempre en contestar, pero no por un olvido de su teléfono, sino porque estaba dormida (eran cerca de las cuatro de la mañana), pero se despertó de inmediato cuando le contó rápidamente la historia. Ella le gritó, literalmente, que la esperaran listos en la salida y que no tardaba más de diez minutos en llegar, cuestión que él no dudó.
―Está en un rincón de la escalera―le dijo Pablo.
―Búscalo rápido y avísale al dueño. Tenemos diez minutos.
Su amigo asintió y volvió a entrar.
― ¿Cómo está? ―su otro amigo levantó el rostro. Había estando echándole aire con las manos a Rebeca para que se le fuera el mareo.
― Está sudando mucho―respondió y en efecto, la chica estaba sudando frío y cada vez se le veía más pálida.
―Te llevaremos a tu casa ¿ya? ―le dijo a lo que la chica asintió por inercia. Sí, la droga había actuado maravillosamente en el cuerpo de ella, estaba totalmente ida.
Los pacos escucharon atentamente su corto relato, desde el cómo se había enterado de la intención de Diego Rodríguez de violar consentidamente a Rebeca, hasta el momento en que su hermana llegó y la llevaron a la comisaria, donde no hubo mucho que poner en duda por el estado en que se encontraba la muchacha y el vaso que aún contenía restos de la pastilla de la violación.
Tuvo mucha suerte, muchísima suerte, se dijo mientras caminaba por los pasillos de la universidad, dirigiéndose a su cuarto periodo de clases. Rebeca hubiera sido violada si él no hubiera estado en el momento preciso en que Diego ponía la droga en el vaso y él, por cierto, no lo había vuelto a ver rondando por la universidad desde el incidente y; por habladurías de los chicos de quinto se había enterado que, además de violador en potencia, al tipo le gustaba eso de andar volándose con cocaína y marihuana. Al mismo tiempo se enfureció internamente con sus compañeros de último año, porque ellos sabían que el tipo era peligroso, que podía hacer cualquier cosa cuando estaba drogado o influir en otros, pero ninguno había dicho nada. ¡Ninguno de esos malditos hipócritas, sabiendo lo que sabían, intentó detenerlo y por eso había estado a unos minutos de aprovecharse de una niña!
Rebeca alzó el rostro al verlo, los de primer año tenían clase en la sala contigua a la suya esta vez. Él le sonrió cálidamente, daba gracias por que la menuda chica no había sufrido nada peor esa noche, ella le devolvió el gesto con un sonrojo en sus mejillas.
Entonces entendió por qué había sido el blanco de Diego. Ella era demasiado bonita para su propio bien, técnicamente parecía una muñeca, tan bajita que estaba seguro que no sobrepasaba el metro cincuenta, con la cara redondeada como la de un niño, los labios rosados y el cabello cobrizo cayéndole alrededor del rostro tal cual estas chicas que salían en esas telenovelas de cabras chicas.
Demasiado bonita para su propio bien, se repitió. Era toda una joyita en bruto con esos ademanes tímidos que poseía.
Sí, demasiado hasta para él.
― ¿Dónde estabas? ―Pablo le golpeó la espalda. No se había dado cuenta de que había salido del salón a buscarlo.
―Fui a la cafetería por chocolate―le mostró la bolsita de Rolls que había comprado con anterioridad.
―Oh, bueno, vamos que el profe ya está dentro―señaló sin apartar la vista de la comida.
―Sí, sí―respondió y volvió a guardar la bolsa en el bolsillo de su chaqueta y se dirigió a la puerta para entrar a la clase.
Volvió a mirarla un segundo antes de perderse en la oscuridad del salón, ella no apartó sus ojos oscuros de los suyos y le siguió sonriendo.
Y lo siguió haciendo aún y cuando él ya no la veía.
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