martes, 3 de agosto de 2010 | By: Aline

Que lo sepan

Un fanfic de Twilight, después de leer un fanfic perturbado de Estora, Seven, con respecto a Renesmee Cullen y su relación con Jacob Black.

Porque en esta saga hay más plot holes que en cualquier otra. Les presento:

Que lo sepan


Hubo un momento en que lo pensé, en que creí que todo lo que ocurría a mí alrededor estaba bien. Había crecido rodeada de lujos, de mimos por parte de todos, pero ciertamente, nada podía equiparar el dolor que no viví.

Tengo diez años cronológicos, un cuerpo de una muchacha de dieciocho, la mentalidad… la racionalidad de una joven mayor de edad. Pero…

Recordando bien, ¿qué es lo que viví?, ¿cuáles son las experiencias de la infancia que tuve? No hay nada, no hay un jardín de infantes, ni una primaria ni una secundaria. No había amigos de mi edad, más que mi círculo cercano que se empeñaba en prohibirme compartir con chicos.

De mi edad… tengo diez años y un cuerpo de dieciocho.

Mis padres me miran con orgullo, diciendo que soy especial, que ningún otro niño podría entender lo que soy y cómo soy. Mis tíos opinan lo mismo: ¿Por qué interactuar con los jóvenes humanos? ellos no podrían entenderme, decían.

No es que ellos no pudieran entender lo que soy. Es que yo no tuve la oportunidad de explicar lo que soy. Tengo diez, sólo diez… y no tengo infancia. Conozco el mundo de los adultos, puedo manejar, beber, fumar, cazar, ver películas porno o entrar a los shows de striptease como cualquier chico o chica de dieciocho, pero no conozco el mundo de los niños.

No importa cuánto Jacob intente ser mi ‘pareja ideal’. Lo sé y duele. No importa cuántas veces me repitan que yo no podía compartir con los niños porque soy diferente. Hubiera preferido que se arriesgaran, que me dejaran compartir, que me dejaran vivir sin el peso que me imponen.

Soy un ente pensante, sé que Jacob espera con ansias que yo le diga sí. Sé que el ansía casarse conmigo y tener sexo con la niña que vio crecer desde el momento de su nacimiento. Sé que mi familia no se opone y sólo espera mi respuesta.

Yo sólo lloro.

¿Qué es lo que esperan de mí?, ¿Que, simplemente, deje que él haga y deshaga conmigo?, ¿quieren acaso que no tenga ninguna oportunidad de vivir?, ¿de tener oportunidades y conocer otra gente? La respuesta es sí, ellos esperan que yo no tenga voluntad.

El ambiente me sofoca. No soporto mirar a la cara a mi padre, él sabe que no quiero nada de esto. Lo sabe porque lee mis pensamientos y sé que gran parte de él, aún y cuánto estima a Jacob, está sufriendo. Sé que mi madre no entiende, ella necesita de su Jacob… supongo que eso hace que evite ver que yo no deseo lo que todos anhelan.

Le quiero tal vez, pero no para tener una relación de pareja, no para tener sexo. Jamás, la sola idea me repugna. La sola idea me hace pensar en que ese viejo compañero de juegos es un pedófilo y no puedo evitar recordar a Claire de paso. Con sus doce años, sé que ella comienza a darse cuenta que su relación con Quil no es normal.

Esta noche no hay marcha atrás, no pienso quedarme un momento más en esa casa de locos, donde todos parecen esperar que la familia feliz esté completa con mi sí. No, quiero ver el mundo, conocer gente… vivir, aunque sea bastante irónico dada mi condición.
No importa, sólo sé que revuelvo mi habitación mientras mis padres están de casería y Jacob está en la Push con su padre. Tía Alice no puede ver mi futuro, sé que mi padre está lo suficientemente entretenido con mi madre como para no darse cuenta de mis planes y sé que Carlisle no se opondrá a mi decisión. Lo sé… porque ha estado observándome en silencio al otro lado del cuarto mientras yo guardo todo lo que puedo en un par de maletas.

Yo le miro, él me mira. Le sonrió. Quizás no vuelva a verlo en mucho tiempo. Él me devuelve el gesto y me extiende un par de pasaportes y documentos falsificados. Los necesitaría si quería salir del país.

Entonces recordé a Claire… y quise llorar. ¿Debía sacarla de ahí? Sí, pero aquello sería secuestro. Claire tenía una familia normal, aunque ignorante de todo lo que ocurría con su hija. Ella se casaría con el hombre que la cuidó cuando aún andaba en pañales.

No, no podía permitir aquello. Aún y cuanto Quil me cayera bien, Claire se merecía mucho más que una imprimación. Ella tenía todo el derecho como yo a elegir.
No tardé mucho en tomar lo que para mí era la decisión correcta, guardé los pasaportes sabiendo que uno era para la niña, tomé las maletas y salí huyendo por la ventana de mi habitación a vista y paciencia de Carlisle, que sólo se limitó a musitarme un cuídate.

Claire me miró aún con ojos inocentes, sabía que ella entendía cuál era el motivo de mi visita, pero ella era una niña mentalmente, sabía que si ella decidía venir a mi lado, no vería más a sus padres. Cambiaría de identidad para siempre. No quise presionarla, esperé pacientemente su respuesta, aunque nerviosa pues el tiempo pasaba y debía correr al auto que había logrado comprar a espaldas de mi familia; y que estaba oculto en una bodega abandonada a las afueras de Forks. Mi boleto de ida al aeropuerto estaba ahí. O mejor dicho, los boletos. Ahora me daba cuenta que siempre tuve en cuenta a Claire en todo este plan de huída.

Entonces Claire me miró y asintió con la cabeza. La abracé fuertemente y le dije que yo siempre cuidaría de ella hasta el momento en que decidiera partir de mi lado. Ella asintió llorosa y luego nos pusimos a la obra. Claire se vistió con cuidado para no despertar a sus padres, yo guardé su ropa y algunos objetos personales en un bolso y luego, sin más, la hice subir a mi espalda.

El resto es historia. No me importa si le he roto el corazón a Jacob…

Sí me importa, me duele, es como si me estuvieran cortando en mil pedazos, sin embargo… no quiero volver. No quiero volver a verles las caras nunca más. No quiero ver el rostro de mi madre y de mi padre mostrando complacencia por quedarme con Jacob, ni quiero que Claire pase por lo mismo.

Nosotras somos entes pensantes, tenemos todas nuestras facultades mentales para decidir nuestros destinos. Claire y yo hemos elegido. No vamos a vacilar, yo sé que ella puede verlo en mis ojos y yo puedo verlo en los suyos. No hay duda, sólo determinación cuando tomo su mano mientras el avión despega de la pista.

Crearemos nuestros propios destinos, abriremos nuestros propios caminos. No habrá ninguna influencia paranormal, porque queremos que lo sepan: Nosotras podemos elegir.


martes, 13 de julio de 2010 | By: Aline

Porque no todo es color de rosa II.



Relato II:

A la orilla del lago



Mi vista pasó de mi libreta al lago, alguien se había atrevido a lanzarse al agua, salpicándome a mí y a mi pobre cuaderno de anotaciones. Lancé un suspiro a la brisa fresca del verano y observé al sujeto en cuestión que había reaparecido de entre las aguas cristalinas.

― ¡¿Hace demasiado calor como para quedarse en la orilla, no crees?! ―no estaba precisamente contenta y se lo hice saber con la mirada. Él bajó la mano que había levantado para incitarme a ir a nadar, quizás intimidado― ¿Te has enfadado? ― comenzó a nadar en mi dirección, cuestión que me molestó aún más.

Me levanté, no tenía el mayor interés de hablar con ese tipo. Removí las hojas y el pasto de mi vestido celeste y di media vuelta para encaminarme a la casa de mis abuelos.

― ¡Hey! ―lo escuché gritar, pero yo no me detuve. El camino era lo suficientemente corto como para evitar que él me siguiera atosigando así que apresuré el paso hasta llegar al pórtico, donde me detuve para coger las llaves en el pequeño bolso que traía encima― ¿Eres la nieta del viejo pescador?

La pregunta fue hecha de tan cerca que me sobresaltó. Me giré sobre mis pies para encararlo, él estaba con un pie mojado arriba de la pequeña escalinata de madera que daba al pórtico de la vieja casa del lago que pertenecía a los padres de mi viejo.

―El viejo pescador tiene un nombre―respondí, pero él no se enfadó ni hizo alguna mueca por mi respuesta, mas bien, sonrió.

―No me sé su nombre―se encogió de hombros, a lo que yo fruncí el ceño.

―Su nombre es Emiliano Cortés―recalqué las últimas dos palabras para que él no se olvidara.

―Entonces… ¿eres su nieta? ―insistió.

Yo le sonreí inmediatamente y acomodé mi libreta que comenzaba a resbalarse de mis manos.

― ¿Hay alguna razón para tanto interés?

―Sólo es curiosidad, te vi llegar anteayer con tus padres y… sólo eso―volvió a hacer un gesto desinteresado.

―Ya―pronuncié desganada y me dispuse a volver mi atención a la puerta de madera.

―Soy Seth, vivo en la casa de más allá, en la costa Este del lago―subió la escalera como si yo le hubiese permitido hacerlo al responderle.

Yo asentí, entonces me fijé en él con mayor detenimiento. Además de que llevaba bañador y era de una contextura normal, su piel era de un color moreno, labios finos que formaban una línea perfecta al juntarlos, la nariz era un poco larga y recta, sus ojos eran grises y almendrados, mientras que su cabello era castaño oscuro, casi negro, pero lo que más destacaba de él era que estaba todo empapado, y las gotas caían sobre la vieja madera del pórtico que ya estaba manchado con tierra y pasto por culpa de los pies de él.

―Estás ensuciando todo―señalé.

Seth miró inmediatamente sus pies y en un acto reflejo dio un salto hacia atrás, cayendo de espalda contra los escalones. Di un grito antes de acercarme hacia el caído, bajando los escalones de un salto para ir a levantar su cabeza que se había golpeado fuertemente.

― ¿Estás bien? ―pregunté suavemente mientras me arrodillaba y dejaba la libreta y mi bolsito a un lado para estar más cómoda.

Él me miró con los ojos desorbitados mientras yo levantaba su cabeza cuidadosamente y la apoyaba en mi regazo para que estuviese más cómodo.

―No te muevas ¿entendiste? ―le dije.

―De acuerdo―musitó.

Yo alcé el rostro y grité en dirección a la casa, donde mi abuela seguramente estaría cociendo en la maquina. Hice varios intentos, hasta que finalmente la puerta de entrada se abrió para dar paso a mi abuelita con sus cabellos canos y la piel llena de arrugas y lunares.

― ¿Qué a sucedido? ―el tono de su voz era bajo y a veces ni las emociones lograban alterarlo, yo ya estaba acostumbrada y en vez de intentar escuchar lo que decía, simplemente, leía sus labios.

―Se ha caído mientras hablábamos, creo que resbaló―dije bien alto para que me entendiera. Seth me miró con un mensaje implícito, y yo le sonreí de vuelta, sería vergonzoso para él que le dijera a alguien que el muy tonto había dado un salto hacia atrás cuando había una escalera tras él.

―No lo muevas, Erin, voy a buscar el teléfono para llamar a tu abuelo―pronunció.

― ¿No sería mejor llevarlo adentro?

―No, no, mijita, se golpeó la cabeza ¿no es así? ―yo sentí en respuesta―entonces es mejor que se quede ahí―no estaba muy conforme con eso, especialmente porque el pobre tipo debía estar muy incómodo en esa posición.

― ¡Apresura el paso entonces! ―exclamé y mi abuela salió corriendo, en realidad, caminando lo más rápido que podía hacia el teléfono de la casa.

―Esto es raro―pronunció Seth.

―Eres idiota para saltar de esa manera―le comenté. Él me sonrió, aunque más bien parecía una mueca.

―Tu nombre es Erin―musitó y yo le respondí afirmativamente con la cabeza a lo que él agregó: ―soy Seth, un gusto―sonreí abiertamente. Este chico era un caso.

No sé nadar, le había dicho avergonzada luego que él insistiera en ir a refrescarnos al lago. En realidad, pensaba que se burlaría por este detalle, pero no lo hizo, él sólo me miró unos minutos y luego me ofreció enseñarme. Esto sería raro, muy raro. Quizás si fuera más pequeña estaría encantada, pero ahora que contaba con diecisiete años era algo más complicado, especialmente si te enseñaba un chico de la misma edad.
La primera sesión fue simple, me enseñó a flotar sobre el agua del lago, él me comentó que si alguna vez iba al mar me daría cuenta que era mucho más fácil mantenerse a flote allí que en el lago puesto que el agua dulce provoca que uno se hunda con mayor facilidad. Era un dato curioso que no dejé pasar y anoté rápidamente en mi libreta.
La segunda y tercera sesión fueron de práctica, me enseñó a nadar como los nadadores olímpicos y luego me ayudó a nadar bajo la superficie, cuestión que no fue de mucho agrado, no sé cuantas veces terminé tosiendo por que el agua me entraba por la nariz. Lo que me chocaba era que él se reía cada vez que pasaba y yo le hacía notar mi molestia con un buen empujón, algo que a él no parecía molestarlo en lo más mínimo, pero que hacia detener sus carcajadas.

Creo que tardé más en nadar por mi cuenta, cuando Seth estaba ocupado para enseñarme, pero los progresos que notaba los escribía en mi libreta malograda por las salpicaduras que él había provocado cuando nos conocimos y luego se las mostraba. Muchas veces me había dado cuenta que Seth se sentía realmente atraído por el contenido de ella, lo había visto en sus ojos, una curiosidad similar a la de un gato, yo en cambio no tenía el menor interés de mostrarles mis secretos pensamientos allí escritos.
La libreta no era un diario como la mayoría de las chicas pudieran pensar, era un simple cuadernito que usaba para anotar mis pensamientos del momento, eran frases que no tenían conexión alguna una con otra, unas podían ser deprimentes y otras eran de alegría o enojo, pero no había un relato amoroso que alguien pudiera descifrar con esas palabras, nunca nombraba a un él, ni jamás nombraba a una ella si la frase se trataba de alguna mujer. Pero aquellos pequeños fragmentos de mi mente sólo me pertenecían a mí y Seth no tenía por qué enterarse de ellos.

―Tengo curiosidad―me comentó mientras me pasaba una toalla para secarme el cuerpo.

―Lo he notado―contesté, él me sonrió radiante.

― ¿La libreta es tan importante?

― ¿A ti te importa? ―fruncí el ceño mientras me ponía las sandalias para no ensuciarme los pies con la tierra.

― Es tu diario ¿no? ―pude detectar la incomodidad en su tono de voz. Quizás me demostré muy ruda.

―Un diario no es, pero es algo similar―contesté. Él sólo asintió y eso fue todo lo que hablamos aquel día.

Está lloviendo en pleno verano, es extraño ver por la ventana de la sala las gotas de lluvia golpear contra la superficie siempre calma del lago. Era deprimente, para colmo, no había visto a Seth desde hacía un par de días y me hacía falta, me distraía algunas veces de mis preocupaciones estudiantiles con su humor y su simple presencia hacía que el fantasma de Ian se difuminara con mayor rapidez.
Ian, desde aquella ocasión en los arbustos del colegio no había vuelto a hablarle y él tampoco se me acercaba. Supongo que no tenía un verdadero interés en recuperar mi amistad, puesto que se rindió de inmediato… o tal vez había sido demasiado dura con él, no estoy segura. La verdad es que aquello me importaba ya muy poco, sólo quedaba un año antes de comenzar la universidad y no había tiempo para salvar esa relación de años. Lo único frustrante era que todo se había ido al caño por una chica.

Anabel, su nombre me producía asco. A veces me gustaría golpear su nariz perfecta.

―Qué resentida…―pronuncié. Mi abuelo levantó la vista del periódico y me miró interrogante―Nada, abuelo―contesté a su muda pregunta y el volvió a centrarse en su lectura.

Amaneció despejado, había una brisa helada y no tenía intención de meterme al agua con ese frío horrendo. El calendario marcaba una semana antes del inicio de clases, marzo estaba demasiado cerca para mi gusto y quizás ese era el motivo de ese cambio drástico de la temperatura.

―Erin, Seth ha venido a buscarte―la abuela me miraba desde la puerta con una mirada suspicaz, hecho que me incomodó bastante.

―Dile que me pongo una chaqueta y salgo, por favor―traté de no mostrarme turbada porque sino mis queridos abuelos estarían preguntándome toda la tarde y parte de la noche por esa reacción.

―Por supuesto, querida, sólo apresúrate o el tren se irá―dijo en tono melódico, aquello sí que fue una sorpresa para mí.

―De acuerdo…―musité.

No tardé mucho, saqué la primera chaqueta que encontré en el armario y me encaminé a la puerta, de paso me despedí de mi abuelo quien tomaba una taza de café cargado.

―Si la llevas al pueblo, asegúrate de llevarla al museo… a ella le encanta lo antiguo―mi querida abuela estaba atosigando a mi nuevo amigo con extrañas ideas.

―Abuela―pronuncié rápidamente y ella saltó sobre su puesto al escucharme―no le metas ideas en la cabeza, lo atosigas.

Seth estaba demasiado callado para mi propio gusto, no era común en él. En todo ese mes y medio, él parecía un lorito hablándole a una pared-la cual resultaba ser yo-y ahora se mostraba tan serio… casi podía notar la tensión en sus músculos mientras caminábamos por la orilla del lago.

―Me voy mañana―comenté para sacar un tema de conversación, él se detuvo al instante de escuchar aquello y se giró para verme directamente a la cara―Tu también te irás pronto a tu ciudad, volverás a clases igual que yo.

― ¿Cuándo pensabas decirme? ―preguntó frunciendo el ceño.

―No había tenido la oportunidad de decírtelo, no nos hemos visto en días y además… era lógico que ocurriera ya, estamos a las puertas de marzo.

Él dejó escapar un suspiro y sonrió tristemente. Aquello no me agradaba nada.

―Será extraño no verte―comentó al final.

―Opino lo mismo―le concedí y luego agregué: ―este mes y medio fue fabuloso, Seth, quiero que lo sepas. Me enseñaste a nadar y eso es todo un logro… nunca me ha gustado el agua.

―Lo supuse cuando no querías ir al pueblo a comprarte un bañador―rió.

Él se sentó a la sombra del mismo árbol en el que yo estuve cuando nos conocimos. Aquello me provocó ganas de llorar.

―Siéntate―golpeó el suelo a su lado y yo hice exactamente lo que me pedía. Sería el último día en que estuviéramos juntos.

Lo vi girarse hacia un costado y hacer movimientos extraños, como haciendo fuerza, aquello despertó mí controlada curiosidad y estuve a punto de preguntarle qué hacía cuando él me tapó los ojos con su mano libre.

― ¿Qué haces? ―era molesto.

―Te destaparé los ojos en un segundo, pero no te impacientes―aseguró y yo detuve mi intento de apartar su mano.

Unos segundos después, Seth dejó de presionar su mano contra mis ojos y me permitió mirar lo que él había estado haciendo instantes antes.

Sonreí sin evitarlo y tomé el ramito de flores blancas entre mis manos.

―No voy a comprarte rosas ni flores delicadas, no es mi estilo y tampoco el tuyo―dijo inmediatamente―las margaritas se parecen más a ti, son perennes y fuertes… como tú.

Yo no tendía a sonrojarme con facilidad, pero aquello me tomó por sorpresa. ¡Seth se me estaba declarando!

―Gracias…―pronuncié sin voz. Él sonrió y se removió incómodo en su puesto.

―Yo también tengo algo para ti―y, rápidamente, con la mano libre saqué del bolsillo de mi chaqueta la libreta que a él tanta curiosidad le había causado. Seth la miró sorprendido, como si no se lo creyera―puedes leerla toda, pero primero lee la última página marcada.

Él asintió quedamente, quizás tratando de asimilar lo que había dicho así que tomé mi libretita y la abrí en la página que quería que leyera primero. Ésta decía y cito lo que escribí:

Lo que hay escrito mucho antes de conocerte son parte de mis experiencias y mi pasado, una persona vive una cantidad enorme de experiencias y es algo natural. Lo que sientas al leer esas páginas no deben poner en duda lo que está escrito más abajo ¿entendiste? Yo no soy buena declarándome, nunca lo he hecho.

Me gustas, Seth.


Él sonrió al leer las últimas palabras y levantó el rostro para verme a la cara, yo le devolví el gesto y al mismo tiempo me maldije porque sentía las mejillas extremadamente calientes. Seguramente estaba más roja que un tomate maduro.

―Será una relación a distancia―comentó mientras se me acercaba.

―Bueno, intentarlo es mejor que quedarse pensando en el qué hubiera pasado si―contesté sin demora antes de que él posara sus labios sobre los míos y me perdiera en las sensaciones que aquella caricia me proporcionaba. Las mariposas eran molestas, pero me encantaban.

―Te quiero―pronunció al separarnos y yo le sonreí, implícitamente le di el mensaje que sentía lo mismo.

―Sólo una cosa, mañana me devuelves la libreta… quiero seguir escribiendo en ella y llenarla de tus recuerdos.

―Prometido―respondió antes de volver a posar sus labios sobre los míos.

La distancia es complicada, será todo un reto mantener una relación así, pero si lo que sentimos es fuerte, entonces el próximo verano; o tal vez más pronto de lo que creo, nos reencontraríamos como si fuéramos dos amantes a mitad de la noche. Si todo iba bien, volveríamos a encontrarnos a la orilla del lago y bajo este mismo árbol. Los únicos testigos de nuestro encuentro.

Sentido de pérdida

Sentido de Pérdida


Tu rostro y tu cuerpo, al verte ahí parado a unos metros de mí, mi corazón se acelera; su compás resuena en mis oídos y mi sangre se arremolina en mis mejillas como aquella tarde de febrero en que nos conocimos. Todo es mágico, irreal y maravilloso. Tus ojos miran ese vestido que a ti tanto te gustaba, decías que me veía tierna con el puesto. Me lo puse por ti hoy día, para que acaricies mi coronilla y enredes tus manos en mis cabellos oscuros, deseo que me beses la frente con tus labios, como si fuera una niñita. Añoro que me ames como aquella noche en la que no vimos fronteras y el futuro se sentía tan cercano. ¡Oh, por favor, acércate de nuevo y toma mi mano, quiero tanto caminar a tu lado y volver al parque de nuestras ilusiones!

¿Me escuchas?, ¿logras oír mi llamado?, ¿sientes mi corazón, sientes mi respiración pesada, ves mis manos jugando por el nerviosismo… siquiera me ves?
Tu ser se difumina, desaparece como un espejismo tan pronto doy un paso ansioso hacia ti. Te grito desesperada, esperando que no te vayas, pero tú no me oyes y desapareces. Era extraño y a la vez familiar, la historia se repetía una y otra vez, cada mañana al despertar me colocaba el vestido blanco y me peinaba para ti, pero al encontrare en nuestro lugar secreto, desapareces como una ilusión. ¿Por qué? Nunca logro alcanzarte, el tiempo parece no avanzar y cada día me parece igual al otro ¿Qué sucede?, ¿Qué es este juego que me impide acercarme a ti?

¡Quiero abrazarte y acariciarte, enmarcar tu rostro entre mis manos y plantar mis besos en tu boca, lo deseo todo!, ¡¿Por qué me lo impiden, cuál es el objetivo de todo esto?!

Mis lágrimas salieron de mis ojos y me dejé caer como tantas veces ya había hecho, quería que esto terminara. Era una pesadilla y deseaba despertar. Verte de nuevo a mi lado, en carne y hueso, eso quería.

Una pequeña luz llamó mi atención, alcé mi rostro empapado y estiré mi mano al pequeño agujero blanco frente a mí.

―Está despertando―es una voz desconocida. Mis ojos se abren ansiosos y la luz del techo me ciega por minutos eternos― ¿Karime, puedes escucharme bien, entiendes lo que te estoy diciendo?

Mis ojos lo enfocaron, era un hombre mayor, su cabello cano y la bata blanca fue lo que más me llamó la atención. Era un médico y, por deducción, debía estar en un hospital.

―Sí―pronuncié tan bajo y ronco que me sorprendí.

Alguien echó a llorar, el chillido que lanzó me alertó y miré hacia un lado. Mi familia estaba allí, todos con los ojos llorosos, pero no pude evitar mirarlos consternada, sus rostros… todos ellos eran distintos.

Mi madre tenía canas en el cabello y mi padre parecía más viejo y cansado de lo que recordaba, pero lo que más me llamó la atención no fueron ellos, sino mis hermanos. Ambos eran altos y unas barbas de dos días crecían en sus rostros. ¿Por qué? Ellos debían tener once años, no parecer adultos jóvenes. ¿Qué era lo que había pasado?

El médico se alejó de mí y se dirigió a mi padre, le murmuró unas cuantas cosas que yo no logré escuchar y a las que él asintió. Me sentía extraña y todo me inquietaba. Moví mis manos para poder incorporarme para luego mover mis piernas y levantarme de una vez, pero no lo logré.

Mis brazos se sentían tan débiles que apenas lograban sostenerme, pero mis piernas… al internar moverlas, era como si no estuvieran ahí.

― ¿Qué pasa? ―me incorporé violenta y descuidadamente, tirando los cables que me conectaban a una maquina extraña y corrí las sábanas sin demora.

― ¡Karime! ―reaccionó mi madre al escucharme gritar.

Hubo un jaleo, mi mente no asimilaba lo que veía y mi familia me rodeaba intentando hacerme reaccionar mientras entraba en una especie de colapso nervioso. Grité el nombre de él, grité con fuerza para que él me escuchara y viniera a acariciar mis cabellos para consolarme, pero él no entró por ninguna puerta y alguien susurró una palabra que no deseaba escuchar en absoluto: Muerto.

El llanto fue mayor, mi desesperación aumentó mientras tocaba lo que quedaban de mis piernas. Las había perdido, a ambas y a él también.

Hubo un flash en mi memoria, el sonido de la lluvia golpeando las ventanas, la radio del auto… su voz y sus ojos fijos en la ruta. El camión salido de la nada, la bocina estruendosa. Los giros, los cristales rotos, el fierro retorcido. Los impactos y luego, todo blanco.

Apreté la mano dónde mantenía el anillo de promesa en mi pecho y seguí llorando sin escuchar nada más. ¿Cuánto tiempo había pasado desde eso, diez o veinte años… cuánto? No recibí respuesta, porque la aguja atravesó mi piel y me adormecí nuevamente.

Su rostro me esperaba en el sueño, me miró sonriente, como todos esos años que compartimos juntos. Por favor, no me hagan despertar de nuevo, la realidad es cruda y maldita, prefiero vivir el mismo día todos los días a volver a ver en lo que me he convertido. Sólo te pido, Señor, dame ese único regalo.
jueves, 8 de julio de 2010 | By: Aline

Conquistaste el cielo

Conquistaste el cielo


Tus manos se movían en una danza infinita, los colores nacieron de tus dedos y sin mirar el papel mantenías el rostro volteado hacia el firmamento.
Brillantes estrellas caían y tus labios entonaban una canción mientras sonreías. Pude ver en el lienzo como la obra cobraba vida propia y que tu voz y movimientos lo hacían ver más real que el original. Me pregunté muchas veces cómo los hacías, para ver el mundo con ojos ciegos, cómo captabas la esencia de lo que no podías ver...

Y la pregunta salió rauda de mis labios y detuviste el pincel, tus manos manchadas en tonos azules dejaron de lado el instrumento y tu boca dejó de entonar sólo por responderme:

― Veo el mundo desde aquí―tocaste tu pecho con emoción mientras derramabas lágrimas de alegría mientras seguías mirando al infinito―Miro con los ojos del corazón.

Esa noche conquistaste el cielo con tus palabras, conquistaste el mundo con tus acciones, derrotaste al destino con una sola sonrisa y tu defecto… se convirtió en una virtud hasta el día en que tu último aliento tocó mi rostro y dejaste tras de ti, un sinfín de noches y recuerdos
martes, 29 de junio de 2010 | By: Aline

Porque no fuiste un error



Porque no fuiste un error


La vida da vueltas de una manera extraña, toma rumbos inesperados; forma encrucijadas, detiene el andar, se hace más expedita o se vuelve un camino lleno de agujeros. Y además de todo ello, es corta y preciada.
Tomar las oportunidades, escoger bien y vivir correctamente, es decir, como la sociedad dice que es correcto.
Es lo que dicen.
Pero todo puede cambiar en un segundo o minuto, tus ojos pueden apagarse y otros nuevos abrirse. Un error o una bendición, todo es relativo y depende del punto de vista de cada quien.

A veces, cuando recuerdo aquel día, miro con frecuencia a través de una de las ventanas de nuestra pequeña casa y me pregunto qué habría pasado conmigo si todo eso no hubiera sucedido. ¿Habría seguido estudiando o habría quedado a medio camino en la universidad?, ¿Lo habría encontrado a él, que me ama con mis pros y mis contras?, ¿Habría creado el pequeño negocio que me pertenecía?, ¿Habría podio vivir sin ti?
Siempre llego a la misma respuesta. Y es que definitivamente no podría vivir en un mundo donde no existieras. Entonces sacudo la cabeza levemente y me regaño mentalmente por seguir pensando en ello, pero lo cierto es que no puedo sacar aquella experiencia de mi cabeza. Marcaste un antes y un después en mi vida. Creaste un mar de sufrimientos, de penas, alegrías y glorias.
¿Qué puedo decir? Ese día 12 de Mayo de 1993 por la tarde lo recuerdo tan claro como el agua. Estábamos Valeria, mi gran amiga, y yo; afortunadamente no había nadie en su casa más que nosotras dos y eso nos quitaba un poco de tensión, pero lo cierto era que nadie podría calmarme en ese momento. Me encerré en el baño de visitantes con el alma pendiendo de un hilo, cuestión que se hacía más notoria cuando tomaba el tiempo en mi reloj de pulsera. Fueron los minutos más frustrantes de toda mi vida, pero cuando por fin tomé el dispositivo entre mis manos, transcurrido el tiempo indicado, mi mundo se desmoronó. Así de simple y así de trágico.
La mecha de la dinamita se encendió ese día y comenzó a quemarse con una rapidez atroz, desde el momento en que se lo dije a él, desde su rechazo y desaparición de la faz de la tierra, hasta el rechazo de mis progenitores. Quizás eso fue lo que más me dolió, ver la decepción en sus ojos, recriminándome. Y me dejaron sola, cuando más los necesitaba… me dejaron a la deriva.

Y mientras el tiempo pasaba, las dudas me inundaban con mayor frecuencia y el pánico, el terror, me hicieron pensar en acabar con todo y estuve a punto de hacerlo, realmente lo estuve. Estuve a unos minutos de hacer explotar la dinamita.

¿Cuántas veces debería agradecerle a Valeria el haberme detenido ese día? No tiene precio el hecho de que ella me hubiera abierto los ojos, me acompañó hasta en las últimas, cuando en el lugar de ella debió estar él.

Gracias. Gracias, Valeria, por todo. Le repito día con día, ella se ríe y dice que deje de agradecerle cada dos por tres, pero es que ella no sabe lo arrepentida que hubiera estado de haber acabado con todo. De haberte matado.

Porque fuiste concebida en un descuido, en un desliz, en un error que cometí.

Muchos me lo dijeron, muchos otros me lo remarcaron, pero has de saber una cosa: Puede que haya sido un error, pero jamás será un error el haberte traído al mundo, porque eres lo más preciado. El mayor de mis tesoros.

Y ahora aquí, en la sala de nuestra casa, junto al hombre que terminó por completar el mundo que tú creaste en mí, me miras avergonzada y a punto de llorar mientras me muestras el test de embarazo y me preguntas acongojada.

― ¿Qué hago? ―y yo solo sonrío y respondo.

―Déjalo vivir.

Porque no todo es color de rosa.



Relato 1:

A veces pasa


Mi mano insegura tocó el cabello sobre su cabeza, hundiéndose en ella. Él dio un respingo al sentirla y pensé, por un breve momento, que él se apartaría por mi audaz actuar. No lo hizo, pero en cambio ocultó su rostro que ya me era difícil de ver con una mano.
¿Acaso era tan terrible que no podía dejarse ver? Era estúpido e infantil, un hombre no sería menos hombre por ello.

―Tranquilo, no le diré a nadie―le aseguré mientras le hacía un pequeño masaje en el cuero cabelludo. Él, sin embargo, no me contestó.

No sabía qué hacer en un momento así, parte de mi estaba feliz por ser yo y no otra la que estaba junto a él, pero por otro lado estaba enojada de que me buscara ahora después de tanto tiempo enemistados. Dejé escapar un suspiro entre mis labios que hicieron que él alejara su mano de su rostro, quizás había pensado que estaba aburrida y que no me importaba su estado, así que apresuré a quitarle esa idea de la cabeza, si es que la tenía.

―No necesitas ocultarte de mí―mi voz sonó más suave de lo que pensé―tampoco tienes que ocultar lo que sientes, es natural que quieras…

Entonces él bajó la mano por completo y alzó el rostro empapado por las lágrimas que derramaba. Ahora odiaba más a Anabel por hacerle esto. E inesperadamente se abalanzó sobre mí, rodeándome con sus poderosos brazos y, colocando su cabeza cerca de mi cuello, comenzó a llorar sin reparo, empapando mi camisa.
No lo sé, quizás un interruptor se movió en mi cerebro, porque la reticencia que sentía por él hasta ese momento desapareció y sólo me ocupé de acariciar su despeinado cabello negro mientras le susurraba palabras consoladoras.

Capear clases no era chistoso, cuando mis padres se enteraran-si es que llegaban a atraparme-iban a hacerme picadillo, pero todo había sido por consolar a un ex-amigo, eso contaría ¿no?
Suspiré sin proponérmelo, hace bastante tiempo que él estaba sentado sin decir nada mientras yo esperaba como una idiota que dijera siquiera una palabra… aunque fuera de agradecimiento.

―Lo siento.

Allá arriba debieron escucharme.

― ¿Qué? ―pronuncié.

―No lo repetiré dos veces, Erin, así que escucha―gruñó, aquello era típico de él.

―Habla―insté.

―Tenías razón cuando dijiste que Anabel no era una buena persona, que sólo intentaba separarme de mis amigos y que, cuando se aburriera, me tiraría a un lado como si no valiera nada.

Sonreí inconscientemente, le hubiera dicho un te lo dije, pero no quise que él se sintiera más mal de lo que ya estaba.

―Al menos abriste los ojos―comenté.

― ¿No vas a decir nada más? ―me miró con esos destellantes ojos verdes que hacían derretir a cualquier chica.

― ¿Por qué diría algo más? ―rebatí y parece que aquello no le había gustado, pues hizo una mueca de desagrado―Escucha, Ian, fuiste mi amigo y por eso te tengo aprecio, pero eso no significa que tú puedes venir y tratar de aminorar las cosas para que vuelva a ser tu amiga. La amistad no funciona así, estuviste un año jodiéndome la existencia con tus burlas y tu desdén… eso no desaparece fácilmente.

Él me miró con resentimiento, pero yo me mantuve firme, demostrándole que no era una chica a la que se pudiera acudir y luego desechar cuanto quisiera.

―Lo entiendo―pronunció al fin.

―Qué bueno que lo hagas―respondí y me levanté casi al acto, ya era casi hora del receso y podría ir a mojarme la cara al baño sin temor a que me pillaran.

―Sólo una cosa más, pelirroja―le hice mala cara, recordándole que odiaba que me llamara así. Tenía un nombre y ese era Erin, al menos esperaba que lo recordara― ¿Qué es lo que debo hacer para ganar tu confianza?

Había olvidado lo testarudo que era, así que mientras él se paraba a mi lado yo me crucé de brazos y mantuve los labios rígidos, intentando que él se diera cuenta que no me interesaba su amistad.

―Ya veo―suspiró al ver mi rostro de piedra―No puedo volver el tiempo atrás y si pudiera… te juro que evitaría salir con Anabel y también evitaría hacerte daño con mis palabras.

―Eso no arreglará nada, aunque quieras no pasará. Tus acciones ya hicieron suficiente, me ninguneaste y me difamaste porque a tu noviecita se le dio la gana. Tú solito hiciste todo esto, así que ahora cosecha lo que sembraste.

Él asintió, resignándose. Había ganado la batalla, pero en mi corazón sabía que eso formaría un gran hueco en mi existencia.

―Quizás con el tiempo puedas perdonarme y de paso podrías hacerme un escarmiento―sonrió tristemente.

―El escarmiento suena bien―asentí.

―Sí, tal vez―pronunció.

Sus labios presionaron levemente los míos como en aquellos años en que sólo éramos un par de niños viendo las películas de amor que mamá guardaba en el armario. Las mariposas revolotearon en mi estómago como hacía tiempo no habían hecho… ahora recordaba por qué me había enojado tanto con él cuando consiguió novia. Él me gustaba, pero aquél sentimiento de hace un año no era el mismo de ahora. No, no lo era, las mariposas no eran tan grandes y fuertes como en esa época y tenía la ligera sospecha que no volverían a serlo jamás.

―Lamento lo que te hice. Realmente lo siento, yo sólo quería llamar tu atención―su aliento a menta golpeó mi rostro,

―Sí… llamaste mucho mi atención―pronuncié sarcástica y luego me alejé. El timbre del receso había sonado unos segundos antes y yo sólo quería ir a llorar al baño y entre más rápido me fuera, menos posibilidades tenía de derramar lágrimas en los pasillos a la vista y paciencia de mis compañeros. No, esto debía llorarlo sola y reflexionar antes de que volviera a verlo en el salón de clases.

Giré mi rostro levemente para ver si aún se encontraba ahí y, efectivamente, así era. Él me miraba desde los arbustos en que nos habíamos escondido, sus ojos reflejaban una tristeza que yo también compartía en cierto modo, pero yo no me detuve.

Seguí hacia adelante, sin mirar atrás otra vez.